Que la Virgen nos pille confesados… y con una Carmen cerca

Crónica en verso a mis cuatro Cármenes versus el naufragio cotidiano del sentido común.

Al estilo de don Francisco de Quevedo

Hoy canta el cielo en Salinas,
repican mar y campanario;
hasta las olas, muy vecinas,
se ponen traje extraordinario.

Es el Carmen quien gobierna
las mareas y el timón;
la que al marinero encarna
con paciencia y corazón.

Virgen del Monte Carmelo,
escapulario y oración,
que baja del alto cielo
a escuchar nuestra canción.

Patrona del hombre austero
que desafía al temporal;
que sale pobre al pesquero
y vuelve rico en abrazar.

Porque el buen pescador conoce
que no todo es red y anzuelo;
hay besos que el mar no roce
ni tormenta alza hasta el cielo.

En Salinas la queremos
con un fervor singular;
la llevamos entre rezos
hasta besar nuestro mar.

Y en otros puertos navega
sobre las aguas azules,
como capitana ciega
solo al odio y sus baúles.

Mas hoy permitid, Señora,
que con licencia festiva,
mi pluma bromista aflora
sin perder la fe que aviva.

Guiad a mis cuatro Cármenes:
a mi madre, luz primera;
a mi hermana, compañera;
a mi abuela, sabia eterna;
y a mi bisabuela, estrella
que aún alumbra desde fuera.

Concededles el talento
que siempre las distinguió,
y un poquito más de aliento
para sufrirnos… ¡qué don!

Porque hay parientes, Señora,
que confunden la conciencia;
navegan siempre a deshora
y encallan en la imprudencia.

A ésos dadles un compás,
una brújula y un faro;
que el sentido común, además,
cotiza hoy bastante caro.

Que huyan de la vanidad,
del engaño y la codicia;
que no hay mayor tempestad
que vender la propia justicia.

Que entiendan, si aún están a tiempo,
que el honor no tiene precio;
quien cambia virtud por viento
acaba abrazando el desprecio.

Y si alguno se despista
persiguiendo oro o laureles,
recordadle con la vista
que el mar iguala papeles.

Que al final, bajo la espuma,
no preguntan por blasones;
solo pesa, en la balanza,
la verdad de los corazones.

Por eso alzo hoy mi copa,
con humor y con respeto,
por las Cármenes de mi estirpe,
tesoro firme y completo.

Y por todas las Carmenes
que en el mundo dan abrigo,
porque donde habita una Carmen
siempre encuentra puerto el hijo.

¡Feliz día, Cármenes queridas!

Que la Virgen Marinera
os regale larga vida;
que nunca falte en la mesa
ni pan, ni vino, ni risa.

Y si el mundo pierde el norte,
si arrecian viento y marea,
que haya siempre una Carmen
capaz de enderezar la vela. Alfredo Muñiz.

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