¡Maestro, otra vez desde el principio!: el concierto del hermanísimo y la orquesta de las cloacas

El concierto del hermanísimo: violines, fiscales y cloacas desafinadas

por Alfredo Muñiz

Continúa el concierto del hermanísimo presidencial, y la orquesta, lejos de recoger los instrumentos, parece haber contratado una segunda temporada. En este reino de partituras judiciales, recursos, querellas y fontaneros de Ferraz, cada día aparece un nuevo músico dispuesto a tocar su instrumento mientras el público intenta averiguar quién dirige la batuta.

Y, por supuesto, el director de orquesta oficial del Reino sigue en el candelero.

La novedad de hoy es que la Fiscalía de Madrid tampoco vio delito en la querella presentada por Manos Limpias para investigar unas presuntas maniobras destinadas a obstaculizar actuaciones relacionadas con el caso que llevó al banquillo a David Sánchez. Según el escrito fiscal, no habría conexidad suficiente entre los hechos investigados y los denunciados por el sindicato, y añadirlos podría provocar más complejidad y dilación.

Dicho en lenguaje de taberna jurídica: «No metamos otro piano en una orquesta que ya tiene demasiados músicos».

El asunto tiene, además, ese perfume inconfundible de las novelas de Quevedo: aparecen correos, jueces, fiscales, periodistas, antiguos jueces, empresarios, sindicalistas y una fontanera que, a estas alturas, debe de tener más tuberías políticas que un barrio entero de Madrid.

Manos Limpias sostenía que determinadas actuaciones podían haber buscado acceder a correos y obtener información con la que cuestionar su actuación procesal en el procedimiento seguido en Badajoz. La Fiscalía, sin embargo, considera que esos hechos no guardan la conexión necesaria con la causa que se investigaba en Madrid.

Y así llegamos a esa maravillosa especialidad nacional que podríamos llamar «la investigación de la investigación de la investigación».

Uno investiga a otro, otro denuncia al primero, un tercero pide investigar al segundo, la Fiscalía estudia si procede investigar al tercero y, entretanto, el ciudadano contempla el espectáculo preguntándose si al final alguien se acordará de investigar aquello por lo que empezó todo.

Porque aquí ya no sabemos si estamos ante una causa judicial o ante una zarzuela con toga.

Hay también otro detalle delicioso: la Fiscalía de Madrid ha interesado que se desestime el recurso de Manos Limpias contra la decisión de Zamarriego de rechazar su personación. Es decir, mientras unos quieren entrar en la fiesta judicial, otros les explican educadamente que la lista de invitados está completa.

Y entretanto, el caso del hermanísimo sigue proporcionando material para una enciclopedia de la política española contemporánea: Cómo convertir un procedimiento judicial en una serie por temporadas sin necesidad de contratar guionistas.

La trama tiene de todo: cloacas, fontaneros, jueces, fiscales, expedientes, recursos, querellas, correos electrónicos y hasta personajes que parecen salidos de una novela de espías escrita después de una comida demasiado larga.

Lo más extraordinario es que nadie parece ponerse de acuerdo sobre quién es el fontanero, quién es la cloaca y quién terminó mojado.

Quevedo, de haber nacido en nuestros días, no habría necesitado inventar al Buscón. Le habría bastado con abrir el periódico.

Y probablemente habría escrito:

«Viose en Madrid una curiosa república donde los procesos tenían más recursos que los políticos y las cloacas más fontaneros que tuberías».

Mientras tanto, el concierto continúa.

Los violines judiciales afinan.

Los fiscales consultan las partituras.

Los abogados preparan nuevas aclaraciones.

Los recursos hacen cola en la puerta.

Y el hermanísimo, protagonista involuntario de esta ópera bufa, permanece en el centro del escenario mientras alrededor suyo se organiza una orquesta donde cada músico toca una partitura distinta.

Lo único que falta es que alguien salga al balcón, levante la batuta y grite:

«¡Maestro, otra vez desde el principio, que el público todavía no se ha enterado de quién está tocando qué!»

Y así seguimos: entre cloacas que quizá no sean delito, investigaciones que no se investigan, recursos que recurren a otros recursos y fiscales que ponen orden en una habitación donde ya nadie recuerda quién movió los muebles.

El concierto del hermanísimo continúa.

Y el patio de butacas, naturalmente, sigue pagando la entrada.

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