Misericordia: el vampiro que vive de los perdones
Por Alfredo Muñiz
Porque una cosa es ser misericordioso y otra convertirse en el cajero automático emocional de los demás.
Don Agustín hablaba de la misericordia con esa serenidad sacerdotal que invita a pensar que todavía queda esperanza para la humanidad. Y la hay. Pero también hay individuos que parecen haber interpretado el Evangelio como una franquicia de impunidad: tú perdonas, ellos reinciden; tú ayudas, ellos vuelven; tú das otra oportunidad, ellos la utilizan para pedirte la siguiente.
Y así hasta que San Pedro te recibe en la puerta del cielo preguntando:
—¿Y tú qué haces aquí tan pronto?
—Nada, que me quedé sin tiempo, sin dinero y sin energía perdonando a los mismos de siempre.
La palabra misericordia procede del latín misericordia, de miser, necesitado o miserable, y cor, cordis, corazón. Es, literalmente, tener un corazón capaz de sentir la miseria ajena.
Hasta aquí, magnífico.
El problema aparece cuando el corazón misericordioso se encuentra con quien ha descubierto que puede utilizarlo como una tarjeta de crédito sin límite.
Porque la misericordia no consiste en permitir que alguien te robe la cartera mientras tú, con lágrimas en los ojos, le explicas que comprendes sus circunstancias.
Tampoco consiste en soportar eternamente mentiras, abusos, manipulaciones, ingratitudes o conductas dañinas con la esperanza de que algún día el delincuente moral tenga una revelación divina.
Hay gente que, cuando le perdonas una vez, agradece la oportunidad.
Y hay otra que, cuando la perdonas diez veces, empieza a considerar que tienes obligación de perdonarle la undécima.
El primero tiene conciencia.
El segundo tiene plan de negocio.
La misericordia cristiana habla de perdón, sí, pero también de conversión, de reparación, de cambio. Porque perdonar una ofensa no significa conceder licencia para repetirla.
Si alguien te pisa el pie accidentalmente, puedes perdonarlo.
Si te lo pisa todos los días y después te dice que no sabe por qué tienes el pie dolorido, quizá haya llegado el momento de explicarle que la misericordia no incluye la obligación de servir de felpudo.
Y aquí aparece una confusión muy de nuestros tiempos: creemos que poner límites es dejar de ser buenos.
No, señor.
Poner límites también puede ser una forma de misericordia.
Misericordia contigo mismo, para empezar.
Porque hay personas que se alimentan de tu paciencia como vampiros de novela gótica: no necesitan ajo ni ataúd; les basta con descubrir a alguien generoso.
Te chupan el tiempo.
Te chupan la energía.
Te chupan el dinero.
Te chupan la tranquilidad.
Y cuando ya estás pálido, exhausto y económicamente parecido a un santo de escayola, todavía tienen la desfachatez de decir:
—¿Podrías hacerme un último favor?
¡El último favor!
Ese misterioso animal que siempre está a punto de extinguirse y, sin embargo, se reproduce con una velocidad extraordinaria.
Hay personas que confunden tu bondad con debilidad y tu perdón con permiso.
Y cuanto más les concedes, más exigen.
No porque sean más necesitados, sino porque han aprendido que la necesidad ajena puede convertirse en una excelente herramienta de manipulación.
La misericordia, sin embargo, no es lástima.
La lástima mira el sufrimiento y siente pena.
La misericordia mira el sufrimiento y actúa para aliviarlo.
Pero ayudar no significa alimentar eternamente aquello que está destruyendo al otro.
A veces ayudar es dar.
A veces ayudar es perdonar.
Y algunas veces, aunque duela más, ayudar consiste en decir:
—Hasta aquí.
Porque si perdonamos sin límite y sin exigir ningún cambio, podemos terminar protegiendo precisamente la conducta que pretendíamos corregir.
Hay quien interpreta el perdón como una esponja: borra todo.
Pero hasta las esponjas se cansan de absorber porquería.
Y perdonen ustedes la comparación, pero en este mundo abundan los que consideran que la bondad ajena es un recurso natural renovable.
Se equivocan.
La paciencia también se agota.
La confianza también caduca.
El bolsillo también tiene fondo.
Y el corazón, aunque sea misericordioso, no viene equipado con batería infinita.
Ayer el eclipse ocultó el sol, pero quizá nos permitió ver otra cosa con mayor claridad: perdonar no significa olvidar, justificar ni permitir que vuelvan a hacerte daño.
El verdadero milagro no consiste en perdonar al que te ha ofendido.
El milagro consiste en que, después de perdonarlo, no permitas que vuelva a convertirte en su víctima.
Porque una cosa es tener un corazón misericordioso.
Y otra, muy distinta, ser tan misericordioso que hasta los vampiros se compren una casa en tu cuello.
Así que, querido don Agustín, quizá la misericordia necesite también una pequeña letra de cambio:
“Te perdono, sí. Pero procura no volver a confundirme con un idiota.”
Que Dios nos dé un corazón grande para perdonar, pero también la inteligencia suficiente para saber a quién, cuándo y hasta dónde.
Porque incluso en el cielo, sospecho, debe existir algún departamento encargado de gestionar los abusos de confianza.
Y seguramente está lleno de expedientes.


