Lago de Sanabria: manual de supervivencia para el que cree que va a “dar una vuelta”
Hay viajes que empiezan con una planificación milimétrica y acaban cumpliéndose al minuto. El Lago de Sanabria no pertenece a esa categoría. Sanabria pertenece al noble grupo de destinos donde uno sale del hotel diciendo: “vamos a ver el lago un momento” y acaba ocho horas después, con treinta fotos de piedras, tres discusiones sobre cuál era el camino correcto y una bolsa de embutido artesanal que nadie recuerda haber comprado.
Lago de Sanabria: el drama de elegir entre bañarte, comer o echar la siesta
Porque Sanabria no se visita: Sanabria te absorbe lentamente, como las películas esas donde el protagonista entra en un pueblo aparentemente tranquilo y ya nunca vuelve a ser el mismo. Solo que aquí el drama es menor y lo más peligroso suele ser el precio de una buena comida después de una caminata “facilita”.
Primera lección: aquello no parece Zamora
El primer desconcierto llega pronto. Uno espera encontrar la clásica imagen castellana y, de repente, aparece un paisaje que parece haber pedido nacionalidad asturiana o gallega por sentimientos.
—¿Seguro que esto es Zamora? —pregunta siempre alguien en el coche.
Sí. Es Zamora. Pero con montañas, bosques, agua por todas partes y un aire de norte que descoloca al turista geográficamente despistado.
El gran protagonista es el Lago de Sanabria, tan bonito que automáticamente activa en el visitante una necesidad irracional de hacerse fotos contemplativas mirando al horizonte, como si estuviera protagonizando un anuncio de seguros de vida.
La playa… pero sin mar ni medusas sindicalizadas
Sanabria tiene playas. Esto desconcierta mucho.
—¿Cómo que playa si no hay mar?
Pues playa igual. Arena, sombrillas, niños corriendo, neveras gigantes y ese señor que siempre lleva una silla plegable tamaño trono episcopal.
La ventaja es que aquí no hay olas traicioneras ni medusas organizadas para arruinarte las vacaciones. Cuidado cuando sopla el viento, porque en el centro del lago se puede formar peligroso oleaje y si vas con piragua puedes volcar.
La desventaja es el agua.
Porque todos los sanabreses te dicen:
—Está buenísima.
Y tú entras. Metes un pie. Luego el otro. Y empiezas a sospechar que el concepto de “buenísima” aquí se inventó durante una glaciación. El Lago de Sanabria tiene un agua tan fresca que el bañista experimenta, durante unos segundos, una conversación muy íntima con sus antepasados. Aunque con el cambio climático, la temperatura va cambiando a lo largo del verano y en agosto ya parece el agua del Caribe.
Puebla de Sanabria: el sitio donde tu móvil deja de importar
Luego llega la visita a Puebla de Sanabria, una villa medieval tan bonita que uno empieza a caminar despacio automáticamente, aunque tenga prisa.
Las calles empedradas tienen un efecto curioso: o te enamoras del lugar o acabas renegociando tu relación con las rodillas.
Todo allí parece sacado de un decorado medieval, salvo por el inevitable turista que pregunta:
—¿Dónde está el castillo?
Mientras señala el castillo.
Porque el viajero moderno puede localizar un restaurante japonés a dos kilómetros usando GPS, pero a veces no detecta una fortaleza medieval de piedra de diez metros de alto justo delante de él.
El senderista optimista: especie protegida
En Sanabria existe una criatura muy concreta: el senderista excesivamente optimista.
Es ese amigo que anuncia:
—Es un paseo muy fácil.
Y cuarenta minutos después uno está sudando como si hubiera participado en una expedición alpina, preguntándose si aquello sigue siendo un sendero o ya es una prueba de resistencia física diseñada por personas que odian la comodidad. En la novela EL TESTAMENTO DEL GALLO de Alfredo Muñiz, disponible en Amazon, te sugerimos una ascenso a Peña Trevinca, el pico más alto de Zamora y de Galicia.
El problema del paisaje espectacular es que obliga a detenerse continuamente:
—Mira qué vistas.
Cinco minutos después:
—No, no, desde aquí son mejores.
Diez minutos después:
—Hazme otra foto, pero como si no me diera cuenta. Un robado para el Hola o para VIAJAR, VIVIR y SABOREAR, a ver si me cogen para uno de esos magníficos reels que cuelgan en Instagram en el perfil: @eltestamentodelgallo
Al final del día hay doscientas imágenes idénticas del lago y ninguna donde salga bien quien hizo las fotos.
La gastronomía: el verdadero final del viaje
Y después de caminar llega la comida. O, mejor dicho, la recompensa moral.
Porque nadie sale de Sanabria diciendo:
—He comido poco.
Eso no ocurre.
Hay carnes, embutidos, setas, quesos y postres capaces de reconciliar a cualquiera con el esfuerzo físico realizado previamente. La lógica local parece clara: si has subido una cuesta, mereces una sobremesa de campeonato.
Además, siempre aparece alguien que recomienda un restaurante “donde se come como antes”. Una frase española que significa dos cosas: vas a comer muchísimo y probablemente necesitarás caminar otra vez para recuperarte.
Mis favoritos: La Trattoria del Lupo en Galende; Aguallevada, situado en Paramio; en Rionegro del Puente se haya “El Empalme”, y en El Puente, Paco Rochi.
Diez cosas que te delatan como turista en Sanabria
- Preguntar si el lago es artificial.
- Decir “qué fría está el agua” antes de los tres primeros minutos.
- Sacar 47 fotos del mismo paisaje.
- Creer que “es un paseo corto”.
- Perderte en calles medievales perfectamente pequeñas.
- Comprar productos artesanos sin saber exactamente qué son.
- Acabar diciendo: “Aquí se vive muy bien”.
- Pensar seriamente en volver en otoño.
- Compararlo con Asturias… aunque estés en Zamora.
- Ir para un día y empezar a mirar casas rurales por internet.
Epílogo sanabrés
El Lago de Sanabria tiene una extraña habilidad: consigue que la gente desacelere. Quizá sea el paisaje. Quizá el silencio. Quizá las montañas. O quizá el cansancio después de la caminata.
Sea como sea, uno regresa con la sensación de haber encontrado un lugar donde aún se puede mirar el agua sin mirar el reloj.
Y eso, hoy en día, ya es casi un lujo. Informa Alfredo Muñiz.
Otro libro recomendado para el verano: EL LEGADO DEL TEMPRANILLO de Alfredo Muñiz





