Sánchez y el síndrome Pegasus: cuando el móvil sabe más que el Gobierno
por Alfredo Muñiz
Hay misterios políticos que empiezan con un documento secreto, continúan con tres espías en gabardina y terminan en una alcantarilla de Estambul.
Y luego está el misterio español.
Aquí basta un teléfono móvil, un cambio de postura sobre el Sáhara y un presidente del Gobierno que un buen día mira hacia Marruecos y parece descubrir que siempre había sido su amigo de toda la vida.
Todo ello aderezado con Pegasus, servicios secretos, diplomacia, gas argelino y una esposa cuyos negocios aparecen, en determinadas versiones periodísticas, como ingrediente imprescindible de la receta.
La historia tiene todos los elementos de una novela de John le Carré, salvo por un pequeño detalle: en España el espía podría acabar dando una rueda de prensa en Moncloa y el villano, solicitando una comisión parlamentaria.
Porque conviene empezar por donde empiezan las cosas serias: por lo que sabemos.
EL HECHO: PEGASUS EXISTIÓ
Esto no es literatura.
El teléfono de Pedro Sánchez fue infectado con el programa espía Pegasus. También fueron afectados los teléfonos de la entonces ministra de Defensa, Margarita Robles, y posteriormente se investigó el espionaje de otros altos cargos.
Además, en 2022 existían indicios que apuntaban hacia Marruecos como posible responsable de una parte del espionaje sufrido por teléfonos españoles. El proyecto Pegasus había identificado más de doscientos números españoles como posibles objetivos de un cliente que se creía relacionado con Marruecos. (The Guardian)
Es decir:
el teléfono fue espiado.
Esto está probado.
Lo que ya no está probado es qué leyó exactamente el espía, quién dio la orden política y, sobre todo, qué hizo después con la información.
Y ahí empieza la segunda novela.
LA SOSPECHA: ¿Y SI ALGUIEN ENCONTRÓ ALGO?
Aquí entra FranceSoir.
El artículo francés de 2022 planteaba una hipótesis de alto voltaje: que los servicios marroquíes hubieran obtenido mediante Pegasus información comprometida y que esa información pudiera haber servido para presionar a Sánchez en el asunto del Sáhara.
La teoría tenía, desde luego, una arquitectura narrativa formidable.
Primero: te hackean el teléfono.
Segundo: encuentran información delicada.
Tercero: aparece un cambio espectacular de política exterior.
Cuarto: Argelia se enfada.
Quinto: todo el mundo pregunta qué demonios ha pasado.
Sexto: alguien dice «chantaje».
Y séptimo: aparece Pegasus galopando por el horizonte con la música de una película de espías.
El problema es que entre el punto segundo y el tercero falta una pieza fundamental:
la prueba.
Y la prueba, hasta donde alcanza la documentación pública, no apareció.
EL GIRO DEL SÁHARA: AQUÍ NO HAY FANTASÍA
Lo que sí ocurrió fue extraordinario.
En marzo de 2022, Sánchez comunicó a Mohamed VI que España consideraba la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara Occidental como la base «más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto.
España abandonaba así su tradicional posición de equilibrio. (El País)
Y entonces Argelia sacó la calculadora, abrió el cajón de la diplomacia y probablemente preguntó:
—¿Pero ustedes qué han hecho?
Porque Argelia no recibió la noticia precisamente con una cesta de flores.
La crisis diplomática fue real.
Y también fue real la enorme sorpresa que produjo en España el giro de Sánchez.
Hasta aquí, hechos.
Lo demás pertenece al reino de las hipótesis.
LA PREGUNTA QUE SIGUE SIN RESPUESTA
Y aquí está la parte verdaderamente interesante.
Si no hubo chantaje, ¿por qué Sánchez cambió tan radicalmente?
Hay explicaciones políticas perfectamente posibles: mejorar las relaciones con Marruecos, controlar la presión migratoria, proteger Ceuta y Melilla, recomponer una relación deteriorada después de la crisis de Brahim Ghali y acercarse a la posición mantenida por Estados Unidos.
De hecho, en aquel momento algunos políticos llegaron a plantear públicamente la posibilidad de que el espionaje pudiera guardar relación con el cambio de posición sobre el Sáhara. No fue una ocurrencia exclusivamente francesa. (La Vanguardia)
Pero una cosa es preguntar:
«¿Podría existir una relación?»
y otra muy diferente afirmar:
«Existió un chantaje».
