Por Alfredo Muñiz
Alba Flores ha descubierto el fascismo en Ceuta. El problema es que, en su película, los ceutíes parecen haber desaparecido del reparto.
La actriz habla de «escuadrones de neonazis» y de una Ceuta convertida en película de terror. Curiosamente, la cámara de su relato parece tener un solo objetivo: Marruecos. Al vecino ceutí le han dado un papel de figurante, sin diálogo y sin derecho a réplica.
Quevedo habría preguntado: ¿Qué extraño antifascismo es éste que ve al fascista desde lejos y al ciudadano de cerca no lo ve?
Ceuta no es un decorado de Netflix. Allí viven españoles que reclaman seguridad y tranquilidad. Y si hay violencia, se condena venga de donde venga, sin hacer casting previo de víctimas y verdugos.
Luego aparece la palabra mágica: subvención. ¿Está Alba Flores personalmente subvencionada por el PSOE por decir lo que dice? No hay pruebas para afirmarlo. Las ayudas del ICAA se conceden a productoras, no a actores por sus opiniones políticas.
Pero la sospecha tiene una ironía estupenda: en España hasta el antifascismo parece necesitar productor ejecutivo.
Y así queda la función: mucho fascismo, mucho plató y poca Ceuta.
Porque denunciar la intolerancia está muy bien; olvidar a los ceutíes mientras se hace, ya es otra película.

