Rufián y el misterio del culpable con mil cabezas
por Alfredo Muñiz
Hay días en que uno escucha a Gabriel Rufián y comprende que la política española ya no necesita oposición: se basta ella sola para organizarse una emboscada.
Hoy Rufián ha subido a la tribuna del Congreso con una teoría que, bien administrada, podría servir para escribir una novela de espías, otra de aventuras y, si sobra imaginación, un episodio de Cuarto Milenio.
Según el portavoz de ERC, Marruecos habría enviado a decenas de miles de personas hacia Ceuta para «cargarse» al Gobierno de Sánchez, contando para la empresa con una compañía internacional de lo más variopinta: Washington, Tel Aviv, la derecha, la ultraderecha y hasta policías y jueces españoles.
Vamos, que aquello no era una crisis migratoria.
Era una reunión de la ONU, pero sin secretario general y con mucha gente cruzando la frontera.
Y aquí comienza el prodigio de Rufián: mientras denuncia una conspiración internacional para derribar a Sánchez, llama al Gobierno «pusilánime», acusa al presidente de entregar su dignidad y sostiene que su respuesta a Marruecos resulta insostenible. (EFE Noticias)
Uno se pregunta:
Si Sánchez es tan pusilánime, ¿cómo demonios necesita medio planeta para derribarlo?
Porque hay una contradicción que hasta Quevedo habría disfrutado con pluma afilada:
—Marruecos quiere tumbar a Sánchez.
—La derecha ayuda a Marruecos.
—Trump y Netanyahu están detrás.
—La Policía y los jueces lo sabían.
—Pero Sánchez es pusilánime.
—Y, sin embargo, nadie consigue tumbarlo.
¡Caramba con el pusilánime!
Resulta que el presidente es al mismo tiempo víctima, responsable, ingenuo, cómplice, resistente, cobarde y protagonista de una conspiración internacional.
A este paso, Sánchez no va a necesitar gabinete de crisis.
Va a necesitar un organigrama para saber quién es él mismo.
Y mientras Rufián reparte culpas como quien reparte cartas en una partida de mus, hay un detalle que convendría no perder de vista: Sánchez sostiene que no existen pruebas sólidas de que Marruecos diseñara o ejecutara la entrada masiva, aunque reconoce que la situación exige investigación y ha anunciado la publicación de informes. (EFE Noticias)
Al mismo tiempo, informes policiales conocidos públicamente apuntan a una actuación marroquí cuando menos extraordinariamente permisiva, e incluso describen posibles actuaciones de facilitación, aunque eso no equivale por sí solo a demostrar que el Gobierno marroquí ordenara la operación. (Le Monde.fr)
Y ahí está precisamente el problema.
Una cosa es lo que sabemos. Otra lo que sospechamos. Y otra lo que nos gustaría que fuese verdad para que encaje el discurso.
Rufián parece tenerlo todo resuelto: Marruecos, Trump, Israel, la derecha, la ultraderecha, policías, jueces… Solo falta descubrir quién puso las sombrillas.
Pero hay una frase suya que sí merece ser rescatada del incendio verbal: la gente quiere soluciones.
¡Milagro!
Después de recorrer medio mapa mundial buscando culpables, Rufián aterriza finalmente en la Tierra y descubre que quizá lo importante sea resolver el problema.
Pues empecemos por ahí.
Porque Ceuta no necesita una partida de Cluedo parlamentario en la que el asesino siempre termina siendo la derecha, Trump, Israel o Marruecos.
Necesita saber qué ocurrió.
Quién sabía qué.
Qué avisos existieron.
Qué hizo cada Gobierno.
Qué falló.
Y, sobre todo, qué piensa hacer España para que no vuelva a suceder.
Eso sí sería política.
Lo otro es convertir el Congreso en una tómbola de culpables:
«¡Señora, señor, hoy tenemos Trump! ¡Marruecos! ¡La derecha! ¡Israel! ¡Los jueces! ¡La Policía! ¡Y de regalo, un Sánchez pusilánime!»
Y mientras tanto, en Ceuta, la realidad sigue esperando.
La realidad tiene esa desagradable costumbre de no votar en las encuestas, no entrar en tertulias y no obedecer consignas.
La realidad simplemente está allí.
Y por eso resulta tan incómoda.
Porque quizá el verdadero misterio de Rufián no sea descubrir quién está detrás de todo.
El verdadero misterio es cómo puede denunciar una conspiración contra Sánchez mientras describe al propio Sánchez como el hombre más pusilánime de la conspiración.
Eso, señor Rufián, no es darle la vuelta a la tortilla.
Eso es freírla por las dos caras y después acusar a la sartén.

