El puerto de Ceuta y el camarote de los ministros
por Alfredo Muñiz
En el reino de Moncloa, donde las contradicciones entran por la puerta grande y salen por la ventana diplomática, ha aparecido ahora un nuevo protagonista: el puerto de Ceuta.
Porque cuando faltan soluciones, siempre queda un puerto.
Y allí ha desembarcado Óscar Puente, ministro de Transportes, armado no con remos ni salvavidas, sino con una orden ministerial. Su misión: poner a disposición del Estado 16.000 metros cuadrados del puerto para instalar alojamientos temporales para más de mil migrantes. (Cadena SER)
El presidente ceutí, Juan Vivas, ha protestado diciendo que aquello es un grave error. Puente, con esa delicadeza diplomática que caracteriza a los grandes estadistas de nuestro tiempo, le ha contestado acusándolo de ser poco menos que un peón de Feijóo. (Cadena SER)
Y así, queridos lectores, hemos descubierto la nueva doctrina gubernamental:
Si no puedes convencer al puerto, cambia el puerto de opinión.
Mientras tanto, en Madrid, Pedro Sánchez intenta explicar qué ocurrió en Ceuta. Y aquí comienza la novela de misterio.
Primero se habló de una crisis extraordinaria. Después, de una situación humanitaria. Más tarde, de una posible acción exterior. Y ahora resulta que no hay pruebas concluyentes de que Marruecos organizara la entrada masiva, aunque un informe policial señala una conducta extraordinariamente pasiva de las autoridades marroquíes durante aquellas horas. (El País)
Don Francisco de Quevedo, si levantara hoy la cabeza, no sabría si escribir una sátira o pedir un mapa.
Porque en este Gobierno cada ministro parece tener su propio mapa de Ceuta.
Sánchez mira a Rabat.
Robles mira al CNI.
Puente mira al puerto.
Marlaska mira los informes.
Y Vivas mira a Madrid preguntándose quién demonios le ha movido los muebles.
La ministra Margarita Robles merece capítulo aparte.
Porque mientras Sánchez procura mantener la diplomacia con Marruecos, Robles ha mantenido un discurso mucho más firme sobre la seguridad, la soberanía española y el papel de los servicios de inteligencia. Su posición la ha convertido en una especie de verso suelto dentro del coro socialista. (El País)
Y durante la comparecencia de Sánchez ocurrió uno de esos pequeños gestos que en política valen más que veinte discursos: mientras buena parte de la bancada socialista aplaudía, Robles no pareció compartir el entusiasmo.
¡Ay, el lenguaje corporal!
El Gobierno puede redactar cien comunicados, pero siempre queda una ministra que se toca el pelo en el momento inoportuno.
Y ahí está la verdadera tragedia de esta comedia: cada cual cuenta una parte distinta del cuento y todos pretenden que el lector crea que han leído el mismo libro.
Sánchez quiere cerrar la crisis sin romper con Marruecos.
Robles quiere que la seguridad nacional no se convierta en una nota a pie de página.
Puente quiere resolver el problema de alojamiento y, de paso, demostrar que el Estado manda.
Vivas quiere que nadie convierta el puerto de Ceuta en un gigantesco campamento improvisado.
Y los ceutíes, entretanto, contemplan el espectáculo preguntándose quién les devolverá la tranquilidad cuando termine la función.
Quevedo habría escrito que España es un país donde el problema entra por la frontera, la solución entra por decreto y la contradicción entra por la televisión.
Y quizá habría añadido:
> «Cuando el Gobierno pierde el norte, siempre queda el puerto para atracar las explicaciones.»
Porque al final, entre informes, órdenes ministeriales, discursos, silencios y gestos de ceño fruncido, uno ya no sabe si estamos ante una crisis migratoria, una crisis diplomática o una crisis de coordinación.
Probablemente ante las tres.
Y mientras los ministros discuten quién tiene la razón, Óscar Puente ya ha reservado 16.000 metros cuadrados para demostrar que, al menos en Ceuta, alguien sí sabe dónde poner las tiendas.

