Ceuta, la culpa también llega en patera: todos contra todos y nadie al volante

Ceuta, la ciudad donde hasta la culpa llega en patera

por Alfredo Muñiz

Hay ciudades que reciben turistas, otras reciben cruceros y luego está Ceuta, que estos días recibe migrantes, ministros, reproches, ruedas de prensa y, sobre todo, culpas. Porque en política española la culpa es como el boomerang: se lanza al adversario con solemnidad y siempre acaba regresando al que la lanzó, aunque por el camino haya pasado por Moncloa, el Senado, el Constitucional y alguna tertulia televisiva.

La crisis migratoria de Ceuta ha entrado en una fase particularmente española: todos tienen una solución, pero antes necesitan demostrar que el problema lo ha creado otro.

El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, ha dado al Gobierno treinta días para actuar antes de acudir a los tribunales. Treinta días. En política eso equivale aproximadamente a tres legislaturas, cuatro comisiones de investigación y unas ciento veinte declaraciones de “estamos trabajando en ello”.

Moncloa, naturalmente, ha recibido el aviso con la serenidad propia de quien acaba de descubrir que, además de gobernar, puede tener que explicar lo que gobierna.

Y ahí ha comenzado la gran danza nacional de la responsabilidad.

—La culpa es del Gobierno —dice Ceuta.

—La culpa también es de Ceuta —responde el Gobierno.

—La culpa es de Sánchez —proclama Vox.

—La culpa es del PP —replica el PSOE.

—La culpa es de todos —dice probablemente algún ciudadano sensato, que será inmediatamente excluido de cualquier debate porque semejante moderación resulta sospechosa.

El problema es que mientras los partidos intercambian culpas como si fueran cromos, los migrantes siguen allí.

Moncloa prepara su defensa con una lógica impecable: demostrar que está haciendo cosas. Se anuncian dispositivos temporales, nuevas plazas, funcionarios, refuerzos, actuaciones de Interior, Defensa, Exteriores y hasta reuniones por videoconferencia.

Es decir, si llega el juez preguntando qué hizo el Gobierno, podrá aparecer un funcionario con una carpeta de tamaño bíblico y responder:

—Señoría, aquí están las actuaciones.

Y si el juez pregunta qué ocurrió con las personas que siguen hacinadas:

—Eso, señoría, es otra carpeta.

Porque nuestra burocracia tiene una virtud extraordinaria: siempre consigue producir documentos incluso cuando todavía no ha conseguido producir soluciones.

El Gobierno, además, ha descubierto una magnífica estrategia defensiva: repartir responsabilidades. Mónica García ha señalado a la Ciudad Autónoma por no haber habilitado con suficiente rapidez espacios seguros y salubres.

Y aquí aparece otra de las grandes maravillas de nuestra administración: cuando una emergencia dura demasiado, la emergencia deja de ser emergencia y se convierte en competencia.

Entonces comienza el juego:

—Eso corresponde al Estado.

—No, corresponde a la autonomía.

—Pues nosotros hemos enviado recursos.

—Pero no los suficientes.

—Ustedes no habilitaron espacios.

—Porque ustedes no nos dieron medios.

Y mientras tanto, el ciudadano observa semejante partido de tenis institucional esperando que alguien, por una vez, deje la raqueta y coja una pala.

Porque Ceuta no necesita un campeonato mundial de competencias administrativas. Necesita espacio, asistencia, seguridad, información, recursos y una política migratoria que no dependa del número de cámaras encendidas en cada rueda de prensa.

También resulta extraordinario el empeño de todos por demostrar que el otro exagera.

El Gobierno dice que el PP miente para obtener rédito político.

El PP acusa al Gobierno de pasividad.

Vox acusa a unos y exige sillones a otros.

Y en medio queda Vivas, convertido en una especie de alcalde de Numancia con teléfono móvil, mirando hacia Madrid y preguntándose si, además de gobernar Ceuta, tendrá que gobernar también la paciencia de sus ciudadanos.

Porque esa es quizá la parte más incómoda de la historia: Ceuta no es un plató de televisión ni una casilla del tablero electoral. Es una ciudad con población, servicios públicos, fronteras, colegios, hospitales y ciudadanos que llevan días viendo cómo su capacidad de acogida se acerca al límite.

Pero en Madrid todo parece adquirir una dimensión diferente.

Allí la crisis se convierte en estrategia.

La estrategia se convierte en comunicado.

El comunicado en rueda de prensa.

La rueda de prensa en titular.

Y el titular, finalmente, en munición para la siguiente rueda de prensa.

Quevedo, si levantara hoy la cabeza, probablemente no reconocería España, pero reconocería inmediatamente la política española: mucho ruido, mucha pluma y una formidable afición a encontrar culpables antes que soluciones.

La culpa, además, tiene una ventaja electoral extraordinaria: no necesita presupuesto, no requiere permisos y se puede repartir sin límite.

Lo difícil es repartir soluciones.

Porque poner 1.500 plazas nuevas puede aliviar una parte de la presión. Mandar funcionarios puede ayudar. Reforzar Interior, Defensa y Exteriores puede ser necesario. Negociar devoluciones y pedir ayuda europea puede resultar imprescindible.

Pero ninguna de esas medidas debería servir para tapar la pregunta fundamental:

¿Quién está al mando de la crisis y cuál es el plan completo para resolverla?

No basta con demostrar que se está haciendo algo. Hay que demostrar que ese algo funciona.

Y mientras los ministros cuentan plazas, Vivas cuenta días.

Treinta, para ser exactos.

Treinta días que pueden convertirse en treinta titulares, treinta reproches y treinta oportunidades para que unos acusen a otros.

O, milagrosamente, en treinta días para que alguien haga lo que los ciudadanos esperan de sus gobernantes:

dejar de jugar al fútbol con la culpa y empezar a jugar en equipo con la solución.

Porque a este paso, en Ceuta hasta la culpa va a necesitar alojamiento temporal.

Y viendo cómo está el asunto, habrá que habilitarle una plaza.

Aunque sea provisional.

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