IBIZA: DONDE HASTA LAS HERIDAS DEL ALMA SE CURAN CON CREMA SOLAR
Ibiza, esa isla donde el Mediterráneo tiene más testigos que un juzgado y donde los paparazzi saben distinguir un beso de un simple saludo desde una distancia que haría palidecer al mismísimo catalejo de Galileo, vuelve a demostrar que el amor, la fama y el bronceador forman un triángulo más estable que muchos matrimonios.
Aquí desembarcan los famosos para descansar, pero descansan poco. Unos vienen a curarse las lesiones del cuerpo; otros, las del corazón; y algunos, por si acaso, ambas cosas a la vez.
El campeón Ilia Topuria ha elegido Ibiza para recuperarse de sus lesiones después de aquella monumental batalla en la Casa Blanca. Porque si uno ha recibido más golpes que una piñata en una comunión, ¿qué mejor medicina que el sol de las Pitiusas, el agua turquesa y un chiringuito con menú proteico?
Pero si Topuria cura músculos, otros curan corazones.
Por las mismas playas apareció Javier Ambrossi, intentando recomponer las heridas del alma después de su ruptura sentimental con Javier Calvo. Y para semejante tratamiento no hay psicólogo que compita con Ibiza: agua salada, abrazos, carantoñas y algún amigo especial dispuesto a aplicar fisioterapia sentimental sin necesidad de receta.
Ambrossi se chapotea en el Mediterráneo acompañado, entre besos, arrumacos, abrazos y conversaciones íntimas de esas que, por fortuna para la prensa, se desarrollan a pocos metros de una cámara con teleobjetivo.
Porque Ibiza tiene una atmósfera peculiar: uno llega soltero y puede salir enamorado, comprometido o, como mínimo, fotografiado.
Ya lo demostraron Ferran Torres y Marcos Llorente con aquellas escenas estivales que hicieron pensar que el Mediterráneo no solo contiene sal, sino también una considerable cantidad de feromonas.
Y si faltaba una prueba científica, ahí estaba Ricky Martin paseando por la playa de la mano de su pareja. Porque en Ibiza hasta caminar agarrados parece una campaña institucional de turismo romántico.
Mientras tanto, David Beckham disfrutaba de la isla junto a su familia. Los fotógrafos, sin embargo, no consiguieron descubrir demasiadas efusiones sentimentales. Misterio insondable. Quizá los Beckham tengan un sistema de afecto privado que no requiere convocatoria de prensa.
Besos en la arena y amor bajo vigilancia
La playa ibicenca se ha convertido en una especie de notaría del romance. Cada beso deja constancia documental.
Ahí tenemos a la periodista Adriana Abenia besando a su marido en la orilla, demostrando que todavía quedan parejas que no necesitan cambiar de novio cada temporada para mantener viva la prensa rosa.
También apareció Nona Sobo, conocida por Entrevías, junto al futbolista Enric Franquesa, entre las rocas y los rincones de la isla donde, según parece, solo se llega cómodamente en yate o teniendo un fotógrafo detrás.
Y después llegó Álex González con quien parece ser su nueva pareja, Camila Rojido. Besos, ninguno captado por las cámaras; gestos de cariño, sí. Que no es poco.
Porque el paparazzi contemporáneo vive una tragedia: antes buscaba escándalos y ahora tiene que interpretar lenguaje corporal.
—¿Se quieren?
—No sé.
—¿Se abrazan?
—Sí.
—¿Se besan?
—No consta.
—Entonces pon: «crece la complicidad».
Y a cobrar.
El paparazzi, ese notario del pecado
«Cada foto tiene una historia detrás», asegura el fotógrafo. Y razón no le falta.
El problema es que cada vez resulta más difícil conseguir una fotografía realmente bonita. Los famosos ya no esperan a que los descubran: se fotografían ellos mismos, eligen el filtro, corrigen la barriga, ponen la luz adecuada, escriben «momentos» y publican la imagen antes de que el paparazzi haya terminado de enfocar.
El fotógrafo llega con su cámara de 600 milímetros y el famoso ya ha subido tres stories.
Antes el paparazzi perseguía al famoso.
Ahora el famoso persigue al algoritmo.
Y así se ha democratizado el espionaje: cada cual es paparazzi de sí mismo.
Ibiza sin barcos: ¡se acaba el mundo!
Otro misterio de este verano es la disminución de los yates.
Antiguamente, Ibiza parecía una exposición flotante de astilleros para millonarios: barcos, barcos y más barcos. Una procesión marítima de personas que habían descubierto que el dinero no compra la felicidad, pero sí un barco de 40 metros desde el que contemplarla.
Este año, sin embargo, menos embarcaciones.
Unos salen un día.
Otros, dos.
Después desaparecen.
Y de repente, todos juntos.
La navegación ibicenca ha dejado de ser calendario para convertirse en aparición mariana.
Quizá los ricos también tengan inflación.
El casting nacional
Pero si Ibiza es exigente con los barcos, más lo es con los famosos.
«De cien que vienen, te valen diez», dice el paparazzi.
Y ahí está la verdadera tragedia de la fama moderna: ya no basta con ser famoso. Hay que ser fotografiable, estar enamorado, recién separado, embarazado, llorando, reconciliándose o sospechosamente feliz.
Porque si uno simplemente está descansando, ¿qué interés tiene?
Este verano aparecieron Alejandra Rubio y Carlo Costanzia disfrutando de la isla después de conocerse su embarazo. También Albert Rivera con Carla Cotterli, convenientemente rodeados de rumores de crisis, porque en la prensa rosa una pareja feliz es aburrida, mientras una pareja aparentemente feliz pero supuestamente en crisis es oro puro.
Y apareció Froilán, disfrutando de la noche ibicenca con quien parece ser su pareja. Porque hay apellidos que llevan incorporado el flash de fábrica.
Y apareció Aitana, enjugando lágrimas después de su ruptura con Sebastián Yatra.
Ay, Ibiza.
La isla donde uno puede llorar por amor mientras el Mediterráneo pone buena cara y un fotógrafo calcula cuánto vale exactamente una lágrima derramada bajo el sol.
Conclusión: el amor, ese deporte de riesgo
Al final, Ibiza vuelve a ser lo que siempre ha sido: una gran comedia humana con arena, champán, yates, rupturas, reconciliaciones, abdominales, lágrimas y besos.
Aquí se recuperan los músculos de una batalla, las heridas de una ruptura y hasta las dudas de una relación.
El Mediterráneo cura.
El sol broncea.
El amor confunde.
Y el paparazzi documenta.
Porque en Ibiza nadie está realmente solo: siempre hay un amigo especial, una pareja nueva, un ex reciente, un fotógrafo escondido detrás de una roca o un teléfono móvil dispuesto a convertir un simple beso en portada.
Y así, entre carantoñas acuáticas, abrazos playeros y romances de temporada, Ibiza confirma su vieja especialidad: hacer que hasta el amor parezca una operación de marketing y que una puesta de sol tenga más testigos que una boda.
Solo falta que el próximo verano instalen en la playa un cartel:
«SE RUEGA BESARSE CON NATURALIDAD.
EL PAPARAZZI YA ESTÁ TRABAJANDO».

ilustración realizada con inteligencia artificial, simulacro de la realidad

