La familia encantada: entre vampiros, sanguijuelas y herencias del más allá

Condes, Dráculas y primos okupas: crónicas de una familia encantada

por Alfredo Muñiz

Hay familias que no necesitan un árbol genealógico, sino un exorcista con contrato indefinido y plus de peligrosidad. Uno entra por la puerta el día de Nochebuena y no sabe si ha acudido a una comida familiar o al casting de una película de terror doméstico.

Siempre aparece la tía protestona. Esa mujer que lleva el luto puesto hasta cuando va de vacaciones. Si llueve, protesta; si hace sol, también. Si le invitan a comer, la paella está seca; si no la invitan, la familia la margina. Su deporte favorito consiste en lamentarse mientras estira discretamente la mano por debajo de la mesa. Porque hay personas que no quieren independencia económica: prefieren la cómoda nacionalización del patrimonio ajeno.

Cuando alguien, con infinita paciencia, decide poner límites, la respuesta suele ser digna de una tragedia griega. De repente, la sanguijuela se convierte en víctima. El vampiro asegura que le han dejado sin sangre. La condesa Drácula exige derechos históricos sobre el cuello del contribuyente familiar. Al parecer, algunos creen que el parentesco concede una barra libre vitalicia sobre el tiempo, el dinero y la paciencia de los demás.

No faltan tampoco esos primos arqueólogos del patrimonio. Tienen una curiosa interpretación del derecho de propiedad: si no es suyo, ya irá siéndolo. Utilizan coches, casas, herramientas, cuentas, almacenes o negocios con la naturalidad del que cree haber heredado el planeta entero por decreto divino.

Y cuando alguien osa preguntar: “¿Podemos aclarar las cuentas?”, comienza la representación teatral. Brotan las lágrimas, aparecen los discursos sobre la unión familiar y resucitan agravios de hace cuarenta años. Lo importante nunca es responder a la pregunta, sino conseguir que quien la formula parezca el malo de la película.

En muchas empresas familiares el consejo de administración termina pareciéndose más a una reunión de cuñados que a un órgano de gobierno. Los cargos se reparten por grado de parentesco, las decisiones por afinidad sentimental y las responsabilidades… esas siempre encuentran un voluntario distinto. El mérito se jubila antes de empezar a trabajar.

Sin embargo, una empresa familiar sana funciona con reglas claras, transparencia, legalidad y ética. Los apellidos pueden abrir la puerta, pero nunca deberían sustituir al esfuerzo, al respeto ni a la responsabilidad. Cuando el negocio se convierte en un cortijo donde unos pocos ordeñan la vaca mientras los demás solo limpian el establo, el desenlace suele escribirse solo: discusiones eternas, abogados enriquecidos y una familia que deja de hablarse incluso para felicitar la Navidad.

La envidia hace de altavoz, la soberbia de directora de orquesta y los chismes de combustible. Nadie habla con quien debe; todos hablan de quien no está. El rumor viaja más rápido que la verdad y cada sobremesa produce más teorías conspirativas que un canal de internet a las tres de la madrugada.

Quizá el mayor milagro no sea expulsar demonios, sino sentar a tías, primos, hermanos, cuñados y demás especies protegidas alrededor de una mesa para hablar con serenidad, escuchar con humildad y buscar soluciones antes que culpables.

Porque las familias perfectas solo existen en los marcos de las fotografías. Las reales sobreviven cuando entienden que el mejor patrimonio no es quedarse con un metro más de terreno, sino perder un poco de orgullo para ganar muchos años de paz.

Y si aun así alguno insiste en comportarse como vampiro financiero, sanguijuela profesional o conde del patrimonio ajeno, quizá no haga falta llamar al exorcista. Bastará con enseñarle el Código Civil, poner una buena cerradura y recordar ese viejo principio que nunca pasa de moda: las cuentas claras conservan mejor a la familia que los abrazos hipócritas.

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