El miedo pidió asilo en casa de los cobardes
Por Alfredo Muñiz.
Ahora resulta que vienen a hablarme del miedo. A mí. Es como pretender enseñar a nadar a una sardina o explicarle al lobo que existen los colmillos.
¿Miedo? El miedo lo conocí hace tiempo, pero acabó pidiéndome una excedencia. Se cansó de seguirme. Descubrió que donde yo iba ya había llegado antes la traición, que siempre viaja en primera clase y con sonrisa de amigo.
He sido traicionado por quienes juraban lealtad eterna con la misma facilidad con la que un notario firma una hipoteca. He sido robado por manos tan finas que, de no ser por el vacío del bolsillo, uno pensaría que venían a dar un abrazo. He sido menospreciado por mediocres convencidos de que la envidia es una licenciatura y la maledicencia un deporte olímpico.
Y, para rematar la función, he tenido que negociar con demonios. No con esos de cuernos y rabo que pintaban los frailes, no. Esos son aficionados. Los verdaderos demonios llevan perfume caro, sonrisa fotogénica y una colección de excusas digna de museo nacional. Algunos incluso reparten abrazos mientras afilan el cuchillo. Son artistas del apuñalamiento elegante.
Después de semejante currículo vital, ¿qué miedo quieren venderme? ¿El del qué dirán? Ya lo dijeron todo. ¿El de la mentira? La he visto disfrazarse de verdad con una soltura que daría envidia a un actor de comedia. ¿El del insulto? Acaba perdiendo fuerza cuando quien lo pronuncia tiene menos argumentos que un loro con afonía.
He luchado por seguir siendo yo mismo mientras una procesión de resentidos intentaba convencerme de que lo moderno era parecerse a ellos. ¡Qué extravagancia! Pretendían que renunciara a mi voz para cantar en el coro de los mediocres, donde todas las gargantas desafinan al mismo compás.
La manipulación también hizo horas extraordinarias. Cambiaban los hechos como un tahúr cambia la carta marcada. Si uno resistía, era soberbio. Si hablaba, conflictivo. Si callaba, culpable. Si respiraba demasiado fuerte, seguro que conspiraba contra el universo.
Con semejantes maestros del esperpento, uno acaba descubriendo un secreto: el miedo no suele vivir en quien ha sobrevivido a las tempestades, sino en quienes provocan el naufragio. Ellos sí tiemblan. Porque saben que la verdad tiene una costumbre insoportable: siempre termina llamando a la puerta, aunque llegue tarde y sin pedir cita.
Por eso me hace gracia que intenten intimidarme. Es como amenazar a un viejo marinero con una tormenta de piscina infantil.
No, señores. A estas alturas el miedo ya no me persigue. Cambió de domicilio. Ahora vive en la conciencia de quienes confundieron la maldad con inteligencia, la envidia con justicia y la traición con estrategia.
Yo, mientras tanto, sigo caminando. Con alguna cicatriz, sí; con alguna decepción, también. Pero con la serenidad de quien ha aprendido que los demonios hacen mucho ruido porque, en el fondo, son cobardes. El valiente no necesita infundir miedo. Le basta con seguir de pie.
Y eso, para ciertos personajes, resulta mucho más aterrador que cualquier monstruo.
Dicen que vienen a meterme miedo. ¡Qué admirable diligencia la de los necios, que siempre llegan tarde incluso a las desgracias ajenas!
¿Miedo? ¿A mí? Llegan con el espanto bajo el brazo como quien pretende vender luz al sol o enseñar modales a la cortesía.
Hace ya muchos inviernos que el miedo llamó a mi puerta. Entró con paso solemne y voz de gigante. Le hice sentarse a mi mesa y le conté, uno por uno, los nombres de las traiciones, las monedas robadas, los desprecios vestidos de consejo, las mentiras disfrazadas de justicia y las sonrisas afiladas que esconden más acero que una armería.
