Frikis con mucho arte, cuerda, gong y sacrilegios: cuando la música antigua se fue de fiesta a Dalt Vila

Planazo: concierto en el Parador de Ibiza: subir al cielo, y cenar entre estrellas con fuegos artificiales

Por Alfredo Muñiz

Hay lugares a los que uno llega en coche, otros en taxi y algunos, si el navegador tiene sentido del humor, haciendo penitencia. El nuevo Parador de Ibiza pertenece a esta última categoría.

Situado en Dalt Vila, en lo más alto de la ciudad medieval y prácticamente a los pies de la catedral, llegar andando puede convertirse en una saludable combinación de turismo, deporte de aventura y prueba de resistencia cardiovascular. Si además hace calor y se le ocurre a uno ponerse tacones, puede terminar la excursión como si hubiera coronado el Tourmalet.

Yo, ingenuo de mí, confié en el navegador. Grave error. En lugar de llevarme por una ruta razonable en ascensor, decidió demostrarme que conocía todas las cuestas de Ibiza, especialmente las más empinadas, reservándome para el final la puntilla: unas escaleras que parecían diseñadas por un arquitecto enemigo de los turistas.

Llegué al Parador sudando la camiseta, pero con la dignidad todavía razonablemente intacta. Y entonces apareció la recompensa: un cóctel de mango, maracuyá y hierbas ibicencas, frío, refrescante y servido como quien entrega una medalla olímpica al superviviente.

Para bajar, estrenaré el famoso ascensor y espero descubrir que existe una civilización paralela mucho más cómoda: el ascensor que conduce hacia los Naranjos. Moraleja: en Dalt Vila no basta con saber dónde está el Parador; conviene saber también por dónde demonios se llega.

Y allí comenzó una velada que compensó sobradamente la escalada.

Tras el cóctel de bienvenida subimos al mirador de la Torre. El escenario era sencillamente espectacular: en la cima de Ibiza con el Mediterráneo extendiéndose delante de nosotros como si la naturaleza hubiera decidido poner también su granito de arena al espectáculo.

Uno de los protagonistas culturales de la noche fue el violonchelista mallorquín Miquel Àngel Aguiló, impulsor de una iniciativa que pretende convertir este espacio en un referente cultural durante todo el año.

La noche comenzó con una explicación en ibicenco.

Yo escuchaba atentamente, con la misma expresión que pondría un esquimal ante una conferencia sobre física nuclear en sánscrito.

No entendí absolutamente nada.

Pensé que quizá podían haber elegido el inglés, que tiene la desagradable costumbre de entenderlo bastante más gente. Pero en la segunda intervención en ibicenco solicité amablemente una traducción al castellano y, a partir de ese momento, los organizadores tuvieron la gentileza de continuar las explicaciones en el idioma de Cervantes.

Y entonces empezó la magia.

Aparecieron instrumentos antiguos y exóticos: gong, flautas de aspecto ancestral, percusiones, instrumentos de cuerda, violonchelo y contrabajo. Algunos parecían recién salidos de una excavación arqueológica; otros, de una película de ciencia ficción rodada en la Edad Media.

Uno de los músicos, con saludable sentido del humor, los calificó de “frikis” y anunció que iban a cometer un bonito sacrilegio musical.

Y, efectivamente, lo hicieron.

Pero fue un sacrilegio de los buenos.

Música antigua pasada por el filtro de la modernidad, mezclando sonidos, culturas, instrumentos y épocas hasta conseguir algo extraño, diferente y, sobre todo, armónico.

Interpretaron una composición propia inspirada en Kabul, en los bombardeos y en el lamento. Después llegó una pieza vinculada al cine de animación y a la princesa Mononoke, además de música judía, percusión, contrabajo y aquella flauta rústica, arcaica, que parecía haber sobrevivido a varias civilizaciones.

En mitad del concierto, como no podía ser de otra manera cuando se hace música en directo, uno de los instrumentos exóticos decidió jubilarse temporalmente.

Gajes del directo.

El concierto continuó y llegó «El Palacio de Cristal», una pieza delicada, casi una delicatessen musical, de esas que obligan al público a bajar la respiración y dejar que el sonido haga el resto.

Una experiencia diferente, sorprendente y difícil de clasificar.

Pero si la música alimentó el espíritu, la cena se encargó de poner en funcionamiento el resto del organismo. Les comentaré el menú largo y estrecho en otro post.

Les adelanto que el banquete incluye una gallinita ibicenca de bocado con su crujiente piel y rellena de sus propios interiores, presentada con una forma tan artesanal que inmediatamente me recordó a mi novela «El testamento del gallo», disponible en Amazon.

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