CARTA ABIERTA DE DIMISIÓN DEL MINISTRO DE TRANSPORTES

Una ficción satírica. Cuando la tragedia exige responsabilidades, la ironía puede ser el último recurso de los ciudadanos.

por Alfredo Muñiz

Madrid, a la atención de quien todavía crea que dimitir es un verbo que se conjuga en política.

Estimado presidente del Gobierno:

Por la presente, y después de una profunda reflexión que espero no sea sometida a una comisión de investigación, le comunico mi decisión de presentar la dimisión irrevocable como ministro de Transportes.

No ha sido una decisión fácil. En política, uno puede perder trenes, oportunidades y hasta la paciencia de los ciudadanos, pero abandonar el cargo voluntariamente es una experiencia mucho más extraordinaria que encontrar un servicio ferroviario que llegue puntual a su destino.

Sin embargo, los graves accidentes ferroviarios y el dolor de las familias de las víctimas me obligan a considerar que ha llegado el momento de hacer algo más que comparecer, explicar, matizar y confiar en que la siguiente noticia desplace a la anterior.

Hay tragedias ante las que los argumentarios políticos deberían quedarse en la estación.

Quiero expresar mi respeto y mis condolencias a quienes han perdido a sus seres queridos. Ninguna frase ministerial, ninguna rueda de prensa y ningún ejercicio de retórica podrán reparar su pérdida. Tampoco les devolverá la tranquilidad una promesa de mejoras cuya llegada, como algunos trenes, podría demorarse indefinidamente.

Comprendo que los ciudadanos esperen de su ministro algo más que una defensa numantina de su gestión. Quizá esperen explicaciones claras, responsabilidades concretas y la humildad suficiente para reconocer que gobernar no consiste únicamente en tener una respuesta para cada pregunta, sino también en asumir las consecuencias cuando las respuestas no bastan.

Durante mi mandato he aprendido que el ferrocarril tiene muchas vías, pero la política parece disponer de una especialmente transitada: la que conduce de la responsabilidad propia a la culpa ajena. En ese recorrido, las agujas siempre parecen cambiar de posición justo cuando uno se aproxima al destino.

También he descubierto que, ante una crisis, existen dos velocidades: la de los acontecimientos, que puede ser vertiginosa, y la de las responsabilidades, que a menudo circula en vía muerta.

No deseo contribuir a esa tradición nacional según la cual un cargo público se abandona únicamente cuando ya no queda nadie dispuesto a sostener la puerta.

Por eso dimito. No porque una carta pueda resolver los problemas de la red ferroviaria, ni porque mi salida deba convertirse en un espectáculo político, sino porque considero que la responsabilidad pública no puede reducirse a resistir en el puesto hasta que amaine el temporal.

A mis sucesores les deseo más aciertos que excusas, más mantenimiento que propaganda y más seguridad que titulares. Y, sobre todo, les recomiendo que nunca confundan una buena gestión con una buena rueda de prensa.

A las familias de las víctimas no les pido comprensión ni les ofrezco consuelo en forma de promesas. Les debemos verdad, respeto, respuestas y justicia. Todo lo demás sería añadir ruido a un dolor que ya tiene demasiado.

Me marcho, por tanto, sin pedir que se me aplauda por hacer lo que considero debido. La dimisión no es una medalla, aunque en ocasiones parezca una pieza de colección en el museo de las rarezas políticas españolas.

Y si alguien pregunta por qué me voy, la respuesta es sencilla: porque hay momentos en los que permanecer en el cargo puede resultar más cómodo para el ministro que aceptable para los ciudadanos.

Atentamente,

Óscar Puente
Ministro de Transportes, en esta ficción satírica.

P. D. Espero que mi sucesor encuentre la red ferroviaria en mejores condiciones que las que deja esta carta a mi carrera política. En cualquier caso, que no olvide una vieja máxima: los trenes pueden circular por vías alternativas; la responsabilidad, en cambio, no debería tener escapatorias.

CARTA ABIERTA DE DIMISIÓN DEL MINISTRO DE TRANSPORTES

Madrid, a la atención de quien todavía crea que dimitir es un verbo que se conjuga en política.

Estimado presidente del Gobierno:

Por la presente, y después de una profunda reflexión que espero no sea sometida a una comisión de investigación, le comunico mi decisión de presentar la dimisión irrevocable como ministro de Transportes.

No ha sido una decisión fácil. En política, uno puede perder trenes, oportunidades y hasta la paciencia de los ciudadanos, pero abandonar el cargo voluntariamente es una experiencia mucho más extraordinaria que encontrar un servicio ferroviario que llegue puntual a su destino.

Sin embargo, los graves accidentes ferroviarios y el dolor de las familias de las víctimas me obligan a considerar que ha llegado el momento de hacer algo más que comparecer, explicar, matizar y confiar en que la siguiente noticia desplace a la anterior.

Hay tragedias ante las que los argumentarios políticos deberían quedarse en la estación.

Quiero expresar mi respeto y mis condolencias a quienes han perdido a sus seres queridos. Ninguna frase ministerial, ninguna rueda de prensa y ningún ejercicio de retórica podrán reparar su pérdida. Tampoco les devolverá la tranquilidad una promesa de mejoras cuya llegada, como algunos trenes, podría demorarse indefinidamente.

Comprendo que los ciudadanos esperen de su ministro algo más que una defensa numantina de su gestión. Quizá esperen explicaciones claras, responsabilidades concretas y la humildad suficiente para reconocer que gobernar no consiste únicamente en tener una respuesta para cada pregunta, sino también en asumir las consecuencias cuando las respuestas no bastan.

Durante mi mandato he aprendido que el ferrocarril tiene muchas vías, pero la política parece disponer de una especialmente transitada: la que conduce de la responsabilidad propia a la culpa ajena. En ese recorrido, las agujas siempre parecen cambiar de posición justo cuando uno se aproxima al destino.

También he descubierto que, ante una crisis, existen dos velocidades: la de los acontecimientos, que puede ser vertiginosa, y la de las responsabilidades, que a menudo circula en vía muerta.

No deseo contribuir a esa tradición nacional según la cual un cargo público se abandona únicamente cuando ya no queda nadie dispuesto a sostener la puerta.

Por eso dimito. No porque una carta pueda resolver los problemas de la red ferroviaria, ni porque mi salida deba convertirse en un espectáculo político, sino porque considero que la responsabilidad pública no puede reducirse a resistir en el puesto hasta que amaine el temporal.

A mis sucesores les deseo más aciertos que excusas, más mantenimiento que propaganda y más seguridad que titulares. Y, sobre todo, les recomiendo que nunca confundan una buena gestión con una buena rueda de prensa.

A las familias de las víctimas no les pido comprensión ni les ofrezco consuelo en forma de promesas. Les debemos verdad, respeto, respuestas y justicia. Todo lo demás sería añadir ruido a un dolor que ya tiene demasiado.

Me marcho, por tanto, sin pedir que se me aplauda por hacer lo que considero debido. La dimisión no es una medalla, aunque en ocasiones parezca una pieza de colección en el museo de las rarezas políticas españolas.

Y si alguien pregunta por qué me voy, la respuesta es sencilla: porque hay momentos en los que permanecer en el cargo puede resultar más cómodo para el ministro que aceptable para los ciudadanos.

Atentamente,

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