Hobosexualidad: amor con derecho a cocina
por Alfredo Muñiz
Hubo un tiempo en que uno se enamoraba de una sonrisa, de una mirada, de una conversación interminable o de aquella manera tan absurda que tenía el otro de pronunciar tu nombre. Ahora, según las nuevas taxonomías sentimentales de Internet, también puede uno enamorarse… de las circunstancias.
Bienvenidos a la hobosexualidad, esa modalidad romántica en la que Cupido ha cambiado sus flechas por una calculadora.
El hobosexual no busca necesariamente al amor de su vida. Busca una relación que, además de afecto, venga con ciertas ventajas competitivas. El corazón puede estar presente, sí, pero acompañado de una calculadora perfectamente funcional.
La técnica es sencilla. Conoces a alguien un martes y, para el jueves, ya te está diciendo:
—«Qué pena que vivamos tan lejos…».
Una frase aparentemente romántica que, convenientemente traducida, puede significar:
—«¿Y si hacemos esto más práctico?».
Amor a velocidad de crucero
El hobosexual tiene un talento extraordinario para acelerar los acontecimientos. Mientras una persona convencional tarda meses en conocer a su pareja, él ha conseguido en diez días conocer a los suegros, aprenderse los horarios, dejar un cepillo de dientes en el baño y preguntar si puede dejar «unas cositas» en algún armario.
Primero aparece el love bombing: mensajes constantes, halagos, corazones, «eres diferente», «nunca había conocido a nadie como tú», «siento que te conozco de toda la vida».
Y cuando uno ya está emocionalmente derretido, llega la segunda fase:
—«Por cierto, estoy pasando una pequeña crisis económica».
Pequeña, naturalmente. Tan pequeña que requiere una intervención internacional.
Después vienen las explicaciones, las promesas, los «en cuanto cobre», los «este mes ha sido horrible» y esa misteriosa capacidad para convertir cualquier conversación sobre dinero en una sesión de terapia de pareja.
La economía del cariño
El hobosexual mantiene con el dinero una relación particularmente creativa. No es que no tenga recursos; es que considera que hablar de ellos demasiado pronto puede perjudicar la magia.
Cuando llega el momento de contribuir:
—«Ahora mismo estoy un poco justo».
Cuando toca pagar algo:
—«Ya sabes cómo está todo».
Cuando llega la hora de colaborar:
—«Esta semana estoy fatal».
Pero cuando aparece una escapada, una cena o cualquier plan suficientemente atractivo, se produce un milagro económico: de pronto existe liquidez.
Es entonces cuando la otra persona empieza a preguntarse si aquello es amor o una inversión de riesgo con dividendos emocionales.
El casting sentimental
Porque el hobosexual observa, compara y analiza.
No necesariamente busca a la persona más interesante, divertida o compatible.
Busca el paquete completo.
¿Es generosa?
¿Tiene estabilidad?
¿Vive sola?
¿Tiene coche?
¿Es de las que invita?
¿Comparte Netflix?
¿Tiene esa maravillosa incapacidad para decir que no?
Todo ello antes incluso de preguntar cuál es su película favorita.
El romántico pregunta:
—«¿Qué buscas en una relación?».
El hobosexual, mucho más práctico:
—«¿Y tú cómo eres con estas cosas?».
No es superficialidad. Es planificación estratégica del afecto.
El misterioso arte de no despegarse
El problema aparece cuando la relación empieza a tambalearse.
Porque el hobosexual puede perder el interés con una velocidad extraordinaria, pero abandonar las ventajas adquiridas durante el romance ya es otra historia.
De pronto aparecen las dudas, los sentimientos contradictorios, la necesidad de «tomarse un tiempo», el estrés emocional y una colección de razones perfectamente razonables para no tomar ninguna decisión.
—«No quiero precipitarme».
Naturalmente.
Lleváis ocho meses en una relación que empezó a toda velocidad, pero ahora conviene analizar profundamente cada movimiento.
Y así, aquella historia que comenzó con «te quiero» puede terminar con una conversación mucho más prosaica:
—«¿Cuándo vas a recoger tus cosas?».
Cupido pasa por caja
Quizá la hobosexualidad sea simplemente otro síntoma de estos tiempos. En una época de precariedad, alquileres imposibles, trabajos inestables y aplicaciones que convierten las relaciones en un catálogo, tampoco resulta extraño que algunas personas incorporen la supervivencia a sus criterios románticos.
El problema empieza cuando confundimos afecto con conveniencia, intimidad con dependencia y compromiso con un plan de beneficios.
Porque una cosa es compartir la vida y otra muy distinta convertir a la pareja en una combinación de banco, terapeuta, cocinero, chófer y servicio de atención al cliente.
Al final, el amor verdadero seguirá siendo gratis.
Lo que ya no parece tan gratis es mantenerlo.
Y quizá por eso el hobosexual haya descubierto la gran fórmula sentimental contemporánea:
enamórate rápido, comprométete antes, cuenta tus problemas con mucha intensidad y, si todo sale bien, quizá nunca tengas que preguntar cuánto cuesta.
Eso sí: que nadie confunda el romanticismo con la estrategia empresarial.
Porque cuando Cupido empieza a hacer números, el amor ya viene con letra pequeña.

