Perdón por no aprender el noble arte de callarme y Confesión de un incorregible culpable
por Alfredo Muñiz
Yo, reo de sinceridad y delincuente de conciencia, comparezco ante el excelentísimo Tribunal de la Hipocresía para confesar mis innumerables pecados.
Peco de hablar cuando el reglamento ordenaba callar.
Peco de preguntar cuando el protocolo exigía asentir.
Peco de pensar cuando lo conveniente era obedecer.
Y, sobre todo, peco de recordar, que es la enfermedad más grave para quienes viven de que los demás olviden.
Pido perdón por creer que la justicia era una dama con los ojos vendados y no una señora invitada a banquetes donde la verdad espera en la puerta, sin acreditación.
Pido perdón por pretender resolver las diferencias con razones. ¡Qué extravagancia! En estos tiempos prospera mucho más el rumor que el argumento, la intriga que la prueba y el aplauso al farsante antes que el reconocimiento al honrado.
Pido perdón por llamar al ladrillo, ladrillo; al barro, barro; y al embuste, embuste. Ignoraba que la mentira, con suficiente maquillaje, acaba siendo recibida como dama de honor.
Pido perdón por no aceptar que el cinismo haya ascendido a virtud y que la desvergüenza cotice más alto que la decencia.
Pido perdón por indignarme cuando me tomaron por necio. Debí agradecer el privilegio de ser engañado; al parecer, hoy la víctima tiene la mala educación de incomodarse.
Pido perdón por agotar mi paciencia. La estiré tanto que acabó rompiéndose, como se rompe una cuerda cuando demasiados tiran de ella para colgar sus excusas.
Pido perdón por no dejar que me pisaran. Comprendo ahora que hay quien llama convivencia a que uno permanezca tumbado mientras otros pasan por encima con botas bien lustradas.
Pido perdón por no vender mi silencio al mejor postor. Qué error tan poco rentable.
Pido perdón por creer que la dignidad no admite rebajas de temporada.
Y confieso otro pecado aún más imperdonable: cuando entendí que las palabras ya no bastaban, decidí acudir a la ley. ¡Qué osadía! Pretender que los conflictos se resuelvan donde corresponde y no en el mercado de los favores.
Así pues, solicito una condena ejemplar.
Condénenme a seguir diciendo la verdad aunque moleste.
Condénenme a seguir defendiendo mis derechos aunque algunos prefieran que los abandone en la cuneta.
Condénenme a seguir creyendo que la justicia vale más que la conveniencia y que la conciencia pesa más que el aplauso interesado.
Porque, al fin y al cabo, en este extraño reino donde tantos presumen de virtud mientras esconden la escoba para que nadie vea el polvo, el mayor pecado no consiste en mentir, sino en descubrir la mentira.
Y por semejante crimen, reincidiré cuantas veces haga falta. Condenado a cadena perpetua… de sinceridad.


