Cómo convertir la empresa de papá en el cajero automático de mamá

Mucho coche, mucha gasolina y poco dividendo.
Crónica de un cortijo familiar: el administrador que quería ser dueño, juez y víctima

por Alfredo Muñiz

Si Quevedo resucitara…

Si don Francisco de Quevedo resucitara en estos tiempos, no necesitaría mucho para volver a afilar la pluma. Bastaría con sentarlo en el consejo de administración de ciertas empresas familiares y entregarle las cuentas anuales.

No pediría café.

Pediría directamente la partida de defunción de la transparencia.

Porque hay empresas familiares en las que la palabra familia sirve para todo: para pedir favores, ocupar inmuebles, utilizar marcas, cargar viajes, recibir regalos, repartir silencios y, sobre todo, recordar que la confianza es una virtud maravillosa… siempre que nadie cometa la grosería de pedir una factura.

Quevedo miraría al administrador y preguntaría:

—¿Y los dividendos?

—No hay.

—¿Y los alquileres?

—Tampoco.

—¿Y las cuentas?

—Están perfectamente claras.

—¿Para quién?

Silencio administrativo.

Y ahí comenzaría la comedia.

Porque nuestro protagonista —llamémosle el señor del cortijo, que la literatura permite ciertas licencias— habría descubierto el maravilloso negocio de ser administrador, socio mayoritario, usuario de los bienes familiares y, cuando alguien pregunta demasiado, también víctima de una terrible persecución.

Un prodigio de la naturaleza societaria.

Dueño sin ser dueño, propietario de lo ajeno, juez de sus propios actos y víctima de sus propias decisiones.

El cortijo de los bienes gratis

Primero está la marca.

Se utiliza.

Pero pagar por utilizarla ya es otra cosa.

Después llegan los inmuebles familiares.

Uno para oficinas.

Otro para vivienda.

Otro para lo que convenga.

Contrato de alquiler: ninguno.

Renta: menos todavía.

Dobles vacaciones: al Caribe con todo incluido a cargo de la empresa y a Marbella a cargo de San Dividendín o financiado por las jugosas dietas del Consejo de Administración por acudir como objetivo decorativo-estilo jarrón chino- o no asistir para no estresarse, lo relevante es firmar para cobrar …

También podría financiarse con el dinero obtenido con los trapicheos con los amiguetes de confianza … Mucha apariencia en misa de 12 y escasos escrúpulos a la hora de rendir cuentas.

Y si además hay un piso familiar que se disfruta sin pagar un céntimo y sin contrato, mejor que mejor. Los más caraduras hasta lo subarriendan …

Quevedo levantaría una ceja y escribiría:

«En este reino, lo ajeno tiene la curiosa virtud de convertirse en gratis cuando lo ocupa quien manda.»

Pero todavía faltaría el automóvil.

Porque administrar una empresa también exige movilidad.

Y aquí aparece otro prodigio del cortijo moderno: el coche de empresa que, por misteriosas razones, termina haciendo más kilómetros privados que profesionales.

Coche gratis.

Seguro gratis.

Mantenimiento gratis.

Y, naturalmente, gasolina gratis.

Porque si el coche pertenece a la empresa, parece que también pertenecen a la empresa las escapadas personales, los recados familiares, las excursiones de fin de semana y hasta ese viaje misterioso en el que nadie recuerda haber celebrado ninguna reunión.

Quevedo habría preguntado:

—¿Ese depósito de gasolina corresponde a la actividad empresarial?

—Naturalmente.

—¿Y el domingo?

—También.

—¿Y el sábado?

—Por supuesto.

—¿Y las vacaciones?

—Una intensa labor de representación institucional.

Quevedo habría dejado caer la pluma.

Hay explicaciones que ni siquiera necesitan comentario.

El maravilloso arte de adelgazar al socio

Luego llega la ampliación de capital.

¡Ah, la ampliación!

Ese mecanismo perfectamente legítimo cuando responde a una necesidad empresarial real, pero que en determinadas guerras familiares puede convertirse en auténtica gimnasia accionarial.

Porque unos ponen dinero.

Otros no pueden.

Y las participaciones, que antes tenían un tamaño respetable, comienzan a adelgazar.

El socio que tenía una butaca descubre que ahora le han reservado un taburete.

—¿Me está usted diluyendo?

—No, hombre. Estamos fortaleciendo la empresa.

—¿Y por qué siempre se fortalece la empresa debilitándome a mí?

Quevedo habría bautizado aquello como el milagro de los porcentajes menguantes.

Y quizá añadiría:

«Hay acciones que no pierden valor: pierden parientes.»

