Totalgia: esa enfermedad que solo padecen las madres… y sobreviven a ello
por Alfredo Muñiz
Hay enfermedades con nombres tan rimbombantes que parecen sacadas de un tratado de latín. Fibromialgia, artralgia, neuralgia… Pero existe una dolencia infinitamente más extendida y, sin embargo, ignorada por la ciencia oficial: la totalgia. No figura en los manuales de Medicina, aunque debería tener un capítulo propio entre las dolencias crónicas y los milagros cotidianos.
La padece mi madre.
—Me duele todo.
No hay rodilla que se salve, ni hombro que proteste menos, ni espalda que conserve la compostura. Si el meteorólogo anuncia borrasca, ella no necesita mirar el cielo. Su cuerpo actúa como una estación meteorológica homologada.
—Va a llover.
—¿Lo has visto en la televisión?
—No hace falta. Me lo han dicho las caderas.
Los satélites consultan a la AEMET. Yo consulto a mamá.
Cuando aparece la temida totalgia, llega el momento de recurrir al fisioterapeuta, ese alquimista moderno que convierte músculos oxidados en piezas recién salidas del concesionario. Entra caminando como una anciana centenaria y sale creyéndose capaz de correr una media maratón.
Después toca la segunda fase del tratamiento: la peluquería. Porque no hay dolor que resista un buen peinado. Y para rematar la rehabilitación, una sesión con Yoli, que consigue que las articulaciones descubran movimientos que creían extinguidos desde los tiempos de la peseta.
Con semejante preparación física, mi madre estaría lista para representar a España en los Juegos Olímpicos del Imserso. Oro en levantarse del sofá sin apoyar las manos. Plata en encontrar unas gafas que lleva puestas. Bronce en perseguir a los nietos con una zapatilla.
Pero el verdadero superpoder de las madres nunca ha sido el físico.
Las madres son cocineras con estrellas Michelin sin haber pisado París. Psicólogas que escuchan durante horas sin cobrar consulta. Economistas capaces de alimentar una familia con un presupuesto que haría llorar al ministro de Hacienda. Chóferes permanentes, enfermeras sin vacaciones, costureras de urgencia, electricistas ocasionales, árbitras de peleas entre hermanos y, cuando hace falta, también padre.
Trabajan desde antes de salir el sol hasta mucho después de que la casa se quede dormida. Y no durante siete días a la semana, sino durante ocho, porque ellas siempre encuentran un día más para seguir cuidando de todos.
Los años les regalan algo mucho más valioso que las arrugas: ese radar infalible para detectar intenciones. Antes de que uno abra la boca ya saben si viene a pedir dinero, un favor, comida o simplemente a esconder algún desastre.
—¿Qué quieres?
La frase siempre llega antes de la petición.
No es adivinación. Es experiencia acumulada después de toda una vida descifrando hijos.
Quevedo decía que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Yo añadiría que las madres ya nos habían colocado allí mucho antes. Ellas conocen nuestras virtudes, nuestros defectos y hasta las excusas que todavía no hemos inventado.
Por eso, cuando mi madre anuncia solemne que le duele todo, no discuto el diagnóstico.
—Mamá, lo tuyo no es reuma.
—¿Entonces qué tengo?
—Totalgia.
Ella sonríe, niega con la cabeza y responde:
—Lo que tú tienes es mucha cara.
Y, milagrosamente, durante unos segundos deja de dolerle todo… para dolerle únicamente la barriga de tanto reír.
Quizá ese sea el mejor tratamiento jamás descubierto.