Cuando terminé mi relato, el miedo me pidió permiso para marcharse. «Aquí sobro yo», murmuró. «Los hombres ya hacen mi trabajo mejor que yo.»
El miedo llamó a mi puerta… y salió pidiendo auxilio
Desde entonces no temo al miedo; temo la estupidez, porque es la única enfermedad que presume de buena salud.
He conocido a los traidores. ¡Qué prodigio de naturaleza! Son tan fieles como las veletas: jamás abandonan el viento… porque nunca tuvieron dirección propia. Juran amistad con la mano derecha mientras la izquierda calcula la longitud del puñal. Si Judas hubiera cobrado derechos de autor, viviría de las regalías que le producen.
También traté con los envidiosos, esos mendigos del mérito ajeno. No saben levantar una casa, pero poseen un talento sobrenatural para alegrarse cuando se hunde el tejado del vecino. Son relojes de arena: cuanto menos tienen arriba, más vacío dejan abajo. Si el resentimiento alimentara, serían gigantes; como sólo alimenta el alma torcida, apenas alcanzan la estatura de su mezquindad.
Después llegaron los manipuladores, alquimistas de la mentira. Transforman el barro en discurso y la calumnia en doctrina. Donde hubo verdad colocan una máscara; donde hubo nobleza escriben soberbia; donde hubo resistencia llaman locura. Son sastres del engaño: toman medidas a la realidad para vestirla con el traje de sus intereses.
¡Y qué decir de los insultadores! Esos músicos del rebuzno que, incapaces de construir una idea, derriban una reputación creyendo haber levantado un argumento. Su inteligencia es tan breve que, cuando bostezan, se les escapan las dos neuronas para tomar el fresco.
Quisieron doblegarme.
¡Pobres aprendices de verdugo!
Ignoran que quien ha sobrevivido a la traición ya no se asusta con amenazas; apenas bosteza. El hierro sólo teme al fuego antes de convertirse en espada. Después, lo único que hace es cortar.
Me aconsejaban que callara. Siempre recomiendan silencio quienes viven del ruido de la mentira. Me pedían obediencia quienes jamás obedecieron a su conciencia. Me hablaban de prudencia quienes confundieron la cobardía con la inteligencia y el cálculo con la virtud.
No entendieron jamás que hay derrotas que ennoblecen y victorias que apestan.
Porque el valiente puede perder el dinero, la fama o la compañía; lo único que no pierde es el espejo donde cada mañana se reconoce.
El cobarde, en cambio, necesita romper todos los espejos del mundo para no contemplar el rostro del miserable que lo saluda al afeitarse.
He descubierto que la verdad camina despacio porque no necesita correr. La mentira, en cambio, vive jadeando, pues ha de llegar siempre antes que los hechos para parecer creíble.
Por eso me provoca ternura que pretendan intimidarme.
¿Asustarme con qué?
¿Con el desprecio? Ya lo conocí.
¿Con la calumnia? Ya la enterré.
¿Con el robo? Lo padecí.
¿Con la soledad? Aprendí que vale más una silla vacía que una mesa llena de víboras perfumadas.
Los verdaderos demonios no habitan en los infiernos; alquilan despacho en la vanidad, duermen en la envidia y desayunan hipocresía. Se alimentan de aplausos prestados y se visten con honores que nunca merecieron. Parecen gigantes porque siempre buscan caminar sobre las espaldas de otros.
Mas no hay demonio más ridículo que el que cree infundir miedo a quien ya aprendió que la libertad cuesta cicatrices.
Así que vengan.
Traigan amenazas, rumores, desprecios y emboscadas.
Los recibiré como quien contempla una vieja compañía de teatro representando una comedia cuyo final conoce de memoria.
Porque el miedo hace tiempo que abandonó mi casa.
Ahora vive, bien alimentado, en la conciencia de quienes todavía necesitan apagar la luz para no ver la sombra de sus propias miserias.
Y ésa, créanme, es la única oscuridad de la que ningún amanecer consigue rescatarlos.

