Desenlace: socios, maletas y otras desgracias empresariales
por Alfredo Muñiz
Y si la vida te concede la desgracia de tener unos socios cuya inteligencia empresarial cabe holgadamente en un sello de correos, no desesperes: haz las maletas.
Porque hay sociedades mercantiles y sociedades de sufrimiento. En las primeras se reparten beneficios; en las segundas, disgustos.
Si además esos socios, que un día juraban amor eterno a la empresa, descubren de pronto que tus acciones valen menos que una servilleta usada, pero ellos sí quieren quedarse con ellas, no te preocupes: la estupidez ajena no obliga a practicar la caridad.
Y si no quieren comprarte las acciones a un precio razonable, siempre queda una solución mucho más elegante que montar una guerra de taberna: documentar, reclamar y acudir a quien corresponda.
Porque una cosa es ser socio y otra muy distinta convertirse en cómplice de las propias gilipolleces.
Quevedo habría disfrutado contemplando semejante espectáculo: cuatro hombres alrededor de una mesa, una empresa en llamas y todos discutiendo quién tiene el extintor.
Así que, llegado el caso, maletas preparadas, papeles ordenados y memoria intacta.
No hace falta gritar para denunciar una estupidez; basta con ponerla por escrito.
Y si alguien ha decidido convertir una empresa en un sainete, que al menos tenga la cortesía de dejar constancia de sus ocurrencias.
Porque al final de la función siempre llega el telón.
Y entonces se descubre quién era empresario, quién era socio, quién era oportunista…
y quién llevaba años haciendo el payaso creyendo que llevaba la corona.
Moraleja: si no puedes elegir a tus socios, elige al menos cuándo marcharte. Y si pretenden regalarte la ruina, procura que el regalo venga acompañado de pruebas.

