Los sueños de Don Desgobierno y el Imperio de las Fronteras Invisibles
por Alfredo Muñiz
Anoche, cansado de escuchar discursos que prometían domar tempestades con folios y contener mareas con adjetivos, me venció el sueño. Y quiso Morfeo burlarse de mí llevándome al más extraño de los reinos: la República de la Improvisación Permanente, donde los relojes caminaban hacia atrás y los problemas siempre llegaban antes que quienes debían recibirlos.
A la entrada hallé un arco triunfal con esta inscripción:
«Aquí se gobierna mucho; acertar ya es otra consejería.»
Sentado sobre un trono levantado con informes, comparecencias y doscientas carpetas sin abrir, reinaba Su Excelencia Don Desgobierno Primero, príncipe de los Titulares, duque de la Rueda de Prensa y marqués del Ya lo Estamos Estudiando.
Jamás vi monarca más diligente para hablar ni más perezoso para adelantarse a los acontecimientos. Tenía cien portavoces, mil asesores y una sola costumbre: correr detrás de los hechos con la elegancia del galgo que persigue una liebre ya cenada.
A su diestra sonreía Doña Improvisación, dama tan fértil que paría planes de urgencia cada amanecer. Nunca llevaba brújula, porque sostenía que el mejor rumbo era aquel que aún no había sido preguntado por los periodistas.
A la izquierda rezaba Fray Excusas del Perpetuo Socorro, santo varón cuya mayor virtud consistía en demostrar que toda culpa nacía siempre a varios cientos de kilómetros del despacho ministerial.
Era hombre milagroso.
Convertía errores en contextos.
Retrasos en prudencia.
Confusión en coordinación.
Y cualquier tropiezo en “un desafío extraordinariamente complejo”.
Vi también al ilustre Conde del Efecto Mañana, caballero tan enemigo de la prevención que aseguraba:
—No conviene apagar un incendio antes de que produzca suficientes titulares.
La corte entera aplaudió semejante sabiduría.
Pregunté entonces por las murallas del reino.
Respondieron riendo:
—¿Murallas? Aquí levantamos declaraciones institucionales; ocupan menos espacio y salen mejor en televisión.
Mientras tanto, la frontera seguía recordando su oficio con la testarudez de la geografía, esa vieja señora que nunca ha leído los comunicados oficiales.
Los vecinos pedían orden.
Los comerciantes pedían tranquilidad.
Los agentes reclamaban medios.
Y los ministros respondían con una cosecha tan abundante de palabras que, de sembrarse, España exportaría discursos en lugar de aceite.
Entonces apareció un personaje escuálido, vestido con harapos remendados y calzando sandalias gastadas.
Pregunté quién era.
—Es Don Sentido Común —me dijeron—. Antiguamente ocupó altos cargos, pero fue destituido por exceso de evidencia.
Me acerqué a él.
—¿Qué remedio proponéis?
Sonrió con la resignación de quien lleva siglos predicando en un desierto administrativo.
—Muy sencillo. Gobernar antes de lamentar. Prever antes de comparecer. Escuchar antes de responder. Y distinguir entre administrar una crisis y narrarla.
La corte estalló en carcajadas.
Un secretario tomó nota.
Otro propuso crear un grupo de trabajo para analizar la viabilidad de estudiar aquella extravagante ocurrencia.
Un tercero anunció una futura estrategia nacional sobre el aprovechamiento sostenible del sentido común.
Y todos quedaron satisfechos sin haber cambiado una sola piedra de sitio.
En aquel instante sonó una trompeta.
Entró corriendo un mensajero.
—¡Majestad! ¡Los acontecimientos vuelven a adelantarnos!
Don Desgobierno no perdió la compostura.
Se alisó la corbata.
Pidió un atril.
Ordenó colocar tres banderas detrás.
Y pronunció con gravedad:
—Lo importante no es llegar primero, sino comparecer con buena iluminación.
Desperté sobresaltado.
Encendí la radio.
Escuché otra rueda de prensa.
Y aún sigo preguntándome si abandoné el sueño… o si fue el sueño quien decidió quedarse a vivir entre nosotros.
Porque España, tierra de ingenios y gigantes, no merece gobiernos que confundan la brújula con la veleta ni crean que las fronteras se custodian con adjetivos. Merece gobernantes capaces de unir previsión, legalidad, cooperación internacional y humanidad, recordando que el buen gobierno no se mide por el número de comparecencias, sino por la serenidad con la que los ciudadanos pueden vivir.
Como habría escrito el viejo Quevedo, con la pluma mojada en ironía:
«Quien hace de la improvisación su ciencia acaba graduándose en la universidad del sobresalto; y quien pretende gobernar solo con palabras descubre demasiado tarde que los discursos jamás hicieron retroceder las mareas.»

