Colágeno: la proteína milagrosa que pretende jubilar a la arruga
por Alfredo Muñiz
Hay quien se levanta por la mañana, se mira al espejo y ve el paso del tiempo. Otros, más optimistas y con mayor presupuesto para la farmacia, ven una oportunidad de negocio. Porque cumplir años es inevitable, pero parece que en el siglo XXI envejecer se ha convertido en una falta de previsión, casi en un delito estético.
Y ahí aparece el colágeno, convertido en la nueva piedra filosofal de la belleza, el santo grial de las articulaciones y el salvavidas de quienes no están dispuestos a aceptar que la naturaleza tiene sus propios plazos y que el calendario no entiende de promociones.
Lo venden en polvo, en cápsulas, en ampollas, mezclado con vitaminas, ácido hialurónico y otras sustancias cuyos nombres parecen sacados de un examen de química orgánica. Hay quien lo añade al café, quien lo disuelve en el desayuno y quien lo toma con la solemnidad de un monje tibetano que acaba de descubrir el secreto de la eterna juventud. Si mañana lo comercializan en formato de incienso, no faltará quien lo queme para rejuvenecer el aura.
El negocio es redondo. Primero nos convencen de que debemos luchar contra las arrugas; después, de que la piel necesita recuperar su firmeza; más tarde, de que las rodillas crujen porque nos falta colágeno. Y cuando uno empieza a sospechar que lo que necesita es descansar, caminar un poco y dejar de preocuparse por cada surco de la cara, aparece un anuncio que le recuerda que todavía está a tiempo de salvarse… previo pago de la correspondiente mensualidad.
La ciencia, sin embargo, es bastante menos cinematográfica que la publicidad. El colágeno es una proteína fundamental para la piel, los huesos, los tendones y los cartílagos. Con la edad, el organismo produce menos y su estructura cambia. Algunos estudios sobre suplementos encuentran posibles beneficios modestos en determinados aspectos de la piel, pero las pruebas todavía tienen limitaciones y no permiten prometer milagros. Mucho menos garantizar que uno vaya a recuperar el cutis de cuando estrenaba pantalones de campana.
Y conviene recordar un pequeño detalle que la letra diminuta de algunos envases no suele colocar en el escaparate: ingerir colágeno no significa que el cuerpo lo envíe directamente a rellenar la arruga que más nos molesta. Durante la digestión, las proteínas se descomponen en péptidos y aminoácidos, que el organismo utiliza según sus necesidades. La biología no funciona como un servicio de mensajería urgente con entrega garantizada en el entrecejo.
Mientras tanto, la industria de la eterna juventud ha encontrado un filón extraordinario: vender esperanza en tarros elegantes. Porque hay productos que prometen mejorar la piel, pero también hay campañas que consiguen algo mucho más rentable: convencernos de que nuestra cara necesita una reparación urgente.
Quizá deberíamos invertir más en una alimentación equilibrada, protección solar, ejercicio adaptado a nuestra condición física y descanso. Y, sobre todo, en aprender a distinguir entre cuidarse y vivir obsesionados con no parecer la edad que uno tiene.
Porque las arrugas también son un archivo histórico: cuentan viajes, carcajadas, disgustos, noches sin dormir y tardes de sobremesa. Algunas las firma el sol; otras, la preocupación; y unas cuantas son obra de personas que merecerían figurar en el prospecto de cualquier tratamiento antiestrés.
Moraleja: el colágeno puede tener su utilidad, pero todavía no se ha demostrado que borre una mala decisión, rejuvenezca una cuenta bancaria ni devuelva la paciencia perdida con ciertos seres humanos.
Y si algún laboratorio consigue encapsular la sensatez, la elegancia y el sentido del humor, que no se moleste en anunciarlo: que me reserve directamente tres botes.
Eso sí, con una condición: que no me quite las arrugas de reírme. Son las únicas que pienso conservar sin receta.

