Yolanda Díaz y la revolución contra sí misma: ¡que alguien avise a la vicepresidenta!
por Alfredo Muñiz
Crónica de un Gobierno en el que unos gobiernan, otros protestan y algunos hacen las dos cosas antes de la hora del café.
Hay escenas que ni el mismísimo Quevedo, con toda su mala leche y su pluma afilada, habría imaginado en sus mejores tardes de taberna. La política española, que lleva años compitiendo con el esperpento, acaba de regalarnos otra estampa para enmarcar: una vicepresidenta del Gobierno que anima a movilizarse contra las políticas de un Ejecutivo del que ella misma forma parte.
¡Válgame Dios, qué prodigio de prestidigitación política! Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, ha decidido que la calle debe despertar, que los ciudadanos han de movilizarse y que al Gobierno hay que apretarle las tuercas. Hasta aquí, todo legítimo. Lo extraordinario es que quien toca la campana de la protesta se sienta en el mismo Consejo de Ministros al que parece convocar a capítulo.
La escena tiene su aquel: doña Yolanda, desde las alturas del poder, llama a las masas a bajar a la calle para reclamar aquello que, en teoría, también podría reclamar sentada a la mesa del Consejo de Ministros. Es como si el cocinero saliera del restaurante para encabezar una manifestación contra la sopa que acaba de servir.
—¡Ciudadanos, hay que exigir al Gobierno que actúe!
—Pero, señora vicepresidenta, ¿a qué Gobierno se refiere usted?
—¡Al Gobierno de España!
—¿Y usted no está en él?
Silencio en la sala. Se oye el vuelo de una mosca, el crujido de algún argumentario y, a lo lejos, un asesor buscando desesperadamente un sinónimo de coherencia.
El Gobierno contra el Gobierno
La política española ha perfeccionado una modalidad de contorsionismo que merece ingresar en los anales del circo: gobernar por la mañana, protestar por la tarde y comparecer al día siguiente para explicar que la protesta demuestra el compromiso con el Gobierno.
En marzo de 2026, Yolanda Díaz ya animaba a los ministros de Sumar a seguir dando «la batalla» dentro del Ejecutivo para sacar adelante sus medidas. Una batalla que, por lo visto, no termina nunca. El Consejo de Ministros parece haberse convertido en una sucursal de la guerra de guerrillas, donde los socios se sientan juntos, discrepan por separado y salen a la calle a reclamar lo que no consiguen entre despacho y despacho.
Y ahora, con la movilización como instrumento de presión, la pregunta resulta inevitable: si la vicepresidenta considera que el Gobierno no hace lo que debe, ¿no sería más sencillo empezar por convencer a sus propios compañeros de gabinete?
Porque una cosa es que un ministro defienda sus ideas, otra que discrepe de sus socios y una tercera, bastante más pintoresca, que convoque al personal para protestar contra la gestión de una institución en la que ocupa un puesto de responsabilidad.
La paradoja es de campeonato: quien tiene mando en plaza se presenta ante la plaza como si no tuviera mando.
Dimita usted, señora, y después hablamos
Llegados a este punto, uno comprende que la dimisión sea una palabra incómoda. Tiene un sonido seco, poco musical, y no combina demasiado bien con las moquetas de los ministerios. Pero posee una virtud extraordinaria: aclara las posiciones.
Si Yolanda Díaz cree que el Ejecutivo necesita un giro radical, dispone de varias herramientas. Puede negociar, exigir cambios, votar en contra de determinadas medidas, hacer pública su discrepancia o, llegado el caso, abandonar el Gobierno.
Lo que resulta más difícil de explicar es esa especie de doble vida política: vicepresidenta en el BOE, agitadora en la calle y oposición en los ratos libres.
Eso sí que es conciliación laboral.
A este paso, cualquier día veremos a un ministro convocando una concentración ante su propio ministerio para exigir que el ministro haga su trabajo. Y, si la protesta sale bien, quizá se suba al estrado para felicitarse por haber conseguido que el ministro escuche a los ciudadanos.
Naturalmente, no hay que confundir la discrepancia con la dimisión obligatoria. Un Gobierno de coalición puede albergar diferencias y sus integrantes tienen derecho a defenderlas. La cuestión no es que Yolanda Díaz proteste, sino qué responsabilidad asume por aquello que denuncia y qué pretende conseguir con esa protesta.
Porque el ciudadano, que suele tener menos asesores y bastante menos paciencia, se hace una pregunta muy sencilla: si quienes gobiernan consideran que las cosas van mal, ¿quién está gobernando exactamente?
La vicepresidenta del descontento
En esta tragicomedia, el Gobierno corre el riesgo de parecer una comunidad de vecinos en la que el presidente convoca una junta extraordinaria para denunciar al administrador, sin recordar que el administrador es él mismo.
Pedro Sánchez pone la casa; Sumar discute la decoración; Yolanda Díaz sale al portal a explicar que el edificio necesita reformas. Y los vecinos, mientras tanto, siguen esperando que alguien arregle el ascensor.
La vicepresidenta tiene todo el derecho a defender sus propuestas y a presionar para que se cumplan. Pero el poder no puede ser únicamente un lugar desde el que reclamar responsabilidades ajenas. También es el lugar desde el que se asumen las propias.
En febrero, Díaz anunció que no sería candidata en las elecciones generales de 2027, aunque aseguró que continuaría trabajando en el Gobierno. De modo que todavía le queda tiempo para demostrar que la política no consiste solamente en levantar la voz, sino también en conseguir que las decisiones se traduzcan en resultados.
Y si el Ejecutivo no responde a sus exigencias, siempre queda la posibilidad de dar un paso al lado. No sería una tragedia griega, aunque quizá sí una pequeña tragedia para el protocolo de Moncloa.
Quevedo habría pedido una silla en el Consejo
Don Francisco de Quevedo, de haber asistido a semejante función, probablemente habría solicitado asiento en primera fila y una libreta para tomar apuntes. No todos los días encuentra uno a un gobernante que se manifiesta contra el Gobierno sin necesidad de cambiar de acera.
La sátira, sin embargo, tiene una moraleja menos complicada que el argumentario de cualquier partido: quien participa en el poder debe explicar qué hace con él antes de convocar a los demás para que protesten por su ausencia.
Yolanda Díaz puede movilizar a la ciudadanía, reclamar medidas y plantar cara a sus socios. Faltaría más. Pero también puede utilizar su cargo para intentar cambiar aquello que considera injusto o insuficiente.
Lo que no puede pedirle al ciudadano es que resuelva desde la calle lo que ella no logra resolver desde el Consejo de Ministros, sin explicar antes por qué.
Porque una vicepresidenta que llama a la movilización contra el Gobierno del que forma parte se parece bastante a un bombero que, después de encender la cerilla, sale a la plaza para encabezar la protesta contra el incendio.
Y si al final la casa no arde, que no falte la rueda de prensa para anunciar que ha sido gracias a su firme compromiso con la extinción.
¡Viva la revolución, compañeros! Y, por favor, que alguien compruebe si la vicepresidenta ha firmado ya su propia pancarta.


