El Puente que cruzó la línea roja… porque el Rey se hizo una foto
por Alfredo Muñiz
Hay fotografías que cambian la Historia.
La de Einstein con la lengua fuera.
La de Armstrong en la Luna.
La de Churchill con el puro.
Y ahora, según el ministro Óscar Puente, la fotografía que puede poner patas arriba la arquitectura constitucional española: Felipe VI junto al periodista Javier Negre.
Uno contempla la imagen y espera encontrar detrás un tratado secreto, tres maletines con dinero, un mapa de España dibujado sobre una mesa y a un señor con gabardina diciendo: «Majestad, la República será el martes a las cinco».
Pero no.
Es una foto.
Una vulgar, sencilla, protocolaria fotografía de esas que se hacen en las investiduras, cumbres, recepciones y saraos diplomáticos, donde todo el mundo termina fotografiándose con todo el mundo, probablemente porque para eso están las cámaras.
Pero Puente ha visto algo que los demás mortales no alcanzamos a percibir.
¡Una línea roja!
Y cuando un político español pronuncia las palabras «línea roja», conviene ponerse el cinturón de seguridad, porque nunca se sabe si detrás viene una reforma constitucional, una crisis de Gobierno o simplemente otra rueda de prensa.
El ministro, además, ha reivindicado su «alma republicana».
¡Ah, el alma!
España siempre ha tenido grandes problemas con las almas. Unos tienen alma republicana, otros alma monárquica, algunos alma federal, otros alma confederal y hay políticos que, dependiendo de quién les vote, poseen un alma perfectamente convertible.
El asunto tiene su gracia.
Porque el pecado de Felipe VI no ha sido firmar un tratado con Javier Negre, ni nombrarlo ministro, ni concederle un título nobiliario.
Se hizo una fotografía.
Y aquí aparece la nueva doctrina constitucional del sanchismo fotográfico:
—¿Con quién está usted en la foto?
—Con un periodista.
—¿De qué ideología?
—De derechas.
—¡Entonces es una crisis institucional!
Si el Rey se hubiera fotografiado con un periodista de izquierdas, quizá estaríamos ante un ejemplo de pluralismo democrático, convivencia y tolerancia.
Pero como el periodista es de derechas, la cámara se convierte misteriosamente en una especie de arma de destrucción masiva.
Uno empieza entonces a preguntarse qué ocurriría si Felipe VI apareciese en una fotografía junto a alguien de Vox.
¿Habría que convocar al Tribunal Constitucional?
¿Intervendría la Comisión Europea?
¿Se reuniría el Consejo de Ministros de urgencia?
¿Tendría que comparecer Pedro Sánchez para explicar que la Corona ha cometido un selfie de lesa progresía?
La cosa podría llegar mucho más lejos.
Imaginen que el Rey se fotografía mañana con un señor que vota al PP.
¡Golpe de Estado fotográfico!
Y si aparece junto a alguien que ha votado a Vox:
¡Insurrección del objetivo!
Y si accidentalmente sale en una fotografía con alguien que no sabe a quién vota:
¡Máxima alerta democrática!
El problema de fondo no parece ser la fotografía.
El problema es que algunos parecen querer convertir la ideología del fotografiado en un detector de legitimidad institucional.
Y eso sí resulta bastante más inquietante.
Porque un Rey constitucional no debería tener que preguntar antes de saludar:
—Perdone, ¿usted de qué periódico es?
—De derechas.
—Lo siento mucho. El artículo 56 me permite ser Rey, pero no hacerme fotos con usted.
Sería una monarquía bastante peculiar.
Algo así como:
«La Casa Real: prohibido fotografiarse con personas de ideología no homologada».
Pero hay otra cuestión todavía más sabrosa.
Puente no se ha limitado a decir que la fotografía fue desafortunada. Ha utilizado una expresión extraordinariamente contundente: que aquello fue «intolerable» y que «no se repita».
Y aquí aparece el pequeño misterio político.
Porque cuando un ministro del Gobierno dedica semejante artillería verbal al jefe del Estado por una fotografía, uno puede preguntarse si estamos simplemente ante sectarismo político, ante una reacción personal desmesurada o ante algo más estratégico.
