Villa Jamonera y el Cartel del Jabugo

Pelayo llegó finalmente a una conclusión que en Villa Jamonera parecía revolucionaria: si no podía cambiar a su primo, cambiaría de empresa.

Por Alfredo Muñiz

“Cuando tu primo quiera vender sus acciones, piensa bien antes de decir que no. Puede que el siguiente socio no tenga sentido del humor.”

Después de años soportando reuniones interminables, dividendos microscópicos y explicaciones financieras que parecían redactadas por un poeta con resaca, decidió vender su participación.

No quería guerras familiares. Solo quería salir.

Y, como todavía conservaba la peligrosa costumbre de hacer las cosas correctamente, decidió ofrecer primero sus acciones a Kevin Javier.

—Kevin, quiero venderte mi participación.

Kevin levantó lentamente la mirada del teléfono.

—¿Venderme?

—Sí.

—¿A mí?

—Eres mi socio.

Kevin pareció sinceramente ofendido.

—Pelayo, no confundamos una empresa familiar con un mercadillo.

—Precisamente por eso quiero darte preferencia.

—Pues no me interesa.

Pelayo respiró hondo.

—Podemos hacer una valoración independiente.

—No hace falta.

—Puedo darte facilidades.

—No tengo liquidez.

Pelayo señaló discretamente la factura de un restaurante que sobresalía de una carpeta.

—Veo que para la lubina sí.

Kevin cerró la carpeta.

—La gastronomía es una inversión.

Aquella era una de las grandes especialidades de Kevin Javier: convertir cualquier gasto personal en una operación estratégica.

La chaqueta de lino era imagen corporativa.

El crucero, investigación internacional.

El restaurante frente al mar, relaciones institucionales.

Y el gimnasio del hotel, desarrollo de liderazgo.

Si algún día se compraba un Ferrari, probablemente lo presentaría como un vehículo de transporte para reuniones urgentes.

El requerimiento notarial

Pelayo, agotada ya la diplomacia familiar, hizo lo que hacen las personas cuando descubren que hablar no sirve:

acudió al notario.

Redactó un requerimiento para solicitar la convocatoria de una Junta General de Accionistas y plantear formalmente su salida.

Ofrecía valoración independiente, condiciones razonables y todas las facilidades para que la familia pudiera adquirir su participación.

Quería marcharse por la puerta y sin dar un portazo.

Kevin recibió el documento.

Lo abrió.

Lo leyó.

Y lo dejó a un lado.

—¿No vas a contestar? —preguntó su secretaria.

—Ya contestaré.

—¿Cuándo?

—Cuando tenga algo importante que decir.

—¿Y ahora?

Kevin volvió al teléfono.

—Ahora estoy gestionando.

Nadie supo exactamente qué.

Pero todos sospecharon que estaba gestionando una reserva para cenar.

La teoría Kevinista

Kevin tenía una filosofía empresarial muy particular.

Consideraba que los problemas no desaparecían por resolverlos, sino por esperar a que dejaran de ser problemas.

Había aplicado el sistema con proveedores, empleados, bancos, impuestos y, durante años, con Pelayo.

Y casi siempre había funcionado.

O, al menos, había conseguido que el problema acabara llamando a otra puerta.

Con Pelayo, sin embargo, cometió un pequeño error de cálculo:

Pelayo tenía paciencia, pero no era el Santo Job.

Como Kevin no quiso comprar, negociar ni facilitar su salida, Pelayo obtuvo vía libre para buscar un tercero.

Cuando Kevin se enteró, se mostró indignado.

—¿Cómo que un tercero?

—Has rechazado comprar.

—Eso no significa que puedas vender.

—Precisamente significa eso.

Kevin se quedó pensando.

Era una situación nueva para él: alguien había tomado en serio una decisión que él consideraba una amenaza retórica.

—¿Y quién va a comprar?

—Ya aparecerá.

Kevin sonrió con suficiencia.

—Nadie pagará lo que tú crees.

Pelayo no respondió.

Lo malo de hacer predicciones con tanta seguridad es que luego puede aparecer alguien dispuesto a dejarte en ridículo.

Y apareció.

Entra el Cartel del Jabugo

Los compradores llegaron poco después.

Tres hombres impecablemente vestidos, extraordinariamente educados y con unos relojes cuyo precio parecía contener varios ceros más de los necesarios.

Se presentaron como inversores internacionales.

—Estamos interesados en empresas familiares —dijo el más alto.

—¿Experiencia en el sector porcino? —preguntó Pelayo.

El hombre sonrió.

—Tenemos experiencia en diversificación patrimonial.

Pelayo no entendió demasiado.

Pero entendió perfectamente la oferta.

Era el doble de la valoración.

—¿El doble?

—El doble.

Pelayo miró el documento.

Volvió a mirar a los hombres.

Y pensó que quizá el mundo de las inversiones era mucho más generoso de lo que había imaginado.

Lo que no sabía era que aquellos caballeros pertenecían a una organización criminal conocida como el Cartel del Jabugo, interesada en adquirir negocios aparentemente respetables para introducir capital de origen ilícito.

No buscaban jamones.

Buscaban una empresa con actividad, patrimonio y una historia suficientemente aburrida como para no despertar demasiadas preguntas.

Villa Jamonera era perfecta.

Especialmente porque tenía a Kevin Javier.

Un hombre capaz de explicar durante cuarenta minutos por qué una factura de champán era una herramienta de productividad.

El gran negocio de Pelayo

Pelayo cerró la operación conforme a los trámites correspondientes y salió de la empresa con su dinero.

Kevin recibió la noticia.

—¿Quién ha comprado?

—Un grupo inversor.

