El arte de mentir, ofenderse y hacerse la víctima

El prejuicio: esa venda que se ponen los tontos para ver mejor

por Alfredo Muñiz

En esta tragicomedia que es la vida te encuentras a personas liantes por naturaleza, de esas que siempre quieren tener razón aunque la razón haya salido corriendo por la puerta de atrás. Son criaturas capaces de mentir hasta la saciedad y, cuando la mentira queda desnuda delante de todos, ahuecan el ala, se hacen el longuis o adoptan el papel de víctima con una rapidez digna de mejor causa.

Porque el embustero tiene una peculiaridad extraordinaria: jamás se considera embustero.

El mentiroso se llama a sí mismo sincero; el manipulador, estratega; el tramposo, pragmático; el censurador, defensor de la convivencia; y el ignorante, autoridad moral. Así se construye el maravilloso edificio del prejuicio: con ladrillos de desconocimiento, cemento de soberbia y tejado de absoluta falta de autocrítica.

Y cuando se descubre la falsedad, aparece el ofendido.

¡Ah, el ofendido! Ese personaje que no solo ha metido la pata, sino que exige que los demás le pidan disculpas por haberle visto meterla.

Los más capullos incluso se sienten “dolidos” porque no se han salido con la suya en situaciones insostenibles. El pícaro fracasado, lejos de reflexionar, redobla sus artimañas para desprestigiar a quien ha descubierto sus fechorías, injusticias o maldades.

Es la vieja técnica del delincuente moral: si no puedo desmontar tus argumentos, intentaré desmontar tu reputación.

Y así comienza el festival de los cuchicheos.

—¿Has oído lo que dicen de fulano?

—No.

—Pues yo tampoco, pero me han dicho que…

Y ya tenemos fabricada una verdad de bolsillo.

Porque el prejuicio funciona precisamente así: uno no necesita conocer los hechos cuando dispone de una opinión. Y cuanto menos sabe, más contundente suele mostrarse.

Hay quien juzga un libro sin haber pasado de la portada, una empresa sin conocer sus cuentas, una persona sin haber conversado con ella y una historia familiar sin haber escuchado jamás a las dos partes.

Es la cultura del “yo ya sé cómo son estos”.

Y cuando alguien intenta aportar documentos, contratos, leyes o simplemente sentido común, el prejuicioso responde con su arma favorita:

—¡Pues yo pienso que…!

Magnífico.

La legislación vigente acaba de ser sustituida por el pensamiento del susodicho.

El prejuicio, primo hermano de la censura

Los prejuicios son especialmente peligrosos cuando se mezclan con poder.

Porque una cosa es que el cuñado de turno tenga una opinión equivocada durante la sobremesa y otra muy distinta que el prejuicioso tenga capacidad para decidir sobre una empresa, una asociación, una familia o un proyecto profesional.

Entonces el prejuicio deja de ser una simple tontería y puede convertirse en una máquina de fabricar conflictos.

En toda cultura totalitaria aparece la censura. Primero se censura una opinión; después, una persona; luego, un proyecto; y finalmente se acaba censurando hasta el sentido común.

El heredero del “nazismo empresarial”, versión de andar por casa y sin uniforme, no necesita quemar libros: basta con intentar que nadie los lea.

Y si no puede impedir que se publique, intentará desacreditar al autor.

Así funcionan algunos censores de salón: si no pueden taparte la boca, intentarán llenar de barro el camino que lleva hasta ella.

Pero hay algo que los prejuiciosos olvidan: la libertad de expresión no necesita permiso del comité de aduladores.

Por eso existen proyectos como VIAJAR, VIVIR y SABOREAR, donde escribir sin mordazas resulta más saludable que vivir permanentemente pendiente de quién se enfada.

Y también por eso una novela puede ser prejuzgada antes de ser leída.

Algunos emitirán sentencia sobre EL TESTAMENTO DEL GALLO sin haber abierto siquiera sus páginas. ¡Qué prodigio literario! El crítico del futuro ya no necesita leer el libro: le basta con conocer al autor, o creer que lo conoce.

Quevedo habría disfrutado de semejante fauna.

El trapalleiro: criatura universal

En EL TESTAMENTO DEL GALLO, el abuelo utiliza una palabra gallega que merece ser rescatada del olvido: trapalleiro.

El trapalleiro es el embustero, el charlatán, el fabricante de historias fantasiosas que, de tanto contárselas a los demás, acaba creyéndoselas él mismo.

Y ahí está el peligro.

Porque un trapalleiro con poco poder solo produce alguna que otra carcajada.

Pero un trapalleiro sentado en el poder de una empresa familiar puede provocar una tragedia.

Y si además tiene capacidad para manipular a otros, sembrar prejuicios, dividir a la familia y convertir cualquier discrepancia en una guerra civil doméstica, entonces ya no hablamos de un simple charlatán.