Sociedades paralelas y el arte de multiplicarse

Pero donde el asunto adquiere verdadera categoría picaresca es cuando aparecen sociedades paralelas, operaciones entre compañías vinculadas y estructuras que permiten que determinados negocios entren, salgan, se integren o se valoren de una manera que deja al resto de socios mirando las cuentas con la misma expresión que un náufrago mira un mapa.

Aquí conviene que hablen los documentos, los auditores, los peritos y, cuando proceda, los tribunales.

Porque una sospecha no es una condena.

Una acusación no es una sentencia.

Pero tampoco una sonrisa del administrador convierte las cuentas en evangelio.

Si existen operaciones perjudiciales, habrá que cuantificarlas.

Si existen beneficios particulares obtenidos a costa de la sociedad, habrá que acreditarlos.

Y si existen responsabilidades civiles, mercantiles, fiscales o penales, serán los órganos competentes quienes tengan que determinarlas.

Quevedo, mientras tanto, tomaría notas.

Muchas.

Sueldos arriba, dividendos abajo

Después llega el capítulo de las remuneraciones.

El negocio marcha.

El administrador cobra.

El consejo cobra.

Las dietas prosperan.

Los viajes florecen.

Los coches circulan.

La gasolina desaparece.

Los proveedores sonríen.

Y el dividendo contempla el panorama desde una esquina, vestido de luto.

—¿Y yo?

—Este año no toca.

El dividendo, que tiene menos autoridad que un socio haciendo preguntas, baja la cabeza.

Mientras tanto, las remuneraciones pueden crecer.

Y Quevedo anotaría:

«Donde no llega el dividendo, llega el sueldo.»

Una frase que bien podría figurar en el frontispicio de ciertos consejos de administración.

Viajes, regalos y otros milagros

Porque administrar una empresa tiene sus sacrificios.

Hay que viajar.

Hay que comer.

Hay que dormir.

Hay que reunirse.

Y si aparece un regalo de un proveedor, tampoco vamos a montar un drama por una botella, un reloj, una estancia, una invitación o cualquier otra atención comercial.

Aunque quizá convenga preguntar una cosa:

¿A quién se lo regalan?

Porque si el regalo tiene relación con la actividad empresarial, tal vez la empresa debería ser algo más que una espectadora.

Quevedo lo resumiría así:

«Cuando el proveedor regala al administrador lo que debía ganar la compañía, el regalo tiene un extraño perfume a pérdida.»

El trabajador invisible

Y todavía queda otro misterio.

Trabajadores contratados por una sociedad que trabajan habitualmente para otra.

La nómina en una empresa.

El beneficio en otra.

El coste en una.

El trabajo en otra.

Y todos felices.

Hasta que alguien pregunta:

—¿Quién paga al trabajador?

—La empresa A.

—¿Y quién disfruta de su trabajo?

Silencio.

—La empresa B.

—¿Y por qué?

Silencio más largo.

Quevedo habría solicitado una silla.

Aquello prometía.

El administrador que quería ser juez

Pero el gran descubrimiento psicológico del cortijo aparece cuando alguien se atreve a preguntar.

El administrador puede soportar una auditoría.

Puede soportar una peritación.

Puede soportar una ampliación de capital.

Puede soportar una subida de sueldo.

Puede soportar un coche.

Puede soportar la gasolina.

Lo que parece no soportar es una pregunta.

Porque preguntar por las cuentas se convierte en agresión.

Pedir información, en conspiración.

Solicitar contratos, en traición.

Reclamar dividendos, en deslealtad familiar.

Proponer soluciones, en ataque personal.

Y formular críticas constructivas…

¡Eso ya es prácticamente sedición!

Quevedo, que conocía perfectamente las debilidades humanas, escribiría:

«Hay quien llama persecución a todo espejo que le devuelve su propia figura.»

Pero una pregunta no es una agresión.

Una auditoría no es una venganza.

Una peritación no es una ofensa.

Y una crítica constructiva no constituye un golpe de Estado.

A veces es simplemente la forma educada de decir:

«Explíqueme dónde está el dinero.»

Cuando llegan los papeles

Y entonces aparecen los socios.

No con pancartas.

Con documentos.

Piden las cuentas.

Solicitan información.

Reclaman contratos.

Revisan facturas.

Encargan peritaciones.

Comparan movimientos.

Examinan remuneraciones.

Analizan operaciones societarias.

Calculan daños.

Y, cuando procede, acuden a los tribunales.

Porque hay una cosa que tiene la desagradable costumbre de sobrevivir a todos los discursos:

la prueba.