—¿Quiénes?

—Los nuevos socios.

—Eso ya lo sé. ¿Quiénes son?

Pelayo le dio los nombres.

Kevin los buscó en internet.

No encontró gran cosa.

Eso le tranquilizó.

—¿Ves? —dijo—. Gente seria.

Pelayo lo miró.

—¿En qué te basas?

Kevin señaló la pantalla.

—No sale nada.

—Eso no demuestra que sean serios.

—Precisamente. Los serios no salen.

Era difícil saber si Kevin estaba bromeando.

Probablemente no.

Cuando descubrió cuánto habían pagado, su indignación alcanzó una dimensión casi artística.

—¡Han pagado el doble!

—Sí.

—¡Por una participación que yo no quería!

—Correcto.

—¡Entonces han hecho una mala inversión!

Pelayo sonrió.

—Puede ser.

Kevin se quedó pensativo.

—Aunque, bien mirado, quizá el problema sea que tú has vendido demasiado barato.

Pelayo lo miró fijamente.

—Kevin.

—¿Qué?

—Acabas de pasar de decir que nadie compraría a decir que he vendido barato.

Kevin hizo una pausa.

—La gestión exige flexibilidad de criterio.

Los nuevos socios

En la siguiente reunión, los compradores fueron extremadamente educados.

Escucharon la presentación de Kevin sobre la situación de la empresa, sus planes estratégicos y sus perspectivas.

Kevin había preparado una exposición de cincuenta diapositivas.

La primera decía:

“VILLA JAMONERA: UNA VISIÓN DE FUTURO”.

La segunda:

“SINERGIAS”.

La tercera:

“CRECIMIENTO”.

La cuarta:

“OPORTUNIDADES”.

La quinta contenía una fotografía de Kevin mirando al horizonte.

—Esta imagen —explicó— representa nuestra capacidad de anticiparnos al mercado.

Uno de los nuevos socios la observó unos segundos.

—¿Qué mercado?

Kevin no dudó.

—El mercado.

Y continuó.

Al terminar, uno de los compradores preguntó tranquilamente:

—¿Podemos revisar las cuentas?

Kevin sonrió.

—Por supuesto.

Pidieron los contratos.

Luego los movimientos financieros.

Después, documentación de ejercicios anteriores.

La sonrisa de Kevin fue perdiendo anchura.

Aquello ya no parecía una junta.

Parecía una auditoría con pistolas invisibles.

Kevin descubre la humildad

Por primera vez, alguien estaba examinando las cuentas con la misma intensidad que Pelayo había utilizado años atrás.

Pero había una diferencia.

Pelayo preguntaba porque quería entender.

Los nuevos socios preguntaban porque querían saber exactamente dónde estaban metidos.

Kevin empezó a sudar.

—Hay algunas partidas que requieren contexto.

—Naturalmente.

—Son gastos estratégicos.

—¿La factura del restaurante?

—Relaciones institucionales.

—¿El hotel?

—Reuniones.

—¿El crucero?

Kevin hizo una pausa.

—Prospección internacional.

Uno de los hombres levantó una ceja.

—¿De qué?

Kevin miró sus papeles.

—Del sector.

Nadie preguntó cuál.

Kevin decidió que aquella era una victoria.

La llamada de Pelayo

Pelayo, mientras tanto, disfrutaba de su nueva vida lejos de Villa Jamonera.

Había conseguido exactamente lo que quería: vender y marcharse.

Hasta que recibió una llamada.

—Pelayo, ¿sabes quiénes son realmente los compradores?

—No del todo.

—Digamos que tienen una interpretación bastante creativa de la palabra “inversión”.

Pelayo miró el contrato.

Después su cuenta bancaria.

—Yo solo quería vender.

—Ya.

—¿He hecho algo mal?

—No necesariamente.

Pelayo suspiró.

—Entonces espero que Kevin estés contento.

Al otro lado hubo silencio.

—¿Por qué?

—Porque ahora tienes los socios que siempre quisiste.

La moraleja de Kevinino

Kevin Javier tardó unos meses en comprender la magnitud de su error.

Durante años había confundido tener el control con conseguir que los demás hicieran lo que él quería.

No quiso comprar a Pelayo.

No quiso facilitarle la salida.

No quiso negociar.

Y terminó consiguiendo exactamente lo contrario de lo que pretendía.

Pelayo salió con una cantidad de dinero extraordinaria.

Y Kevin se quedó dentro con unos socios nuevos que no entendían de sentimentalismos familiares, que no tenían ninguna obligación de soportar sus discursos y que, además, tenían una costumbre bastante incómoda:

querían saber dónde estaba el dinero.

Kevin empezó a echar de menos a Pelayo.

No porque lo quisiera más.

Sino porque, comparado con aquellos nuevos accionistas, su primo era prácticamente una institución de beneficencia.

Y así entró Villa Jamonera en su época más delicada.

Pelayo había salido.

Kevin seguía dentro.

Y el Cartel del Jabugo acababa de sentarse en el consejo.

Desde entonces circuló por la empresa una nueva máxima:

“Cuando tu primo quiera vender sus acciones, piensa bien antes de decir que no. Puede que el siguiente socio no tenga sentido del humor.”

Kevin aprendió la lección.

Eso sí, tarde.

Como casi todas las suyas.

Porque Pelayo solo quería vender una participación.

Kevin quería conservar el control.

Y al final consiguió algo mucho más sofisticado:

venderle indirectamente el mando de la empresa a gente a la que jamás habría invitado a comer a su casa.

Y, por primera vez, la chaqueta de lino dejó de parecerle elegante.

Le pareció una mala inversión.

Continuará.

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