Huevos, gallinas y cucos: la picaresca empieza en el nido
Por Alfredo Muñiz, inspirado en un artículo científico del profesor Miguel Pocoví
No todos los huevos son iguales, aunque en el supermercado nos empeñemos en meterlos en el mismo cartón. Los hay blancos, morenos, azulados, verdosos y hasta moteados. Una pasarela cromática que haría las delicias de cualquier diseñador de moda, aunque aquí el mérito no es de Dior, sino de la genética.
El color de la cáscara depende de los pigmentos que deposita la gallina durante la formación del huevo. Los marrones deben su tonalidad a la protoporfirina IX, mientras que los azulados y verdosos contienen biliverdina. La naturaleza, siempre tan presumida, también tiene su paleta de colores. Eso sí, que nadie se lleve el huevo equivocado por cuestiones estéticas: el color de la cáscara no determina ni el sabor ni el valor nutritivo.
Además, el envoltorio tiene su razón de ser. En las aves silvestres, los huevos moteados o de tonos oscuros pueden camuflarse entre la vegetación y despistar a los depredadores. Los blancos, en cambio, son frecuentes entre las especies que anidan en cavidades oscuras, donde no necesitan disfrazarse. La evolución fue la primera asesora de imagen de las aves, mucho antes de que existieran los estilistas.
Pero donde la naturaleza despliega su verdadera picaresca es en el mundo de los cucos. Este pájaro no construye nidos ni se dedica a las tareas domésticas: deposita sus huevos en los de otras especies y deja que los vecinos se ocupen de la crianza. Una modalidad de okupación avícola que haría las delicias de cualquier especialista en economía del esfuerzo.
El engaño puede ser tan sofisticado que algunos cucos ponen huevos parecidos a los de sus anfitriones. Sin embargo, las víctimas no siempre son tan ingenuas. Algunas aves distinguen los huevos intrusos y los expulsan del nido. Para ello cuentan con una ventaja: su visión del color es más compleja que la humana y determinadas especies perciben incluso la luz ultravioleta. Lo que a nosotros nos parece un huevo perfectamente normal, para ellas puede ser un impostor con plumas metafóricas.
La historia tiene un capítulo todavía más sorprendente. Edward Jenner, el médico que descubrió la vacuna contra la viruela, observó que el polluelo del cuco, nada más nacer, empujaba fuera del nido los huevos y las crías de sus anfitriones. En 1788 describió este comportamiento y explicó cómo una particularidad anatómica de su espalda le permitía ejecutar semejante maniobra. El pequeño intruso eliminaba así a la competencia antes de que pudiera reclamar su parte del menú.
No es extraño que llamemos «cuco» a alguien astuto o aprovechado. La expresión tiene fundamento zoológico: hay quien se trabaja la vida y quien prefiere que se la trabajen los demás. La diferencia es que el pájaro actúa por instinto y algunos humanos, después de años de civilización, todavía presumen de haber inventado el procedimiento.
Las gallinas domésticas, por su parte, parecen pertenecer a otra escuela filosófica. Una gallina clueca puede incubar huevos de otras gallinas e incluso aceptar objetos que recuerdan a un huevo. La domesticación y las hormonas que acompañan a la incubación contribuyen a explicar esta conducta. Cuando se activa el instinto maternal, parece que lo importante es mantener caliente el nido, no organizar una investigación genealógica para averiguar quién es hijo de quién.
En definitiva, bajo esa humilde cáscara se esconde mucho más que una tortilla francesa. Hay química, genética, estrategias de supervivencia, engaños, reconocimiento de identidad y hasta una lección de convivencia. Unos huevos se camuflan para sobrevivir; otros intentan colarse en nidos ajenos; y algunas aves aprenden a desconfiar de las apariencias.
La moraleja es sencilla: en el mundo animal, como en el humano, no basta con tener buena pinta; también conviene saber quién ha puesto el huevo y quién pretende que se lo incuben los demás.


