Mucho abrazo, poca verdad y bastante puñalada

El gran teatro de los hipócritas: manual para no vender el alma por un aplauso

por Alfredo Muñiz

Decía Quevedo —o podría haberlo dicho, porque de haber vivido en nuestros tiempos habría necesitado varias plumas y probablemente un abogado— que el mundo está lleno de personas que confunden la verdad con aquello que les conviene.

Vivimos en una curiosa sociedad donde abundan los amigos de escaparate, los consejeros de saldo y los expertos en opinar sobre la vida ajena. Gente que sonríe mientras calcula, abraza mientras compara y elogia mientras busca dónde clavar la aguja.

La hipocresía es un arte refinado. No cualquiera puede practicarla con elegancia. El hipócrita profesional te dice:

—«¡Qué maravilla lo que haces!»

Y, mientras pronuncia la palabra maravilla, ya está pensando cómo demostrar que lo que haces es una verdadera porquería.

Hay quien se acerca a ti no porque admire lo que eres, sino porque le interesa lo que puede obtener de ti. Te escucha mientras eres útil, te aplaude mientras eres manejable y te quiere muchísimo… siempre que no tengas criterio propio.

Porque ahí empieza el problema.

El día que dices «no», descubres cuántos amigos tenías realmente.

El día que dices «yo pienso de otra manera», aparecen los guardianes de la ortodoxia.

Y el día que decides hacer las cosas a tu manera, algunos descubren, horrorizados, que tienes personalidad.

¡Qué escándalo!

Parece que hoy la autenticidad se ha convertido en una peligrosa enfermedad social. Hay que pensar como los demás, trabajar como los demás, opinar como los demás y, si es posible, hasta equivocarse exactamente como los demás.

Pero uno no ha venido a este mundo para ser fotocopia de nadie.

Si tienes tus propios intereses, tus propias ideas y una manera particular de trabajar, no tienes por qué pedir permiso. Y mucho menos disculpas.

La opinión de los demás puede ser muy valiosa cuando nace del afecto, del conocimiento y de la intención de ayudarte a mejorar. Esa opinión conviene escucharla.

Pero cuando la crítica solamente pretende humillarte, desanimarte, manipularte o convertirte en alguien que no eres, lo mejor es colocarla educadamente en el lugar que merece: fuera de tu equipaje.

Porque hay opiniones que son consejos.

Y hay opiniones que son correas.

Aprender a distinguirlas es una de las grandes sabidurías de la vida.

También conviene observar una señal inequívoca: cuando alguien desprecia sistemáticamente tus intereses, ridiculiza tus ideas y cuestiona constantemente tu manera de trabajar, quizá el problema no sea que tú tengas que cambiar.

Quizá el problema sea que esa persona no soporta que seas tú mismo.

Y ante eso existe una solución extraordinariamente revolucionaria: apartarse.

Sin guerras.
Sin discursos.
Sin venganzas.
Sin necesidad de demostrar nada.

Simplemente dar un paso atrás y continuar caminando.

Porque hay personas de las que uno se despide con lágrimas.

Y otras de las que uno se despide con una paz extraordinaria… y hasta duerme mejor.

No hace falta convencer a nadie de tu valor. El árbol no discute con el hacha sobre la calidad de su madera.

Sé tú mismo.

Si eres apasionado, sé apasionado.
Si eres creativo, crea.
Si tienes ideas, defiéndelas.
Si tienes una forma diferente de trabajar, perfecciónala.
Y si te equivocas, aprende.

Pero no permitas que alguien convierta sus inseguridades en tus complejos.

El manipulador necesita que dudes de ti para poder dirigirte. Por eso intenta convencerte de que no sabes, de que no vales, de que nadie te comprenderá o de que, sin él, no llegarás a ninguna parte.

No le creas.

Quien verdaderamente te quiere no necesita disminuirte para sentirse grande.

Y aquí termina nuestro pequeño tratado contra la falsedad, que bien podría titularse:

«Cómo reconocer a un hipócrita antes de que te invite a tomar café».

Regla número uno: escucha menos los discursos y observa más los hechos.

Regla número dos: quien desprecia constantemente lo que eres, probablemente no esté preparado para acompañarte en lo que quieres ser.

Regla número tres: no confundas compañía con amistad.

Y regla número cuatro, la más importante:

No cambies tu esencia para conservar a personas que solamente te quieren cuando eres exactamente como ellas desean.

Al final, la vida es demasiado corta para vivir interpretando un personaje escrito por otros.

Que hablen.

Que juzguen.

Que murmuren.

Que hagan sus tertulias de salón.

Mientras ellos comentan tu camino, tú sigue caminando.

Porque quizá la mayor victoria frente a la hipocresía no sea desenmascarar al hipócrita.

Quizá sea algo mucho más sencillo:

dejar de necesitar su aprobación.

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