EL COLMO DE LOS SINVERGÜENZAS
Manual de supervivencia entre pícaros, caciques y almas en venta
por Alfredo Muñiz
Hay una especie humana que merece capítulo aparte en los tratados de zoología moral: el sinvergüenza ilustrado. No es necesariamente inteligente, aunque se lo crea; tampoco necesita trabajar demasiado, porque ha descubierto que resulta mucho más rentable vivir del esfuerzo ajeno. Su principal virtud consiste en carecer de virtudes y su mayor talento, en confundir lo que pertenece al prójimo con una oportunidad de negocio.
Los hay manipuladores, mentirosos, ladinos, mezquinos y de una protervia tan refinada que, si la hipocresía cotizase en Bolsa, serían accionistas mayoritarios. No conocen la empatía, salvo cuando necesitan utilizarla como disfraz. Son capaces de vender su alma al diablo, siempre que el demonio les permita pagar a plazos y conservar el usufructo.
Lo verdaderamente extraordinario es que estos personajes no suelen considerarse delincuentes de la moral, sino auténticos genios de la estrategia. Si perjudican al vecino, lo llaman oportunidad; si se apropian de lo ajeno, lo llaman derecho adquirido; si mienten, lo llaman versión alternativa de los acontecimientos. Y si alguien reclama lo que le corresponde, entonces el reclamante se convierte, por arte de birlibirloque, en el enemigo de la concordia.
En las empresas familiares encontramos ejemplares de esta fauna con denominación de origen. Allí donde debería reinar la confianza, aparece el pequeño Nicolás de la contabilidad; donde tendría que haber transparencia, se instala una cortina de humo, y donde se espera responsabilidad, surge el patriarca de opereta, rodeado de aduladores, consejeros de bolsillo y parientes que confunden el patrimonio común con el cajero automático de su propiedad.
En política tampoco faltan especialistas. Algunos han convertido la mentira en asignatura troncal, la contradicción en programa electoral y la promesa en un producto de usar y tirar. Cambian de discurso con mayor facilidad que de corbata y, cuando se les descubre alguna contradicción, siempre encuentran un culpable: la oposición, la prensa, el pasado o, en último extremo, el cambio climático.
La diferencia entre unos y otros es prácticamente administrativa: los primeros se sienten propietarios del cortijo familiar; los segundos, del cortijo nacional. Ambos comparten una curiosa filosofía: lo mío es mío, lo tuyo es negociable y lo de todos, ya veremos quién lo administra.
Lo preocupante no es que existan personajes así. Los pícaros han acompañado a la humanidad desde que el primer espabilado descubrió que podía quedarse con la gallina del vecino y convencerlo de que le estaba haciendo un favor. Lo verdaderamente inquietante es que algunos hayan convertido la falta de escrúpulos en una virtud social y el egoísmo en una forma de liderazgo.
No se trata de condenar a toda una generación, porque sería injusto. Personas honradas las hay en todas las edades y condiciones. Pero sí conviene denunciar a esa minoría que ha confundido el éxito con pisotear al prójimo, la inteligencia con la manipulación y la libertad con el derecho a disponer de lo que no le pertenece.
Afortunadamente, todavía queda una institución que no debería dejarse impresionar por apellidos ilustres, discursos grandilocuentes, amistades influyentes ni trajes de tres mil euros: la Justicia. Que investigue, que contraste y que, cuando corresponda, ponga a cada cual en su sitio.
Porque, como diría Quevedo si levantara la cabeza, algunos tienen tanta cara que, en lugar de espejo, necesitan un notario. Y tanta conciencia que, cuando van a dormir, tienen que dejarla fuera, no vaya a ser que les quite el sueño.
Moraleja: hay quien nace con estrella, quien nace estrellado y quien nace con una desvergüenza tan extraordinaria que pretende quedarse hasta con el firmamento del vecino.


