De ministro del volante ajeno a camionero del propio destino

Por Alfredo Muñiz

Hay oficios donde uno transporta mercancías y otros donde se transportan promesas. Los primeros suelen llegar a destino; los segundos, no siempre. Santos Cerdán, según publica La Razón, ha decidido abandonar el tráfico de argumentarios para dedicarse al tráfico de mercancías. Es, sin duda, un ascenso moral aunque el escalafón diga lo contrario.

La Fortuna, esa dama caprichosa que ayer lo sentaba en los salones del poder, hoy lo examina de maniobras marcha atrás. Ayer discutía investiduras; mañana discutirá con una rotonda mal señalizada. Y no es poca diferencia, porque la rotonda, al menos, siempre acaba dando la razón a quien conoce el camino.

Quevedo ya advirtió que el mundo es una mascarada donde los grandes acaban pareciéndose a los pequeños y los pequeños resultan ser los verdaderamente grandes. Porque conviene recordar que un camionero lleva sobre sus hombros el abastecimiento de un país; algunos políticos apenas consiguen llevar el peso de sus propias palabras.

Dicen que se ha sacado el carnet de camión. Excelente noticia. En la política abundan quienes jamás supieron conducir sus ambiciones y acabaron estrellando la confianza de los ciudadanos. Un tráiler, en cambio, exige prudencia, respeto y conocer los límites de carga; virtudes todas ellas escasas en ciertos despachos ministeriales.

La imagen tiene algo de justicia poética. El hombre que negociaba pactos ahora negociará adelantamientos. El que vivía pendiente del Comité Federal consultará el GPS. Donde antes había asesores, ahora habrá gasolineras; donde antes sonaban aplausos, sonará el avisador del cinturón. Mucho más útil este último, pues al menos evita golpes.

No faltarán quienes digan que ha caído. España, que es país de especialistas en fabricar héroes por la mañana y villanos por la tarde, disfruta viendo cómo los ídolos cambian el mármol por el barro. Pero la vida tiene un extraño sentido del humor: cuando uno cree haber tocado el techo, descubre que todavía le queda aprender a cambiar una rueda.

Mientras tanto, la Justicia sigue su camino. Sobre Cerdán pesan graves acusaciones relacionadas con presuntas adjudicaciones irregulares, cobro de comisiones y otros hechos que él niega rotundamente. Defiende su inocencia, asegura que nunca tomó parte en ninguna trama ni percibió beneficio alguno de las decisiones que se le atribuyen.

Y quizá ahí resida, al final, la única carretera que de verdad importa: la que separa lo que uno dice haber conducido de lo que realmente ha movido. Porque en política, como en la autopista, no basta con saber acelerar; hay que saber también cuándo detenerse antes de que el destino, implacable, ponga el freno de mano.

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