La primera es periodismo.
La segunda necesita pruebas.
Y ENTONCES APARECE BEGOÑA
Aquí la historia entra en terreno todavía más resbaladizo.
FranceSoir insinuaba que en el teléfono de Sánchez podía existir información comprometida relacionada con su Gobierno y con su esposa, Begoña Gómez.
La frase es periodísticamente explosiva.
Pero jurídicamente tiene la consistencia de una nube.
Porque no basta con decir:
«Podría haber información».
También podría haber dentro del móvil una lista de restaurantes, fotografías de vacaciones, trescientos mensajes de WhatsApp y una receta de tortilla de patata.
El problema es que nadie ha presentado públicamente aquella supuesta información como prueba del chantaje.
Y sin documento, conversación, testimonio verificable o investigación judicial que establezca esa conexión, seguimos teniendo una hipótesis.
Una hipótesis muy interesante.
Pero hipótesis.
LO QUE FRANCIA PUBLICÓ… Y LO QUE NO PUDO DEMOSTRAR
FranceSoir hizo algo que a los periódicos les encanta hacer cuando la realidad viene sin final:
ponerle uno.
El artículo francés tomó hechos reales —Pegasus, el espionaje, Marruecos, el cambio del Sáhara y la crisis con Argelia— y los colocó sobre la mesa.
Después formuló la pregunta:
¿Y si todo estuviera conectado?
Pregunta legítima.
Lo peligroso aparece cuando el lector termina el artículo creyendo que la pregunta ya ha sido contestada.
Porque no.
No sabemos que Sánchez fuera chantajeado.
No sabemos que Marruecos utilizara información sobre Begoña Gómez para presionarle.
No sabemos que el giro sobre el Sáhara fuese consecuencia de Pegasus.
Lo que sí sabemos es que Sánchez fue espiado.
Que España cambió su política sobre el Sáhara.
Que Marruecos salió beneficiado diplomáticamente.
Que Argelia reaccionó con enorme dureza.
Y que la coincidencia temporal alimentó una teoría que, hasta hoy, continúa siendo mucho más intrigante que demostrada.
QUEVEDO YA HABRÍA SACADO LA PLUMA
Don Francisco de Quevedo, si levantara hoy la cabeza, no necesitaría inventar personajes.
Le bastaría con abrir Twitter.
Escribiría probablemente:
«En España no se sabe si gobiernan los ministros, los espías o el teléfono móvil; pero todos tienen contraseña.»
Y después añadiría:
«Cuando un presidente cambia de opinión, unos preguntan por las razones de Estado; otros miran el móvil.»
Porque el problema contemporáneo es que ya no hace falta encontrar al hombre que guarda el secreto.
Basta con encontrar el teléfono.
EL GRAN MISTERIO
La cuestión verdaderamente fascinante no es demostrar lo que todavía no está demostrado.
Es entender por qué una decisión de semejante trascendencia se tomó de aquella manera y por qué el Gobierno tardó tanto en explicar convincentemente todas sus razones.
Ahí está el misterio.
Pegasus aporta una sombra.
Marruecos aporta el contexto.
El Sáhara aporta el giro.
Argelia aporta la crisis.
Y FranceSoir aporta la teoría del chantaje.
Pero falta todavía el documento que permita escribir debajo:
«Caso resuelto».
Hasta entonces, conviene poner cada cosa en su sitio:
Lo probado: Pegasus espió el teléfono de Sánchez.
Lo investigado y sospechado: una posible responsabilidad marroquí.
Lo políticamente evidente: Sánchez cambió radicalmente la posición española sobre el Sáhara y la decisión provocó una grave crisis con Argelia.
Lo nunca demostrado: que Marruecos chantajeara a Sánchez con información obtenida de su teléfono.
Y esa diferencia es fundamental.
Porque en política, como en las novelas de espías, una sospecha puede ser muy entretenida, pero una prueba es mucho más cara.
Y mientras aparece —si es que aparece— el famoso documento que cierre el misterio, Pegasus seguirá volando sobre la Moncloa como aquel pájaro mitológico que todo lo ve, todo lo escucha y, por lo visto, jamás declara ante la comisión de investigación.
España, país donde hasta los móviles tienen política exterior.


