España declara la guerra a Marruecos: Europa busca el botón de “deshacer”

España declara la guerra, la OTAN busca el artículo 6 y Bruselas pide calma… mientras prepara el catering
por Alfredo Muñiz

Madrid amaneció un día con una noticia que dejó a Europa sin desayuno: España había declarado la guerra a Marruecos.

La razón oficial era contundente: después de años de tensiones, reclamaciones territoriales y crisis fronterizas, el Gobierno consideraba que aquello había dejado de ser diplomacia y empezaba a parecerse demasiado a un juego de dominó jugado por personas sin seguro.

—¡Se acabó! —habría proclamado el presidente—. ¡España defenderá su soberanía!

En Bruselas se hizo un silencio sepulcral.

No porque nadie dudara de la soberanía española, sino porque todos comenzaron a preguntarse quién iba a pagar la factura.

La OTAN descubre la letra pequeña

España llamó inmediatamente a la OTAN.

—Tenemos un problema con Marruecos.

—¿Dónde?

—En Ceuta y Melilla.

Silencio.

Se oyó pasar una mosca por Bruselas.

Un funcionario buscó rápidamente el Tratado de Washington, mientras otro hacía algo todavía más peligroso: buscar un abogado.

Porque el famoso artículo 5 de la OTAN establece la defensa colectiva, pero su artículo 6 delimita el territorio al que se aplica. Y ahí empieza la discusión jurídica sobre Ceuta y Melilla.

La diplomacia internacional, que normalmente habla francés para que nadie entienda nada, comenzó a hablar francés todavía más despacio.

Francia ofrece ayuda… para negociar

París fue de los primeros en reaccionar:

—España tiene nuestro apoyo.

Madrid respiró aliviado.

—¿Militar?

—No, hombre. Diplomático.

Y es que Francia, cuando oye la palabra “guerra” cerca del Mediterráneo, prefiere sacar primero el diccionario de diplomacia y después el extintor.

Portugal, por su parte, manifestó su “solidaridad absoluta con España”.

En Lisboa todos comprendieron inmediatamente que una guerra entre España y Marruecos no era precisamente el mejor momento para descubrir que Portugal tenía frontera con España.

Londres entra en escena

Desde Londres llegó una declaración solemne:

—El Reino Unido apoya la integridad territorial de España.

Madrid celebró la noticia durante exactamente nueve segundos.

Después alguien preguntó:

—¿Y Gibraltar?

Silencio diplomático.

Un funcionario británico respondió:

—Eso es otro asunto.

Y así quedó demostrado que la geopolítica consiste fundamentalmente en saber cuándo una cosa es un precedente y cuándo es “otro asunto”.

Washington: “Calma, muchachos”

Estados Unidos sería probablemente el invitado más incómodo de la fiesta.

España diría:

—¡Marruecos nos amenaza!

Marruecos respondería:

—¡España exagera!

Washington miraría a ambos y diría:

—¿Podemos hablar?

Y cuando Estados Unidos dice “podemos hablar”, todo el mundo sabe que todavía quedan muchas llamadas telefónicas antes de que alguien se acerque siquiera a un mapa.

Porque Marruecos es un socio estratégico de Washington.

Así que la Casa Blanca tendría que hacer el complicado ejercicio de apoyar a España sin romper con Marruecos.

Una especie de sudoku geopolítico con petróleo, bases militares y mucha letra pequeña.

Bruselas convoca una reunión extraordinaria

La Unión Europea convocaría una cumbre urgente.

Primera hora:

—Hay que apoyar a España.

Segunda hora:

—Hay que evitar la guerra.

Tercera hora:

—Hay que estudiar el asunto.

Cuarta hora:

—¿Tenemos algún documento?

Quinta hora:

—¿Quién ha pedido la comida?

Y para cuando llegara la cena, Marruecos y España ya habrían recibido catorce llamadas de Bruselas pidiéndoles “máxima contención”.

Sánchez, ante el mapa

Mientras tanto, en La Moncloa, el presidente contemplaría el mapa del Mediterráneo.

—¿Y ahora qué hacemos?

Un asesor respondería:

—Depende de quién nos apoye.

—¿Y quién nos apoya?

—Europa.

—¿Toda?

—Bueno…

—¿La OTAN?

—Depende.

—¿Estados Unidos?

—Depende.

—¿Francia?

—Depende.

—¿Portugal?

—Sí.

—¿Portugal seguro?

—Portugal sí.

Sánchez respiraría.

—Bueno, por lo menos no estamos solos.

Y desde Lisboa llegaría una aclaración:

Pero tampoco queremos guerra.

La verdadera batalla

La conclusión sería tan española como universal: si España declarase la guerra a Marruecos, el problema no sería solamente quién dispararía, sino quién conseguiría detener a los dos antes de que la diplomacia tuviera que recoger los pedazos.

Porque una cosa es defender la soberanía española —que no debería estar en discusión— y otra muy distinta convertir una crisis fronteriza en una guerra.

Y aquí Quevedo probablemente habría escrito:

España tiene enemigos suficientes para no necesitar inventarse otros.

Así que, antes de declarar la guerra, quizá convendría declarar algo mucho más revolucionario:

la diplomacia, la firmeza y el sentido común.

Que esos tres, en política, parecen bienes de lujo.

Y mientras Europa decide si España tiene razón, Marruecos si España exagera y la OTAN si el artículo 6 dice lo que dice…

Ceuta seguirá siendo española, Melilla seguirá siendo española y Bruselas seguirá celebrando reuniones para decidir cuándo vuelve a reunirse.

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