Asturias: Premios Princesa, resbalones y vestidos rebeldes

Asturias, entre el glamour, los tropiezos reales y algún que otro descosido

por Alfredo Muñiz

Crónica de una semana en la que los premiados brillaron, la gastronomía conquistó paladares y la moda no salió indemne del examen

Oviedo volvió a vestirse de gala para recibir a la familia real y a los protagonistas de los Premios Princesa de Asturias. Una semana de discursos solemnes, conversaciones ilustres, sonrisas protocolarias y esa inevitable trastienda en la que, una vez apagados los focos, se comentan los detalles que no aparecen en los discursos oficiales.

La primera cita gastronómica importante fue la cena de gala del jueves 22 de octubre en Deloya Latores, con alrededor de doscientos invitados y un menú elaborado por el equipo de El Corral del Indianu, el restaurante de Arriondas distinguido con una estrella Michelin. Una propuesta con sabor asturiano que convirtió el encuentro en algo más que un desfile de personalidades: también hubo lugar para el placer de sentarse a la mesa.

Al día siguiente, el Hotel de la Reconquista y el Teatro Campoamor concentraron el grueso de la actividad institucional. La princesa Leonor asumió por primera vez en solitario las audiencias con los galardonados, antes de participar en la ceremonia de entrega. Entre los premiados estaban Patti Smith, Leo Messi, Julian Barnes y los representantes de Studio Ghibli, nombres capaces de reunir en una misma conversación el rock, el fútbol, la literatura y la imaginación japonesa.

Y allí, entre apretones de manos, saludos y conversaciones distendidas, la familia real compartió protagonismo con quienes habían acudido a Asturias a recoger sus galardones. Patti Smith, emocionada por el homenaje musical que Asturias le había preparado, puso la nota más sentimental. Messi despertó la expectación habitual y la infanta Sofía aprovechó para saludar al futbolista. Letizia conversó con varios premiados, mientras Leonor iba consolidando su papel como anfitriona de una cita que lleva su nombre.

El rey Felipe VI, por su parte, cumplió con la agenda institucional y acompañó a su hija en una edición especialmente significativa. La reina Sofía volvió a demostrar que la experiencia también cuenta: discreción, elegancia clásica y una presencia que no necesita competir por los titulares.

El vestido de Leonor: cuando la sisa se convierte en noticia

Pero si hay algo que nunca falta en una ceremonia de esta categoría, además de los discursos y las medallas, es el tribunal de la moda. Ese jurado informal que no concede premios de la Fundación, pero dicta sentencias con una severidad que ya quisieran algunos tribunales.

El vestido color frambuesa de la princesa Leonor, firmado por Hannibal Laguna White, dividió opiniones. El color era atractivo y la intención, evidente: destacar a la protagonista de los galardones. Sin embargo, algunas críticas señalaron pliegues poco favorecedores en la zona del pecho y la sisa, además de un ajuste que no parecía acompañar con naturalidad sus movimientos.

Las lenguas más viperinas fueron más lejos: aseguraban que el vestido parecía quedarle pequeño y que tiraba de sisa, con arrugas que se multiplicaban al aplaudir. Quizá exageraban; quizá el espejo del taller había sido más indulgente que las cámaras del Campoamor. Pero, cuando un vestido obliga a hablar más de sus costuras que de su diseño, algo ha fallado en el último ensayo.

Suspenso para el estilismo, no para la princesa. Porque una cosa es la elegancia de quien lleva el vestido y otra, muy distinta, el acierto de quien lo elige y ajusta. Leonor tiene tiempo, personalidad y presencia de sobra para brillar. Esperemos que el próximo año su estilista acierte con una propuesta digna de una verdadera estrella, sin que la sisa reclame más atención que la protagonista.

En el lado contrario del examen apareció la reina Sofía, que apostó por un conjunto de dos piezas en tonos claros, confeccionado por Alejandro de Miguel. Para muchos observadores, fue la más elegante de la cita: una lección de clasicismo que demuestra que la moda no siempre necesita estridencias, tendencias imposibles ni experimentos textiles para salir airosa.

La reina emérita no necesitó competir con su nieta ni robarle protagonismo. Simplemente recordó que la elegancia, cuando está bien entendida, no tiene fecha de caducidad.

Llanes: entre el cariño popular y un resbalón inesperado

La agenda real continuó el sábado en Llanes, donde la familia real entregó el reconocimiento de Pueblo Ejemplar a la Cofradía de Pescadores de Santa Ana. La jornada dejó estampas entrañables, saludos a los vecinos, fotografías y conversaciones espontáneas. La reina Letizia incluso se interesó por el trabajo de varios periodistas de la televisión asturiana y preguntó por sus compañeros de cámara. Un gesto cercano que terminó generando una pequeña anécdota cuando una reportera admitió que no recordaba el nombre de su operador.

La nota inesperada llegó en el puerto. Al bajar de una embarcación pesquera, la reina resbaló en la cubierta y cayó al suelo. Se incorporó enseguida y continuó con normalidad, sin que se apreciaran daños. Según se explicó durante la cobertura, el movimiento del barco y el mar de fondo pudieron contribuir al incidente.

El protocolo, por una vez, tuvo que ceder ante la física. Ni la agenda oficial ni el rango permiten negociar con una cubierta mojada. En Llanes quedó claro que, incluso en una visita real, el mar manda más que el servicio de protocolo.

El rey, las cataratas y una visita con revisión incluida

Y todavía quedaba una noticia de interés: tras concluir su agenda oficial en Asturias, Felipe VI fue intervenido de cataratas en el ojo izquierdo en el Instituto Oftalmológico Fernández-Vega, en Oviedo. La operación, rutinaria y de aproximadamente media hora, se desarrolló sin incidencias, según informó la Casa Real. El monarca permaneció allí durante la noche.

La circunstancia dio pie a una lectura muy asturiana: ya que el rey estaba en casa, qué mejor que ponerse en manos de uno de los centros oftalmológicos de referencia de la región. No se trataba de una visita improvisada a la consulta de un médico cualquiera, sino de una intervención prevista y realizada por especialistas.

La semana dejó así una curiosa colección de imágenes: una princesa que afianza su papel institucional, una reina que conversa con periodistas y termina protagonizando un inesperado traspié marinero, una reina emérita que triunfa en el capítulo de la elegancia y un rey que aprovecha el viaje para resolver un asunto de salud pendiente.

Asturias, capital de los premios y de los comentarios

Los Premios Princesa de Asturias nacieron para reconocer la excelencia en la cultura, la ciencia, el deporte y las humanidades. Y esa sigue siendo su razón de ser. Pero una semana de semejante despliegue también ofrece escenas humanas, pequeñas imperfecciones y anécdotas que acercan a sus protagonistas a la gente corriente.

Porque mientras los premiados hablan de grandes descubrimientos, de arte, de literatura o de los retos de la humanidad, alrededor se discute si un vestido sienta bien, si un saludo fue suficientemente cálido o si una cubierta necesitaba una advertencia antideslizante.

La grandeza de una ceremonia no está reñida con el humor. Y en Asturias, donde la retranca es casi una denominación de origen, siempre habrá espacio para ambas cosas.

Eso sí, para la próxima edición convendría recordar una máxima elemental: los premios son para la excelencia; los vestidos, para lucirlos; y las cubiertas de los barcos, para pisarlas con prudencia. Si además la princesa consigue que el próximo diseño se mueva con ella y no contra ella, el año que viene podremos hablar de una estrella sin necesidad de pasar antes por el taller de costura.

Porque la elegancia es importante, pero el sentido común sigue siendo el mejor complemento.

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