La contabilidad puede contar una historia.

Una auditoría puede contar otra.

Una peritación puede descubrir una tercera.

Y un juez, finalmente, decidirá cuál se corresponde con los hechos acreditados.

La gran transformación: de administrador a víctima

Y aquí llega el momento más divertido.

Cuando empiezan las preguntas, nuestro administrador abandona misteriosamente el papel de administrador y se pone el disfraz de víctima.

—¡Me persiguen!

—¿Quién?

—¡Mi propia familia!

—¿Por qué?

—¡Porque hacen preguntas!

Extraordinario.

El hombre que tenía las llaves del despacho descubre de repente que vive en una tragedia griega.

El administrador se siente perseguido.

El socio que reclama información se convierte en enemigo.

El que pide cuentas, en conspirador.

El que solicita una auditoría, en vengativo.

El que reclama lo que considera suyo, en ingrato.

Y el que propone solucionar el problema antes de llegar a los tribunales…

¡es el más peligroso de todos!

Quevedo habría sonreído.

Porque sabía que la mejor manera de detectar a un poderoso acostumbrado a mandar es observar su reacción cuando alguien le dice no.

Y llegó el juez

Pero el cortijo tiene una propiedad que sus habitantes suelen olvidar:

la ley también entra por la puerta.

Y cuando entra, ya no pregunta quién es el primo, quién es el hermano, quién es el administrador ni quién lleva veinte años mandando.

Pregunta por los hechos.

Por los documentos.

Por los contratos.

Por las facturas.

Por las cuentas.

Por los informes.

Por los daños.

Y si se acreditan responsabilidades, serán los tribunales quienes determinen las consecuencias civiles, mercantiles, fiscales o penales que correspondan.

No las decide Quevedo.

No las decide el administrador.

No las decide el socio indignado.

Las decide la justicia conforme a las pruebas y a la ley.

Y si existe un perjuicio cuantificado mediante auditorías y peritaciones, tocará discutirlo, probarlo y, en su caso, repararlo.

Porque la justicia puede ser lenta.

Pero tiene una virtud extraordinaria:

no necesita que el administrador esté de acuerdo con ella.

El final feliz del cortijo

Cuenta la leyenda que, después de examinar todos aquellos papeles, Quevedo volvió a sentarse ante su escritorio.

Mojó la pluma.

Pensó.

Y escribió:

«El administrador que se cree dueño acaba confundiendo la llave con la propiedad, el silencio con el consentimiento y la pregunta con la ofensa.»

Después añadió:

«Y quien usa coche ajeno, gasolina ajena, casa ajena y dinero ajeno no debería sorprenderse cuando alguien le pregunta cuánto cuesta la fiesta.»

Cerró el tintero.

Miró hacia el consejo de administración.

Y remató:

«El cortijo no se acaba cuando llega el juez. Se acaba cuando los socios descubren que el silencio también puede tener precio, pero la verdad siempre acaba pasando factura.»

Y así termina la historia.

El administrador descubre que las llaves no son escrituras.

El coche no es un título de propiedad.

La gasolina no es una herencia.

El inmueble ajeno no se convierte en propio por ocuparlo.

La marca no se vuelve gratuita por usarla.

El sueldo no sustituye al dividendo.

La mayoría no convierte al minoritario en súbdito.

Y la familia no es una licencia para convertir la empresa en cajero automático, gasolinera, agencia de viajes, inmobiliaria y concesionario particular.

Porque el verdadero problema del cortijo no es que haya un señor con muchas llaves.

Es que durante demasiado tiempo todos han fingido que las llaves eran la propiedad.

Hasta que llegan los papeles.

Después llegan los peritos.

Luego, si corresponde, llegan los abogados.

Y finalmente puede llegar el juez.

Y entonces sucede el milagro que Quevedo habría celebrado con champán:

el administrador deja de ser dueño, juez y víctima… y vuelve a ser simplemente administrador.

Y el cortijo, por fin, descubre que tiene una cosa que ningún administrador puede administrar a su antojo:

la realidad.

Porque cuando las cuentas hablan, los coches dejan huellas, la gasolina deja facturas, los inmuebles tienen propietarios, las marcas tienen titulares y los papeles tienen memoria.

Y colorín colorado, accionistas:

se acabó el barra libre.

La empresa no era el cortijo.

El coche no era suyo.

La gasolina tampoco.

Y el cajero automático, después de tantos años de servicio familiar, acaba poniendo en la pantalla el mensaje que más miedo produce al pícaro de turno:

«Introduzca las cuentas.»

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