El asesor infalible: cuando duplicar tu patrimonio es un error… pero reconocerlo sería peor
por Alfredo Muñiz
Hay asesores que asesoran y asesores que, directamente, dictan sentencia. Los primeros escuchan al cliente, revisan los papeles y, si meten la pata, tienen la saludable costumbre de decir: «Me he equivocado». Los segundos pertenecen a una especie mucho más evolucionada: el asesor infalible.
El asesor infalible no se equivoca jamás. Si una cifra está mal, la culpa es de la calculadora. Si una declaración contiene un patrimonio duplicado, seguramente el patrimonio tenía ganas de crecer. Y si el cliente protesta, siempre queda el recurso clásico: buscar una explicación que permita demostrar que el error, en realidad, era una sofisticada estrategia fiscal.
En mi caso, la cosa tuvo su gracia. En una declaración apareció mi patrimonio multiplicado por dos, el borrador no llegó a mis manos para revisarlo y la presentación se hizo prácticamente al límite del plazo. Yo estaba de viaje, avisé del problema y… silencio administrativo, espiritual y probablemente intergaláctico.
Lo curioso es que, además de no recibir demasiadas explicaciones sobre cómo se iba a solucionar el desaguisado, apareció una factura que, dadas las circunstancias, decidí contemplar desde una prudente distancia.
Pero aquí llega lo verdaderamente divertido: en lugar de dedicar sus energías a resolver el problema, el asesor decidió ampliar su campo de actuación y convertirse también en crítico literario, analista de páginas web y comentarista de mi vida profesional.

Mis novelas, El testamento del Gallo y La Saga del Tempranillo, escritas por Alfredo Muñiz y disponibles en Amazon, entraron inesperadamente en la tertulia. También mi web, Viajar, vivir y saborear, donde publico crónicas satíricas y divertidas.

Y parece ser que alguna de ellas le resultó sospechosamente familiar.
¡Qué cosas tiene la literatura!
Uno escribe sobre un personaje prepotente, incapaz de reconocer un error, y alguien se siente aludido. Es casi como escribir sobre un avaro y que inmediatamente aparezca un señor preguntando: «¿Eso va por mí?».
Pues no necesariamente.
El personaje puede ser completamente ficticio.
Aunque, naturalmente, si alguien se reconoce en él, tampoco seré yo quien le quite esa satisfacción.
Y si algún día el asunto termina delante de un juez, imagino la escena: toga, solemnidad, silencio en la sala… y el magistrado leyendo una crónica satírica.
—¿Se siente usted identificado con este personaje?
Y entonces quizá descubramos el misterio fundamental de esta historia: si el protagonista de la crónica existe realmente… o si simplemente alguien se ha puesto el traje él solito.
Porque esa es la gran ventaja de la sátira: no necesita señalar con el dedo. Basta con describir el comportamiento.
Y si alguien se reconoce en el retrato, siempre puede preguntarse por qué.
Eso sí: una cosa está clara. Hasta los asesores tienen derecho a equivocarse. Lo que ya resulta extraordinario es pretender que el error también sea culpa del cliente.