Hablamos de un incendio con piernas.

La empresa familiar puede terminar partida, la familia enfrentada y el patrimonio convertido en campo de batalla.

Y si hablamos de una vivienda en propiedad compartida, la cosa alcanza dimensiones épicas.

Porque aparece el curioso fenómeno del propietario selectivo:

Cuando hay que disfrutar del inmueble:

—¡Esto también es mío!

Cuando llega la factura:

—Bueno… habría que estudiar quién debe pagar eso.

Y cuando se propone repartir los gastos:

—¡Pero qué barbaridad! ¡Eso es un gasto innecesario!

Naturalmente, el gasto innecesario siempre es el que tiene que pagar otro.

El propietario de conveniencia es una criatura fascinante: reclama el derecho a beneficiarse de todo y el privilegio de contribuir a nada.

La familia: territorio peligroso para los prejuicios

Esto ocurre en todas partes.

En política.

En los negocios.

En las juntas de vecinos.

En las comunidades de propietarios.

Y, naturalmente, en las mejores familias.

Especialmente en las mejores familias.

Porque allí el prejuicio viene acompañado de memoria selectiva, viejas heridas, rencores hereditarios y algún primo dispuesto a recordar un episodio ocurrido en 1987 para justificar una decisión tomada ayer.

El problema aparece cuando alguien decide que su opinión vale más que la ley, que su interpretación vale más que un contrato y que sus intereses personales están por encima de los intereses comunes.

Entonces razonar se vuelve misión imposible.

Y cuando el diálogo fracasa, quedan los documentos.

Y cuando los documentos no bastan, queda la ley.

Y cuando ni siquiera la ley consigue poner orden, queda el juez.

No es la solución más romántica del mundo, pero a veces resulta mucho más saludable que pasar veinte años discutiendo en el salón de casa.

Porque con quien quiere aprovecharse del prójimo no siempre se puede razonar.

A veces lo único razonable es poner distancia y dejar que hablen los hechos.

“A abad sin ciencia y sin conciencia…”

Hay una vieja sentencia que resume bastante bien el asunto:

“A abad sin ciencia y sin conciencia, no le salva la inocencia.”

Porque para administrar personas, empresas, patrimonios o conflictos no basta con mandar.

Hace falta conocimiento.

Hace falta conciencia.

Y, sobre todo, hace falta ética.

La verdadera autoridad no consiste en conseguir que los demás callen.

Consiste en conseguir que los demás confíen.

Por eso, frente al prejuicio, la mejor respuesta no es otro prejuicio.

Es información.

Frente a la manipulación, transparencia.

Frente al insulto, argumentos.

Frente al enfrentamiento, intereses comunes.

Y frente al trapalleiro, paciencia… y, si hace falta, documentación.

Amiguiños sí, pero la vaquiña por lo que vale

Una de las frases de EL TESTAMENTO DEL GALLO resume con retranca gallega una filosofía de vida bastante saludable:

“Amiguiños sí, pero la vaquiña por lo que vale.”

Traducido al castellano de los negocios y de las familias: cariño todo el del mundo, pero las cuentas claras.

Porque querer a alguien no obliga a regalarle la razón.

Ser familia no significa renunciar a la justicia.

Y buscar la paz no significa aceptar la injusticia.

La verdadera concordia no consiste en que uno mande y los demás traguen.

Consiste en encontrar soluciones ecuánimes, respetando la ley, los acuerdos y los intereses legítimos de todos.

Y, sobre todo, en aprender a distinguir entre una persona equivocada y una persona que necesita estar equivocada para seguir teniendo razón.

La primera puede rectificar.

La segunda puede convertirse en un problema.

Y entonces apareció Martina

Y en medio de tanta trampa, tanto prejuicio, tanto cuchicheo y tanto trapalleiro aparece algo mucho más sencillo: la inocencia.

Martina y su hermana Leyre presentan EL TESTAMENTO DEL GALLO, la novela escrita por Alfredo Muñiz.

Ellas no necesitan manipular a nadie.

No necesitan censurar.

No necesitan desprestigiar a nadie.

Simplemente presentan un libro.

Y quizá ahí esté la mejor lección de todas: mientras algunos se pasan la vida intentando apagar la luz ajena, otros llegan sin hacer ruido y simplemente encienden la suya.

Así que, entre trapalleiros, censores, prejuiciosos, pícaros de saldo y ofendidos profesionales, dejemos paso a Martina.

Porque quizá no sea necesario ganar todas las discusiones.

Quizá baste con conservar la inocencia, leer antes de juzgar y escuchar antes de condenar.

Y si además se tiene sentido del humor, mucho mejor.

Porque en esta tragicomedia que llamamos vida, el prejuicio es la única venda que algunos se ponen voluntariamente… y encima presumen de ver perfectamente.

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