¿Es Puente quien habla?
¿Es el Gobierno?
¿Es el PSOE?
¿Es el sector republicano del PSOE?
¿O es simplemente Óscar Puente siendo Óscar Puente, que es una categoría política propia?
Conviene no confundir una sospecha con una prueba.
No hay evidencia, por esta fotografía, de que exista un plan secreto del Gobierno para liquidar la Monarquía parlamentaria y proclamar la República al amanecer.
Pero tampoco deja de resultar políticamente significativo que un ministro aproveche una fotografía protocolaria para reivindicar públicamente su republicanismo y convertirla en motivo de una severísima reprimenda al Rey.
Porque una cosa es decir:
«No me gusta esa fotografía».
Y otra muy distinta:
«El Rey ha cruzado una línea roja y esto no puede repetirse».
Entre ambas frases cabe todo un tratado de teoría constitucional.
Y aquí aparece el elefante en la habitación.
El Gobierno de Sánchez necesita convivir parlamentariamente con fuerzas que mantienen posiciones republicanas, independentistas o abiertamente contrarias a la arquitectura constitucional vigente.
Eso es una realidad política.
Pero de ahí a afirmar que la bronca de Puente forma parte de una estrategia diseñada para satisfacer a todos esos aliados hay un trecho que no podemos recorrer sin pruebas.
Lo que sí puede decirse es que el mensaje resulta perfectamente aprovechable por el universo republicano e independentista.
Porque hay pocas cosas que unan más a determinadas familias políticas que el rechazo a la Corona.
Es el gran pegamento ideológico.
Socialistas republicanos, independentistas catalanes, nacionalistas vascos, abertzales y demás criaturas del ecosistema parlamentario pueden discrepar en casi todo.
En financiación autonómica.
En competencias.
En lengua.
En soberanía.
En fiscalidad.
En la Constitución.
En la historia.
Pero basta pronunciar dos palabras:
«Felipe VI».
Y de repente parece que se encuentran todos en la misma mesa.
La fotografía con Negre, por tanto, podría ser simplemente una anécdota.
O podría convertirse en coartada política.
Y aquí está la diferencia.
Una coartada no necesita que el delito exista. Basta con que permita construir un relato.
Y el relato es magnífico:
«El Rey se ha fotografiado con un periodista de derechas».
Después:
«El Rey ha cruzado una línea roja».
Luego:
«Esto no puede repetirse».
Y finalmente, si la imaginación política se desboca:
«Hay que replantearse el modelo de Estado».
Todo ello partiendo de una fotografía.
Es decir, la República podría llegar algún día a España por la puerta grande o por la puerta trasera, pero de momento ha encontrado una entrada bastante más modesta: el carrete de una cámara.
Lo extraordinario es que la misma España que pide convivencia, tolerancia, pluralismo y respeto a la diversidad ideológica pueda escandalizarse porque el Rey aparezca en una imagen junto a alguien que piensa diferente.
Quizá deberíamos recuperar una antigua costumbre democrática:
hablar con quien no piensa como nosotros.
Incluso fotografiarse.
Y hasta sonreír.
Lo sé: esto último puede resultar revolucionario.
Tal vez por eso Puente se ha alarmado.
Porque en la nueva España de trincheras, una fotografía ya no es una fotografía.
Es un manifiesto.
Un saludo es una declaración de intenciones.
Un apretón de manos, una alianza.
Una sonrisa, una conspiración.
Y una foto del Rey con un periodista de derechas…
¡La Armada Invencible del papel couché!
Por eso, visto lo visto, propongo que la próxima cumbre internacional se celebre sin fotógrafos.
Felipe VI podrá saludar a quien quiera, pero a condición de que nadie saque el móvil.
Porque como aparezca otra fotografía comprometedora, el ministro Puente podría descubrir que la verdadera línea roja no estaba en la Constitución, sino en Instagram.
Y ya puestos, que alguien avise al Rey:
Majestad, cuidado con las cámaras. En España hay fotografías que duran menos de un segundo y polémicas que duran toda una legislatura.

