El santoral de los que nunca renuncian
por Alfredo Muñiz
Bienvenidos a la era de la indecencia: nadie responde por nada y la única falta imperdonable es decir la verdad sin permiso. Cuando el poder controla el micrófono y el diccionario, hasta la evidencia se convierte en una opinión. Si la realidad contradice el relato, se cambia el relato. Y asunto resuelto.
El Jefe nunca cae: se reubica. El puto amo nunca fracasa: lo malinterpretan. El Amado Líder nunca miente: ofrece una versión alternativa de los hechos. Para eso están los aduladores, los cómplices y los expertos en perspectivas: para convertir cualquier despropósito en una decisión estratégica.
Pero un día cambia el viento, se vacía el despacho y los fieles descubren que la lealtad eterna tenía fecha de caducidad. Empiezan entonces los desmentidos, las memorias selectivas y el prodigio colectivo de quienes no sabían nada, no vieron nada y jamás estuvieron allí.
El milagro, al parecer, ocurrió solo. El santo no estaba presente. Y las facturas, por algún extraño fenómeno administrativo, acabaron a nombre de los contribuyentes.
Ese es el verdadero triunfo del poder indecente: no conseguir que todos crean sus mentiras, sino que nadie se atreva a llamarlas por su nombre.
Después vendrán las comisiones, los informes y las explicaciones sobre cuánto puede mejorar sustancialmente la situación. Es decir, cuánto puede empeorar sin que nadie tenga que dimitir.
Fin de la función. El Jefe se lleva los aplausos, el séquito recoge los beneficios y al público le pasan la factura.
Te puedo contar el milagro, pero no el santo.
Aunque, bien mirado, el milagro no es que exista tanto sinvergüenza.
El milagro es que todavía haya quien les rece.

