El Gobierno del proletariado… con minibar
por Alfredo Muñiz
Ayuso ha encontrado esta semana el botón rojo del sarcasmo y lo ha pulsado sin anestesia: «Con lo de Ceuta no tienes derecho a vacaciones», le ha venido a decir a Pedro Sánchez, ese presidente que, según sus críticos, parece tener un concepto del servicio público bastante compatible con el concepto de tumbona.
Y aquí comienza la gran contradicción nacional: el político español proclama austeridad con la misma solemnidad con la que el aristócrata decimonónico proclamaba igualdad desde su palco.
Sánchez, entretanto, disfruta de La Mareta, residencia oficial de descanso en Lanzarote, mientras España contempla Ceuta con un ojo y el BOE con el otro. Porque una cosa es gobernar y otra muy distinta renunciar a que el calendario laboral le trate a uno como al resto de los mortales.
Quevedo habría disfrutado con semejante espectáculo.
«¡Oh, gobernante progresista —escribiría probablemente—, que predicas al pueblo la moderación mientras tú te alojas donde hasta el descanso tiene categoría de Estado!».
Y no está solo nuestro particular sultán de La Moncloa. En la corte progresista también tenemos a Yolanda Díaz, que ha convertido la política internacional en una suerte de agencia de viajes con agenda ministerial. Pekín, Ginebra, Los Ángeles… el mundo es grande y, por lo visto, la política exterior también puede tener ventanilla business. Algunos desplazamientos oficiales han generado precisamente preguntas sobre sus costes y transparencia. (El Debate)
La izquierda caviar tiene una peculiaridad extraordinaria: cuando paga el ciudadano, deja de llamarse lujo y pasa a llamarse «actividad institucional».
Si viaja un empresario, es capitalismo.
Si viaja un ministro, es diplomacia.
Si viaja un ciudadano, es turismo.
Y si el ciudadano pregunta cuánto cuesta el viaje del ministro, entonces se convierte súbitamente en un antiprogresista sospechoso de no comprender la complejidad del Estado.
La hipocresía política consiste precisamente en eso: predicar que el dinero público es sagrado mientras se administra como si fuera confeti.
Pero tampoco conviene que la derecha se mire demasiado tiempo en el espejo, porque podría descubrir que el espejo también tiene memoria. Las polémicas sobre viajes y gastos públicos no son patrimonio exclusivo de una ideología; basta recordar que también existen controversias recientes sobre gastos y transparencia relacionados con viajes de dirigentes del Partido Popular. (El País)
Así que quizá el verdadero problema no sea que nuestros políticos se vayan de vacaciones.
El problema es que algunos parecen creer que las vacaciones son un derecho constitucional… siempre que la factura la pague otro.
Y mientras tanto, el españolito de a pie hace sus vacaciones en Benidorm, mira el precio del menú y descubre que la verdadera ficción política no está en Netflix: está en la nómina.
Porque en España hasta la revolución tiene clase preferente.


