El Titanic societario
La orquesta seguía tocando, el consejo seguía cobrando y los accionistas seguían preguntándose quién llevaba realmente el timón. Vacaciones de lujo, accionistas indignados y un imperio familiar donde la transparencia cotizaba peor que los dividendos.
La gota que colmó el consejo
Kevin Javier disfrutaba de unas paradisíacas vacaciones en una playa del Caribe, cortesía —cómo no— de la empresa. Mientras los accionistas hacían cuentas, el gran jefe hacía turismo tropical convencido de que los problemas también estaban de vacaciones.
Horas antes había presidido la junta general de accionistas con la misma elegancia con la que un corsario reparte el botín: primero se sirve él, después vuelve a servirse y, si sobra algo, ya se estudiará en la próxima junta.
Dietas al alza, dividendos a la baja y un presidente empeñado en demostrar que la imaginación contable no tiene límites. En realidad, su inseparable lugarteniente, Minivilla de los Corrales, se había encargado del trabajo sucio. Era el maestro de ceremonias, el apagafuegos oficial y el traductor simultáneo del idioma favorito del jefe: «Aquí se hace lo que yo diga». Kevin solo aparecía al final para poner cara de estadista, sonreír como un dentista antes de la anestesia y recordar que la democracia empresarial terminaba exactamente donde empezaban sus intereses: “Esto es una fiesta”.
Los accionistas críticos ya ni se molestaban en hablar de «gastos de representación». Habían bautizado aquellas partidas como «gastos de inspiración divina», porque cada ejercicio aparecía un concepto nuevo capaz de justificar que el consejo viviera mejor que un jeque con tarjeta platino.
Mientras los beneficios descendían y los dividendos se encogían un 25 %, las dietas crecían con el entusiasmo de un adolescente delante de un bufé libre. Aquello era un prodigio económico digno de estudio: cuanto peor iban las cuentas, mejor engordaban las nóminas de los administradores. Si Newton hubiera conocido aquella empresa, habría tenido que añadir una cuarta ley: todo beneficio tiende a transformarse en sueldo del consejo.
El entramado societario merecía un premio de arquitectura barroca. Había sociedades matrices, filiales, subfiliales, primas hermanas, sobrinas políticas y alguna que otra empresa que probablemente ni ella misma sabía por qué existía. Dibujar el organigrama requería un rollo de papel continuo y la paciencia de un monje tibetano.
Los contratos de alquiler pertenecían al género de la ciencia ficción. Los metros cuadrados ocupados se estiraban y encogían como un acordeón, las rentas padecían una misteriosa alergia al IPC y algunos gastos practicaban turismo contable, viajando de una sociedad a otra con más frecuencia que un influencer en temporada alta.
La transparencia era una especie protegida en peligro de extinción. El derecho de información de los accionistas permanecía encerrado bajo siete llaves y custodiado, probablemente, por un dragón con cláusula de confidencialidad. Conseguir un documento completo resultaba bastante más complicado que encontrar aparcamiento en el centro un sábado por la tarde.
Entre los accionistas comenzaron a circular teorías cada vez más extravagantes. Unos afirmaban que, si alguien levantaba todas las alfombras del grupo, aparecerían suficientes sorpresas para escribir quince temporadas de una serie de televisión. Otros sostenían que el organigrama era tan laberíntico que ni el mismísimo Teseo habría encontrado la salida sin hilo de Ariadna, GPS y un buen asesor fiscal. La falta de información alimentaba la imaginación, y la imaginación ya cotizaba al alza.
Pelayo Alfredo, sin embargo, había dejado de encontrarle la gracia al espectáculo. Había contratado a uno de los mejores bufetes del país y agotado todas las soluciones amistosas. Sabía que, si aquello acababa en los tribunales, el reparto sería memorable: periodistas haciendo cola, abogados cambiando de coche, procuradores reservando vacaciones en Maldivas y más de un consejero preguntándose si no habría sido más rentable abrir una churrería.
Antes de pulsar el botón rojo, presentó una última propuesta: una salida ordenada, valorar las participaciones conforme al mercado y permitir que quien quisiera abandonar aquel parque temático empresarial pudiera hacerlo sin necesidad de solicitar asistencia psicológica.
Kevin Javier escuchó la propuesta con la misma atención que un gato presta a las normas de una comunidad de vecinos. Estaba demasiado cómodo confundiendo el consejo de administración con el salón de su casa. A su alrededor seguían los fieles de siempre y dos veteranas consejeras, conocidas cariñosamente como los jarrones chinos: siempre presentes, siempre elegantes y siempre tan decorativas como silenciosas. Nadie recordaba la última vez que habían hecho una pregunta incómoda, aunque algunos sospechaban que seguían pensando que el Wi-Fi era un nuevo tipo de yogur.
Porque toda empresa familiar tiene un reloj.
Y el de aquella no marcaba las horas.
Marcaba la cuenta atrás… mientras la orquesta seguía tocando como si el Titanic hubiera encontrado aparcamiento. Cuando los dividendos adelgazan, las dietas engordan y las vacaciones en el Caribe las paga la empresa, solo quedan dos preguntas: ¿quién gobierna realmente el cortijo? y ¿cuando estallará la bomba de relojería? Seguramente cuando se rompan los agrietados jarrones chinos….
Alfredo Muñiz.
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