Ceuta, la latita de atún y el Gobierno eclipsado
por Alfredo Muñiz
Hay veranos en los que España se divide entre los que buscan una sombrilla y los que buscan un Gobierno. En Ceuta, por lo visto, están buscando las dos cosas, aunque la primera parece bastante más fácil de encontrar.
La visita de Margarita Robles a la ciudad autónoma tenía todos los ingredientes de una película de suspense: una ministra de Defensa, una frontera bajo presión, militares con los nervios a flor de piel y una ciudadanía que ya no sabía si esperar refuerzos, explicaciones o directamente un camión de latas de atún.
Porque en política, como en los chiringuitos, cuando falta el plato principal siempre aparece una tapa para entretener al personal.
Y allí estaba la famosa latita de atún, convertida en símbolo nacional de una situación que, si no fuera dramática, tendría el argumento perfecto para una película de Berlanga: mientras unos preguntan quién defiende la frontera, otros preguntan quién ha pedido las vacaciones.
La ciudadanía ceutí, que no se caracteriza precisamente por tener pelos en la lengua, recibió a la ministra con una colección de improperios que ni el Diccionario de la Real Academia se atrevería a publicar sin consultar primero con el Ministerio de Cultura. A Robles le recordaron, con ese cariño tan mediterráneo que consiste en decirle a alguien exactamente lo que uno piensa a gritos, que los militares no están para convertirse en figurantes de una frontera desbordada.
La ministra, naturalmente, hizo lo que hacen los ministros cuando la realidad se pone incómoda: explicó, justificó, defendió la actuación del Gobierno y puso cara institucional.
La cara institucional es un recurso maravilloso. Sirve para todo. Para una crisis fronteriza, para una dimisión, para una rueda de prensa a las ocho de la mañana y hasta para anunciar que todo está bajo control cuando nadie sabe exactamente qué es lo que está controlado.
Pero Ceuta no parecía tener ganas de escuchar una clase magistral de administración pública.
Quería respuestas.
Porque una cosa es gestionar una emergencia y otra muy distinta es que la población tenga la sensación de que la emergencia se gestiona desde varios cientos de kilómetros de distancia, con aire acondicionado, asesores y una carpeta azul que lleva escrito “PRIORIDAD”.
Mientras tanto, el presidente del Gobierno disfruta de sus vacaciones. Y aquí aparece la segunda gran metáfora de este verano: el eclipse.
Porque mientras Ceuta mira hacia la frontera, el Gobierno mira hacia el cielo.
El presidente, de vacaciones en Lanzarote, ha tenido además la oportunidad de contemplar el fenómeno astronómico que ha mantenido a medio país con las gafas especiales puestas. Y uno no puede evitar pensar que pocas imágenes describen mejor la política española de estos días que un eclipse: durante unos minutos, algo enorme se coloca delante de otra cosa enorme y nadie sabe exactamente qué está viendo.
En Ceuta, sin embargo, el eclipse debe de resultar bastante menos poético.
Allí la cuestión no es si desaparece el sol, sino si desaparece la tranquilidad.
Los ceutíes quieren ir a la playa sin mirar de reojo la frontera, quieren que sus militares dispongan de medios suficientes y quieren tener la certeza de que el Estado no aparece únicamente cuando hay que hacerse una fotografía institucional.
Porque la soberanía, queridos gobernantes, no consiste solamente en poner una bandera en un edificio.
También consiste en que quienes viven junto a esa bandera sientan que detrás de ella hay un Estado dispuesto a protegerlos.
Y aquí llega el gran misterio del verano: ¿dónde estaba el Gobierno?
Probablemente no estaba perdido. Simplemente estaba de vacaciones.
España es un país extraordinario: si se incendia un bosque, aparecen helicópteros; si hay una inundación, aparecen ministros con botas; si hay una crisis política, aparecen asesores; si hay elecciones, aparecen encuestas; y si hay un eclipse, aparece medio Gobierno mirando al cielo.
Pero cuando una ciudad fronteriza siente que está sola, la pregunta es mucho más sencilla:
¿Quién mira hacia Ceuta?
La respuesta debería ser inmediata: Defensa, Interior, Moncloa, Europa, Marruecos, quien corresponda.
Todos.
Porque Ceuta no es un decorado africano de la geografía española. Es España. Y los militares que allí cumplen su misión no deberían convertirse en protagonistas accidentales de una tragicomedia gastronómica titulada La última lata de atún.
Ahora bien, conviene reconocer una cosa: una lata de atún puede alimentar a un soldado, pero no alimenta la confianza de una ciudad.
Para eso hacen falta seguridad, planificación, medios, presencia institucional y, sobre todo, la sensación de que quienes gobiernan han entendido que una frontera no es un asunto turístico.
Ni siquiera en agosto.
Así que mientras unos cuentan los minutos para que la sombra de la Luna cubra el Sol, en Ceuta cuentan otras cosas: los días de tensión, los efectivos disponibles, las decisiones pendientes y las explicaciones que todavía esperan.
Y entonces uno comprende que quizá el verdadero eclipse no sea astronómico.
El verdadero eclipse es cuando un Gobierno consigue que la realidad de una ciudad desaparezca de su campo de visión.
Eso sí que merece unas gafas especiales.
Y, puestos a pedir, una lata de atún.
Por si acaso.


