«La lealtad es algo muy caro para la gente barata.»
Hubiera firmado esta sentencia Quevedo con una pluma mojada en vinagre y rematada con una carcajada. Porque pocas verdades escuecen tanto como esa: la lealtad jamás fue mercancía de mercadillo. Es una joya que no se encuentra en rebajas, y precisamente por eso quienes tienen el alma de saldo jamás pueden permitírsela.
Vivimos tiempos en los que algunos confunden la amistad con un contrato temporal, la palabra dada con un mensaje que se puede borrar y la gratitud con una enfermedad contagiosa. Son especialistas en estrechar manos mientras la otra ya busca dónde clavar el cuchillo. Saludan con abrazos y despiden con puñales, convencidos de que la traición es una virtud empresarial y la desmemoria un máster acelerado.
La gente barata tiene una curiosa habilidad: calcula el valor de todo… excepto el suyo. Pone precio a las personas, tarifa a los favores y tasa los afectos como si fueran acciones de bolsa. Hoy eres imprescindible; mañana, si aparece una oferta mejor, te liquidan como género de temporada. No conocen la lealtad porque jamás han entendido que hay cosas cuyo valor consiste precisamente en que no tienen precio.
Quevedo los habría retratado como mercaderes de conciencia, buhoneros de promesas y aristócratas del interés propio. Gentes capaces de vender a un amigo por un plato de lentejas… siempre que las lentejas incluyan postre. Presumen de inteligencia cuando en realidad solo dominan el viejo arte del cambalache. Confunden la astucia con la nobleza, sin advertir que el zorro jamás será un león por mucho que aprenda a rugir.
Lo extraordinario es que la deslealtad siempre presume de éxito… durante un tiempo. El traidor suele caminar con paso arrogante porque cree que nadie recuerda sus pasos anteriores. Pero la memoria tiene más paciencia que el rencor. Quien hoy traiciona a uno, mañana inspira desconfianza en todos. La fama del desleal viaja más deprisa que cualquier campaña de marketing.
En cambio, la lealtad es silenciosa. No hace ruido, no presume y rara vez ocupa titulares. Es esa rara especie humana que permanece cuando llegan las tormentas, cuando el dinero desaparece, cuando los aplausos se apagan y cuando la mesa deja de estar llena. La lealtad no pregunta cuánto va a ganar; pregunta cuánto puede ayudar.
Por eso resulta tan cara. No porque se compre, sino porque exige virtudes que escasean: honor, gratitud, palabra y memoria. Valores incompatibles con quienes viven rebajando principios para aumentar beneficios.
Quizá por eso el mundo parece lleno de gente barata. Hay abundancia de oportunistas, inflación de aduladores y exceso de mercenarios sentimentales. Pero la buena noticia es que basta encontrar una sola persona verdaderamente leal para recordar que la riqueza nunca estuvo en la cartera, sino en el carácter.
Y es entonces cuando la frase adquiere toda su ironía: la lealtad es demasiado cara para la gente barata… porque quienes solo saben contar monedas jamás comprenderán el inmenso valor de una palabra cumplida. Mientras ellos siguen rebuscando ofertas en el mercado de las conveniencias, los leales conservan un patrimonio que ninguna crisis puede devaluar: el honor. Alfredo Muñiz.

