El Gran Cerdo Supremo

En Villa Jamonera había una empresa porcina tan famosa que hasta los cerdos pedían cita para entrar. Su director, Kevin JAVIER, al que todos llamaban don Kevinino, caminaba por las instalaciones con más solemnidad que un emperador romano, convencido de que cada gruñido era un aplauso a su brillante gestión.

—¡Todo está perfectamente controlado! —repetía mientras estrenaba su enésima chaqueta de lino “imprescindible para las reuniones de trabajo”… celebradas, casualmente, en restaurantes con vistas al mar.

Los demás socios recibían unos dividendos tan modestos que uno de ellos llegó a preguntar si el beneficio anual se pagaba en monedas de chocolate. Sin embargo, Kevinino siempre encontraba una explicación.

—La empresa atraviesa tiempos difíciles.

—¿Y ese crucero por el Caribe?

—Inspección técnica de jamones tropicales.

—¿Y el safari?

—Estudio comparativo del comportamiento del jabalí africano.

—¿Y el hotel de siete estrellas?

—Había una conferencia… sobre almohadas ergonómicas para directivos.

Solo su primo, Pelayo, conservaba la extraña costumbre de leer las cuentas antes de aplaudirlas. Revisó papeles, sumó cifras, restó excusas y llegó a una conclusión científica: las matemáticas y los discursos de Kevinino vivían en universos paralelos.

Con infinita paciencia intentó arreglar el asunto alrededor de una mesa.

—Primo, esto no cuadra.

—Claro que cuadra. Lo que pasa es que tú usas una calculadora normal y yo una… creativa.

Cuando la paciencia de Pelayo agotó sus existencias, decidió acudir a los tribunales.

Kevinino sonrió con suficiencia.

—Esto se resolverá en cinco minutos.

Pero los cinco minutos se transformaron en meses, y cada nueva explicación era más pintoresca que la anterior. El juez escuchaba en silencio mientras un secretario tomaba notas intentando averiguar si estaba asistiendo a un juicio o a un concurso de monólogos.

Al final, el magistrado cerró la carpeta, miró a todos los presentes y dijo:

—Señores, una granja puede tener cerdos, pero eso no significa que las cuentas deban hacerse… a ojo de buen cubero. Y mucho menos con el hocico metido en la caja.

Desde aquel día, en Villa Jamonera quedó un refrán que repetían hasta los lechones:

“Quien convierte la caja de la empresa en su hucha personal termina descubriendo que, cuando llegan los jueces, hasta el cerdo más gordo acaba pasando por la báscula.”

Y colorín colorado, la moraleja quedó bien clara: la ironía puede engordar un cuento, pero la transparencia siempre pesa más que cualquier cerdo premiado. Porque quien se come la caja acaba pagando la cuenta… y, en el caso de Kevinino, también el menú del juicio, que fue el único banquete donde no pudo ponerlo “a gastos de empresa”. Alfredo Muñiz.

Últimas

La bola negra: el club de los perfectos gilipollas y otras eminencias de la hipocresía

La bola negra: cuando los guardianes de la decencia...

BARBERYN WAVES: donde hasta las tortugas vienen a desconectar

Sri Lanka, Ayurveda y otros milagros para reconciliarse con...

El colinabo: el Sputnik de la huerta que ha pasado de alimentar cerdos a conquistar la alta cocina

De la cuadra al mantel de hiloCrónica gastronómica con...

El rey del cortijo y la prima de misa: entre santos, máscaras y mucho cuento

El rey del cortijo y la princesa del reino...

Siempre al día

937FansMe gusta
606SeguidoresSeguir
1,345SuscriptoresSuscribirte

Newsletter

Siempre actualizado de las últimas noticias, ofertas y anuncios especiales.

spot_img

¡No te lo pierdas!

La bola negra: el club de los perfectos gilipollas y otras eminencias de la hipocresía

La bola negra: cuando los guardianes de la decencia...

BARBERYN WAVES: donde hasta las tortugas vienen a desconectar

Sri Lanka, Ayurveda y otros milagros para reconciliarse con...

El colinabo: el Sputnik de la huerta que ha pasado de alimentar cerdos a conquistar la alta cocina

De la cuadra al mantel de hiloCrónica gastronómica con...

El rey del cortijo y la prima de misa: entre santos, máscaras y mucho cuento

El rey del cortijo y la princesa del reino...

La bola negra: el club de los perfectos gilipollas y otras eminencias de la hipocresía

La bola negra: cuando los guardianes de la decencia reparten carnés de hipocresía por Alfredo Muñiz Hay sociedades que no necesitan verdugos porque ya tienen...

BARBERYN WAVES: donde hasta las tortugas vienen a desconectar

Sri Lanka, Ayurveda y otros milagros para reconciliarse con la vida (y con el hombro) Por Alfredo Muñiz Hay lugares a los que uno llega buscando...

El colinabo: el Sputnik de la huerta que ha pasado de alimentar cerdos a conquistar la alta cocina

De la cuadra al mantel de hiloCrónica gastronómica con retranca, ciencia y un poco de humor vegetal por Alfredo Muñiz, inspirado en un artículo científico...

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí