La llamada que nunca llegó
Crónica de Vivas, Moncloa y el misterioso teléfono que no sabía distinguir una alarma de una reunión
por Alfredo Muñiz
Hay llamadas que cambian una vida.
La llamada de una madre cuando el hijo llega tarde.
La llamada del banco cuando has olvidado pagar.
La llamada del médico cuando te dice que ya están los resultados.
Y luego está la llamada de Vivas a Moncloa.
Ésta pertenece a una categoría superior: la llamada que, según cuenta el presidente de Ceuta, sonó donde tenía que sonar, fue atendida como quien oye llover y terminó siendo contestada por ese personaje mitológico de la Administración española llamado “Tranquilo, que no hay fundamento”.
La entrevista de Pedro J. Ramírez a Juan Jesús Vivas tiene algo de novela de suspense.
Uno llama.
El otro escucha.
Uno advierte.
El otro tranquiliza.
Uno insiste.
El otro busca fundamentos.
Y mientras tanto, la realidad, que tiene la desagradable costumbre de no leer comunicados oficiales, se presenta en la frontera sin haber pedido cita previa.
Lunes: la llamada
Vivas llama.
—Oiga, que esto se está poniendo feo.
—Tranquilo.
—No, si tranquilo estoy. Lo que no está tranquila es Ceuta.
—Bueno, bueno…
—Que hay movimientos, que puede venir una avalancha.
—No se preocupe.
Y aquí empieza el problema español por excelencia: cuando alguien dice “no se preocupe”, uno empieza inmediatamente a preocuparse.
Porque “no se preocupe” puede significar muchas cosas.
Puede significar que todo está controlado.
Puede significar que nadie sabe nada.
Puede significar que el asunto está en estudio.
O puede significar que el funcionario que responde está intentando terminarse el café.
Martes: Vivas pide el Estado de alarma
Pero Vivas insiste.
Ya no basta con llamar.
Pide medidas extraordinarias.
Porque una cosa es que haya preocupación y otra que haya una frontera convertida en una especie de puerta giratoria del Mediterráneo.
Y entonces aparece la frase administrativa que sirve para casi todo:
“No hay fundamento.”
¡Ah, el fundamento!
Criatura misteriosa, invisible y omnipresente.
Nadie lo ha visto, pero todos hablan de él.
Cuando hay fundamento, se actúa.
Cuando no hay fundamento, se espera.
Y cuando finalmente aparece el fundamento, normalmente viene acompañado de una ambulancia, tres ministros, seis cámaras de televisión y un comunicado que empieza:
“Ante la evolución de los acontecimientos…”
Que es la manera elegante que tiene la política de decir:
“Pues al final sí que era verdad.”
Miércoles: la realidad empieza a hacer ruido
Vivas vuelve a mirar hacia la frontera.
Y uno imagina que vuelve a telefonear.
—¿Seguimos tranquilos?
—Sí.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Y si pasa algo?
—No pasará.
—¿Y si pasa?
—Entonces ya veremos.
Éste es uno de los grandes secretos de la política moderna: el “ya veremos” siempre llega después del “ya pasó”.
Mientras tanto, en Ceuta la gente observa.
Las autoridades observan.
La frontera observa.
Y hasta las gaviotas, que no tienen competencias administrativas pero poseen bastante sentido común, parecen decir:
—Aquí viene algo.
Jueves: llega la avalancha
Y entonces ocurre aquello que en política recibe el nombre de “acontecimiento inesperado”, aunque lleve tres días siendo anunciado.
La avalancha llega.
Y de repente todos corren.
Ya hay fundamento.
¡Vaya si hay fundamento!
El fundamento aparece vestido de realidad, con zapatos embarrados y llamando a la puerta.
Entonces comienza el festival nacional del diagnóstico retrospectivo.
—Había que actuar.
—Había que preverlo.
—Se había advertido.
—La situación era preocupante.
