El sermón de los sobrados
Presume el soberbio de tener alas cuando apenas posee un taburete. Se corona rey de un corral y, al primer cacareo de los aduladores, ya se cree emperador del universo.
¡Qué fácil es sentirse gigante cuando se pisa a los pequeños! El problema llega cuando el suelo decide retirarle el favor y descubre que no era coloso, sino un enano subido a una montaña de vanidad.
El sobrado tiene un extraño talento: convierte lo ajeno en propio con la naturalidad con la que otros cambian de corbata. Las cuentas, dice, son flexibles; los estatutos, orientativos; la ley, un simple estorbo para los hombres importantes. Y así va sembrando trampas convencido de que jamás tendrá que caminar sobre ellas.
Pero los libros de cuentas poseen mejor memoria que los soberbios. Los documentos hablan cuando los hombres callan. Las cifras no entienden de amenazas, y los balances, aunque permanezcan mudos durante años, acaban cantando más alto que un gallo al amanecer.
El adulador alimenta al tirano igual que el cocinero engorda al cerdo: no por cariño, sino porque sabe que cuanto más pesa, más sonará su caída.
El dinero mal habido es un huésped caprichoso: entra riendo por la puerta principal y sale huyendo por la ventana, llevándose consigo el sueño, el prestigio y hasta los amigos de brindis, que son los primeros en desaparecer cuando la música deja de sonar.
¡Ay del que convierte la empresa familiar en su feudo! ¡Ay del que confunde el despacho con un trono y la firma con un cetro! Porque la Justicia tiene una virtud que desespera a los arrogantes: puede tardar, pero rara vez olvida.
Las torres más altas han acabado hechas escombros. Los pavos reales mudan las plumas cuando llega el invierno. Y quien hoy reparte miedo, mañana puede repartir explicaciones.
No hay armadura que detenga la verdad cuando llega cargada de pruebas. No existe caja fuerte capaz de encerrar la conciencia. Ni despacho bastante grande para esconder la sombra de la codicia.
Así termina siempre la comedia de los sobrados: con el gallo desplumado, el trono convertido en banquillo, los aplausos transformados en silencio y el espejo devolviendo, por fin, el verdadero retrato de quien confundió el poder con la impunidad.
Porque la soberbia jamás construyó un imperio duradero; únicamente levantó andamios para hacer más estrepitosa la caída. Alfredo Muñiz.


