La prueba del algodón llega a Zarzuela: ¡ni una mota osa desafiar a la Corona!
por Alfredo Muñiz
Hay casas donde se limpia cuando aparece una pelusa, y luego están Zarzuela y Marivent, donde una pelusa que se atreva a cruzar el umbral sin autorización podría acabar declarando ante un comité de crisis.
Porque limpiar un palacio no es pasar la fregona y cantar. Eso es para los mortales. En las residencias de la Familia Real, según el reportaje publicado por Lecturas, cada polvo tiene su protocolo, cada mueble su tratamiento y cada bayeta parece tener más rango que un funcionario de carrera.
La cosa no es para menos. Si uno recibe a reyes, presidentes, ministros y demás criaturas de la diplomacia internacional, no puede aparecer el invitado preguntando:
—Majestad, ¿esto que brilla es mármol o es la grasa de la cena de anoche?
¡Ni hablar!
En Zarzuela y Marivent hasta el polvo debe comportarse con educación institucional.
Diecinueve personas contra el enemigo invisible
En Marivent, nada menos que diecinueve personas se ocupan de la limpieza y mantenimiento, a las que se suman tres jardineros y dos personas en portería y coordinación.
Una auténtica brigada de combate contra la suciedad.
Uno imagina la llegada de los Reyes a Mallorca y al personal desplegado por los pasillos como si desembarcara un ejército:
—¡Atención! ¡Se aproxima Su Majestad!
—¡Aspiradora telescópica preparada!
—¡Microfibra azul en posición!
—¡Que nadie toque el mármol!
—¡¿Quién ha dejado una huella en el cristal?!
Y entonces aparece la reina Letizia, con mirada de inspección, y todos contienen la respiración.
Porque la pregunta inevitable es:
¿Pasará Letizia la prueba del algodón?
Ya saben aquella vieja prueba de publicidad: pasar un algodón por una superficie y comprobar si sale blanco o con el historial completo de la humanidad.
En Marivent, probablemente el algodón también tenga que pasar previamente un curso de formación.
En Palacio, hasta las bayetas tienen protocolo
Lo verdaderamente fascinante es que aquí no vale eso de coger cualquier trapo que aparezca en el cajón.
¡Qué vulgaridad!
Las microfibras tienen colores, funciones y destinos. Cada una sirve para una cosa y, por lo visto, ni siquiera una bayeta puede improvisar su carrera profesional.
En una casa normal:
—Pásame un trapo.
En Zarzuela:
—¿Qué tipo de superficie?
—Madera.
—¿Antigüedad?
—Considerable.
—¿Acabado?
—Delicado.
—Entonces necesitamos la microfibra correspondiente.
Y mientras tanto, en una vivienda corriente, alguien limpia el espejo con la misma bayeta con la que ayer secó el fregadero.
Eso sí que es vivir al límite.
La aspiradora telescópica, arma de Estado
La aspiradora con tubo telescópico merece capítulo aparte.
Porque en una casa normal sirve para llegar debajo del sofá, donde suelen encontrarse tres pelusas, una moneda de dos euros y un calcetín desaparecido desde 2019.
En Palacio, en cambio, se convierte en instrumento estratégico para alcanzar esquinas, lámparas y lugares donde probablemente ni el polvo se atreve a instalarse sin pedir permiso.
Imagino a la aspiradora entrando en un salón de Marivent con la solemnidad de un ujier:
—Señores, vengo a retirar las partículas en suspensión.
Y el polvo:
—¡Pero si yo soy de la casa!
—Precisamente por eso.
Los baños: el punto de referencia
Y llegamos al lugar donde verdaderamente se decide la grandeza de una nación: los baños.
Según el reportaje, los baños de Zarzuela son considerados un auténtico “punto de referencia” de la higiene.
Aquí no se trata de echar ambientador y confiar en la providencia.
Los productos deben eliminar los gérmenes, no simplemente disfrazarlos.
Porque el ambientador tiene esa vieja costumbre española de decir:
“Esto huele estupendamente”.
Mientras los microbios contestan:
“Nosotros seguimos aquí”.
En Palacio, parece que la filosofía es otra:
primero eliminar al enemigo y después abrir las ventanas.
El suelo también tiene su Constitución
Los pasillos y zonas comunes tampoco escapan al protocolo.
Mopa, spray captador de polvo y, una vez por semana, fregado con detergente neutro.
Nada de improvisaciones.
No vale eso de:
—Hoy voy a echar un poquito más de producto porque el suelo está muy sucio.
¡Herejía!
En Palacio hasta el detergente parece tener Constitución, Estatuto y reglamento de desarrollo.
Uno imagina a la persona encargada del suelo preguntando:
—¿Puedo fregar?
—¿Qué día es hoy?
—Martes.
—¿Y cuándo fue el último fregado?
—El martes pasado.
—Proceda.
¡Y así se construye una nación!
El polvo no tiene derecho a réplica
Lo más divertido de todo es comprobar que la limpieza palaciega no parece admitir aquello tan español de “ya lo haré mañana”.
En Zarzuela el mañana debe de ser una palabra prohibida.
Porque el polvo no espera.
La pelusa tampoco.
Y una huella en una superficie esmaltada puede convertirse en un asunto de Estado.
Mientras tanto, en cualquier hogar español, una madre contempla el salón y sentencia:
—No hace falta limpiar todavía.
Y dos horas después:
—¡Aquí hay polvo!
La madre española tiene un radar que debería estudiar la NASA.
¿Y si Letizia pasa el algodón?
Aquí viene la verdadera cuestión.
¿Se atreverá alguien a pasar el algodón por Zarzuela?
Porque si sale blanco, habrá que convocar una rueda de prensa.
Y si sale gris, quizá se declare el estado de alarma doméstica.
Yo propongo incluso crear una nueva condecoración:
La Gran Cruz de la Microfibra Real.
Se concedería a quien consiguiera mantener durante veinticuatro horas un palacio sin una sola mota de polvo.
Y para casos extraordinarios:
El Toisón de Oro de la Bayeta.
Porque en este país podemos discutir de política, economía, fútbol, impuestos, monarquía y república.
Pero hay algo que debería unirnos a todos:
que el cuarto de baño esté limpio.
Y si además los pasillos relucen, las lámparas no tienen polvo y la microfibra correspondiente ha cumplido con su cometido, entonces podremos afirmar que España, al menos por un momento, está perfectamente ordenada.
Eso sí: si algún día aparece una pelusa debajo del sofá de Marivent, que nadie se alarme.
Probablemente no sea una pelusa.
Será un okupa de Palacio.