—Se tomarán medidas.
Y uno se pregunta:
¿Por qué las medidas siempre tienen tanta afición a llegar después que el problema?
El teléfono de Moncloa
Aquí es donde la historia adquiere tintes de comedia de Quevedo.
Porque el verdadero protagonista no es Vivas.
Ni Pedro J.
Ni siquiera Moncloa.
Es el teléfono.
Ese pobre aparato que ha tenido que soportar toda clase de conversaciones durante décadas y que probablemente, después de esta crisis, habrá solicitado traslado.
Imaginen su vida:
Lunes:
“Llamada de Ceuta.”
Martes:
“Otra llamada de Ceuta.”
Miércoles:
“Insistencia de Ceuta.”
Jueves:
“¿Por qué no me dijisteis que era urgente?”
El teléfono, desesperado:
—¡Yo lo intenté! ¡Yo soné! ¡Yo hice mi trabajo!
Pero nadie escucha al teléfono.
En España, cuando algo sale mal, siempre se busca al culpable.
Al ministro.
Al presidente.
A la oposición.
A Marruecos.
A la frontera.
A la meteorología.
A la geopolítica.
Al cambio climático.
Al mensajero.
Menos al teléfono.
Pedro J. entra en escena
Y entonces aparece Pedro J. Ramírez, que tiene esa peculiar habilidad periodística de abrir una puerta y encontrarse detrás con un elefante político sentado en el sofá.
Pregunta.
Vuelve a preguntar.
Insiste.
Y Vivas cuenta su versión.
No habla como quien quiere incendiar el Congreso, sino como quien está intentando explicar algo bastante sencillo:
“Yo lo vi venir.”
Y ésa es quizá la frase más incómoda de toda la entrevista.
Porque si alguien avisa de una tormenta y después llueve, la discusión ya no consiste en saber si llovió.
La pregunta es:
¿Quién tenía el paraguas?
Ceuta, la esquina que Madrid mira con prismáticos
Ceuta tiene esa desgracia geográfica de estar suficientemente cerca de España para ser española y suficientemente lejos de Madrid para que algunos problemas parezcan ocurrir siempre “allí”.
Pero “allí” también es España.
La frontera de Ceuta no es una decoración del mapa.
No es una raya pintada para que los escolares aprendan geografía.
Es una frontera europea.
Y cuando la frontera tiene problemas, el problema no debería quedarse esperando en la centralita de Moncloa.
Porque Ceuta puede llamar.
Puede insistir.
Puede mandar informes.
Puede pedir ayuda.
Pero si nadie descuelga la realidad, acaba ocurriendo lo de siempre:
la realidad descuelga por nosotros.
La gran moraleja
La política española tiene una enfermedad muy curiosa: confunde la tranquilidad con la ausencia de problemas.
Si el problema no ha explotado todavía, no existe.
Si empieza a crecer, se estudia.
Si crece más, se analiza.
Si se desborda, se convoca una reunión.
Y si finalmente estalla, se crea una comisión para determinar por qué nadie hizo caso a quienes habían avisado.
Es una maquinaria extraordinariamente eficaz.
Para explicar después lo que nadie quiso escuchar antes.
Por eso la historia de Vivas y aquella llamada merece quedar para los anales de la telefonía política española.
Porque quizá dentro de unos años algún historiador encuentre la transcripción y pregunte:
—¿Qué ocurrió?
Y alguien responderá:
—Vivas llamó.
—¿Y qué pasó?
—Le dijeron que estuviera tranquilo.
—¿Y luego?
—Llegó la avalancha.
—¿Y entonces?
—Entonces ya había fundamento.
Y el historiador, después de cerrar el expediente, levantará los ojos al cielo y preguntará:
—¿Y el teléfono?
El teléfono, desde algún cajón de Moncloa, responderá:
—Yo llamé. Lo que pasa es que nadie quiso coger la realidad.


