“Cuando la política se calienta, la inteligencia toma nota”
por Alfredo Muñiz
Si uno lee el capítulo 15 de Las saunas. La filmoteca secreta en poder de Pedro Sánchez, de José Manuel Villarejo y Joaquín Abad, descubre que la geopolítica española tiene, además de fronteras, embajadas y servicios secretos, una zona particularmente resbaladiza: los llamados “asuntos húmedos”.
El nombre ya parece sacado de una novela de espías escrita después de dos copas y con el aire acondicionado estropeado.
Según los autores, los servicios de inteligencia de distintas potencias conocen desde antiguo el valor estratégico de ciertas debilidades humanas. Porque donde no entra un diplomático, puede entrar un secreto; y donde no entra el secreto, siempre queda la tentación de grabarlo.
El libro pone el foco en los servicios marroquíes, especialmente en la DGED, a la que atribuye una intensa actividad de espionaje en España. La tesis resulta inquietante: mientras España presume de tener servicios de inteligencia, Marruecos —según el relato de los autores— habría aprendido que algunas operaciones no necesitan tanques, sino información.
Y aquí aparece la sauna, ese templo donde aparentemente el vapor no siempre procede de la ducha.
El capítulo relaciona este universo de espionaje con la época en que la familia de Begoña Gómez estuvo vinculada a establecimientos de ese tipo en Madrid, y plantea insinuaciones sobre posibles conexiones con Marruecos y Pedro Sánchez. Pero una insinuación literaria no equivale a una prueba, y ahí conviene poner una raya, aunque sea de tiza, para que la sátira no termine haciendo de notario.
Porque de ser cierto todo lo que cuenta el libro, España habría inventado una nueva doctrina de seguridad nacional: la geopolítica del albornoz.
Mientras unos países despliegan satélites, otros despliegan agentes; y aquí, según esta historia, bastaría con encontrar el lugar adecuado, esperar a que suba el vapor y confiar en que alguien diga más de la cuenta.
Quevedo, probablemente, habría disfrutado muchísimo.
Porque pocas cosas retratan mejor las miserias del poder que descubrir que, detrás de las grandes palabras —soberanía, diplomacia, inteligencia, intereses estratégicos— puede haber simplemente un cuarto con vapor, demasiados secretos y algún personaje creyéndose invulnerable.
Y así llegamos al verdadero problema: no si las saunas fueron o no una estación secreta del espionaje marroquí —eso requiere pruebas—, sino por qué en España cualquier escándalo político acaba pareciendo el argumento de una película que ni siquiera Villarejo se atrevería a producir sin pedir antes el guion.
En esta tragicomedia hispano-marroquí solo falta el cartel de la película:
“Marruecos: asuntos húmedos”.


