De Maquiavelo a Mortadelo: los Misterios del Plan Sánchez para Ceuta

El gran plan de Sánchez: Ceuta, el caos y la Constitución con patas de palo

por Alfredo Muñiz

Hay en España una nueva escuela de pensamiento político que empieza por una pregunta sencilla y termina generalmente en una película de espías: ¿y si Pedro Sánchez no estuviera haciendo nada porque lo tiene todo calculado?

La teoría es deliciosa.

Según algunos analistas de imaginación exuberante, el presidente contemplaría Ceuta como quien contempla un tablero de ajedrez, salvo que en este tablero las piezas tienen chaleco antibalas, pancartas, móviles y una preocupante tendencia a arrojar cosas.

Primero —dicen los conspiradores— se deja que el problema engorde.

Después llega el descontento.

Luego las manifestaciones.

Más tarde aparecen los radicales de turno, que siempre tienen la admirable puntualidad de los malos de película: llegan cuando más falta hacen para que todo arda, aunque sea metafóricamente.

Y finalmente, cuando la calle se convierte en una sucursal del Apocalipsis, aparece el estadista con mirada grave:

—Ciudadanos, ante la gravedad de los acontecimientos, no me queda más remedio que tomar medidas extraordinarias.

Y alguno, desde el fondo del Consejo de Ministros, pregunta:

—¿Extraordinarias cuánto?

—Lo suficiente para que no haya elecciones mientras yo esté preocupado.

El problema es que la Constitución, que es una señora bastante antipática cuando uno pretende hacer trucos de magia con ella, tiene la costumbre de leer la letra pequeña.

Porque resulta que declarar el estado de excepción no es como cambiar el canal de televisión. El Gobierno necesita autorización previa del Congreso; la duración máxima es de treinta días y la prórroga solo puede ser de otros treinta y con los mismos requisitos. Además, durante esos estados no puede disolverse el Congreso y los poderes constitucionales siguen funcionando. (BOE⁠)

Es decir: no existe el famoso botón rojo de «APLAZAR ELECCIONES HASTA QUE ME SALGAN LAS ENCUESTAS».

Qué decepción para los amantes del maquiavelismo.

Y aquí aparece la verdadera cuestión: ¿estamos ante una estrategia de fría ingeniería política o ante una monumental colección de errores, contradicciones y retrasos?

Porque, hasta donde sabemos, los hechos conocidos permiten sostener que la respuesta gubernamental a la crisis de Ceuta ha sido objeto de durísimas críticas. Incluso desde el propio Gobierno se ha reconocido que la reacción fue tardía e insuficiente, mientras que las contradicciones sobre la información previa a la entrada masiva han alimentado todavía más la polémica.

Y eso cambia bastante el argumento.

Porque para que exista un plan maquiavélico hace falta, por lo menos, que exista un maquiavelo.

Lo contrario sería suponer que el Gobierno ha diseñado durante semanas una operación de altísima complejidad para conseguir exactamente el mismo resultado que habría obtenido simplemente no sabiendo qué hacer.

Y eso ya no sería estrategia.

Sería una forma de incompetencia tan sofisticada que merecería ser estudiada en Harvard.

Mientras tanto, Ceuta sigue viviendo momentos de enorme tensión. Se han producido protestas, enfrentamientos y agresiones, y la Policía ha tenido que intervenir para impedir que determinados episodios desembocaran en enfrentamientos mayores.

El Gobierno, entretanto, ha declarado la situación de interés para la Seguridad Nacional. Pero tampoco conviene confundir el tocino constitucional con la velocidad jurídica: esa figura permite coordinar recursos y actuaciones del Estado ante una crisis grave, pero no convierte al presidente en César, Napoleón ni en dueño del calendario electoral. La Constitución, por fortuna, tiene más cerrojos que la caja fuerte de un avaro y bastante menos sentido del humor que un ministro en rueda de prensa.

De modo que el famoso plan podría resumirse, si hacemos caso a los conspiradores, de la siguiente manera:

Fase uno: dejar que el problema crezca.

Fase dos: esperar a que la calle se caliente.

Fase tres: aguardar a que aparezcan los radicales.

Fase cuatro: declarar que la situación es extraordinaria.

Fase cinco: ponerse serio delante de las cámaras.

Y fase seis: descubrir que la Constitución no estaba invitada a la fiesta, pero ha venido y trae abogado.

Porque aquí reside la paradoja: para que el supuesto plan funcione, tendría que salir todo exactamente como alguien hubiera previsto. Pero la política española tiene una peculiaridad: con frecuencia consigue que salga mal incluso aquello que nadie había planeado.

Y eso es lo verdaderamente inquietante.

Quizá Sánchez sea un estratega frío, calculador y maquiavélico que mueve las piezas de Ceuta con diez jugadas de ventaja.

O quizá sea simplemente un Gobierno intentando apagar un incendio mientras discute quién olvidó comprar el extintor.

Entre ambas posibilidades existe una diferencia considerable.

La primera sería una conspiración.

La segunda, una chapuza.

Y la tercera —que es la que más miedo da— sería que nadie sepa realmente cuál de las dos estamos contemplando.

Mientras tanto, en las redes sociales ya hay quien imagina al presidente delante de un gigantesco mapa de España, rodeado de asesores, con una copa de agua mineral en la mano y una sonrisa de tahúr:

—Tranquilos. Todo estaba previsto.

—¿También lo de Ceuta?

—Todo.

—¿Y las protestas?

—También.

—¿Y los radicales?

—Naturalmente.

—¿Y los problemas con la Policía?

—Por supuesto.

—¿Y la reacción internacional?

Silencio.

—Bueno… eso lo estamos estudiando.

Y en ese preciso instante aparece un funcionario con un ejemplar de la Constitución bajo el brazo.

—Presidente, hay un pequeño inconveniente.

—¿Cuál?

—Que la Constitución no contempla el artículo «Sánchez se queda hasta que mejore la encuesta».

Se hace un silencio sepulcral.

Alguien pregunta si existe alguna disposición adicional.

El funcionario responde:

—No.

—¿Una transitoria?

—Tampoco.

—¿Un decreto?

—Menos todavía.

Y entonces el presidente mira al techo, respira profundamente y pronuncia la frase que resume buena parte de nuestra política contemporánea:

—Pues habrá que convocar una comisión para estudiar por qué no podemos hacer lo que acabamos de imaginar.

Quevedo, desde el otro lado de los siglos, probablemente levantaría una ceja.

Después miraría a España.

Luego a Ceuta.

Y finalmente a Moncloa.

Y escribiría en su cuaderno:

«En este reino, cuando la incompetencia parece demasiado grande para ser accidental, el pueblo sospecha que debe de ser estrategia. Y cuando descubre que quizá no lo sea, empieza a sospechar que la estrategia consiste precisamente en parecer incompetente.»

Y cerraría el libro.

Porque hasta el propio Quevedo tendría un límite.

Y para entender la política española de 2026, quizá ni siquiera Quevedo necesitaría pluma: le bastaría con pedir el acta de la reunión.

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