La madre iracunda y la tía fiscal
por Alfredo Muñiz
Hay una madre iracunda
que convierte en tribunal
el salón de su casa
y en delito lo trivial.
Si el hijo llega cinco minutos tarde,
¡sumario! Si deja un vaso,
¡prueba del crimen! Y si no llama,
ya se dicta el veredicto al paso.
Y aparece la tía fiscal,
con carpeta y ceño adusto:
—¡Esto en mis tiempos no pasaba!
—¡Pues vaya educación! —dice con gusto.
Una persigue calcetines,
la otra busca culpables;
entre ambas podrían juzgar
hasta los sueños de los martes.
¡Oh, madres de gran amor,
tías de justicia infinita!
Guardad el látigo un rato
y disfrutad de la visita.
Que la vida no es un sumario,
ni el hogar, la Audiencia Nacional:
dejad vivir, reíd un poco
y disfrutad de lo esencial.
Que al final, por mucho juicio,
por mucho enfado y sermón,
lo único que queda en casa
es cariño… y algún colchón.
Así que, madre iracunda,
tía fiscal de guardia:
¡menos sentencia y más risas,
que la vida no tiene instancia!

