De Covadonga a Formentera: la reconquista del titular
por Alfredo Muñiz
España ha entrado en una nueva edad histórica: la del turismo de patera, modalidad que no aparece todavía en las guías de Lonely Planet, quizá porque sus viajeros llegan sin reserva, sin pulsera de todo incluido y con la Administración haciendo de recepcionista.
La última escena se sitúa en la playa de San José, Almería, donde una patera ha decidido convertir el Mediterráneo en puerta de entrada. Mientras tanto, Formentera contempla el horizonte con esa mezcla tan española de serenidad y sobresalto: unos miran si llega el barco de Ibiza y otros si aparece una patera.
Y así, entre sombrillas, chiringuitos y comunicados oficiales, España descubre que tiene un problema migratorio que lleva años administrándose con la técnica nacional por excelencia: poner una tirita al parte meteorológico.
Canarias tampoco parece dispuesta a quedarse fuera del campeonato. Llegan embarcaciones, se habilitan recursos de acogida y, cuando baja la temporada turística, aparecen plazas hoteleras para alojar a quienes necesitan protección y atención. ¡Qué país! Al turista le vendemos el paquete “sol, playa y desayuno”; al Gobierno, cuando se descuida, le sale el paquete “patera, hotel y factura pública”.
Y en Ceuta y Melilla la frontera sigue siendo ese lugar mágico donde la geografía termina y comienza el debate político. Allí cada Gobierno descubre una frontera distinta según quién gobierne y cada oposición descubre una invasión distinta según quién ocupe la Moncloa.
Mientras tanto, en Alicante, Murcia, Andalucía y media España, la realidad urbana cambia como han cambiado siempre las ciudades: con inmigración, barrios nuevos, negocios nuevos, lenguas nuevas y también problemas de convivencia cuando las administraciones no hacen bien su trabajo.
Pero aquí aparece el ingenio patrio, siempre dispuesto a convertir cualquier transformación demográfica en una película de romanos: “La Reconquista II: ahora vuelve Pelayo”.
Porque basta mencionar Covadonga para que algún patriota de sobremesa se levante de la silla, invoque a Don Pelayo y proclame solemnemente:
—¡Asturias es España y lo demás, tierra conquistada!
Calma, caballeros. Que aquello ocurrió hace unos cuantos siglos y no consta que Pelayo esté preparando una rueda de prensa para anunciar su candidatura a presidente del Gobierno.
Eso sí: si Don Pelayo levantara hoy la cabeza, probablemente no entendería nada. Vería drones, radares, móviles, pateras, redes sociales, ministros, tertulianos y ruedas de prensa. Preguntaría:
—¿Y dónde está el enemigo?
Y alguien le contestaría:
—Depende de la encuesta, majestad.
Porque ese es el verdadero sainete: unos convierten cada llegada en una invasión y otros convierten cada problema en una estadística. Unos agitan la bandera y otros agitan el BOE. Y entre ambos, el ciudadano contempla el Mediterráneo preguntándose quién demonios se ocupa de organizar la frontera, la acogida y la integración.
La inmigración necesita fronteras eficaces, recursos suficientes, leyes claras y una política seria. Lo que no necesita es que la conviertan en una batalla medieval con bandas sonoras de película.
Que bastante tenemos ya con que en España cada problema contemporáneo termine disputándose como si estuviéramos todavía en Covadonga.
Pelayo ganó aquella batalla. Pero hoy la verdadera reconquista pendiente sería mucho más prosaica: reconquistar el sentido común.
Y, de paso, conseguir que alguien explique quién paga la cuenta, quién organiza la acogida y quién piensa ocuparse de que las fronteras funcionen.
Porque de lo contrario acabaremos poniendo un cartel en Formentera:
“Bienvenidos a España. Para entrar, consulte primero si hay Gobierno.”

