¡Quien se pica no es por el vino!

¡Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad… aunque algunos se den por aludidos!

Por Alfredo Muñiz
Sri Lanka, dos amigos suizos y una novela con más efectos secundarios que una reunión del consejo de administración: jarrones chinos con ínfulas de protagonistas y figurantes convencidos de que dirigen la película, así es la vida en algunas empresas familiares

Estos días, bajo el exuberante cielo de Sri Lanka, he coincidido con dos amigos suizos que tienen la saludable costumbre de seguir mis historias y leer mis novelas, en inglés o en alemán, gracias a las opciones de idiomas de mi web VIAJAR, VIVIR y SABOREAR. Entre paisajes tropicales, conversaciones distendidas y alguna que otra reflexión sobre la condición humana, me confesaron que disfrutan especialmente con mi manera de ironizar sobre el poder político y económico, especialmente cuando se corrompe.

La conversación fue derivando hacia una conclusión inquietante: el poder no siempre vuelve idiota a quien lo ejerce; a veces, simplemente le quita la vergüenza de demostrarlo. Y eso sucede tanto en los despachos políticos como en los consejos de administración, esos lugares donde algunos confunden la autoridad con la infalibilidad y el patrimonio empresarial con la herencia particular de sus antepasados.

Porque si hay un laboratorio especialmente fértil para estudiar las miserias humanas, ese es el de la empresa familiar. Allí se mezclan apellidos ilustres, egos descomunales, ambiciones hereditarias, cuentas pendientes y afectos que, en ocasiones, duran menos que una botella abierta sin el maridaje adecuado. Todo ello aderezado con una generosa dosis de nepotismo, intrigas palaciegas y algún pariente convencido de que la empresa nació para financiar sus caprichos, olvidando al resto de propietarios.

No es extraño que, al leer determinadas escenas, más de una saga familiar se haya sentido retratada. Algunos parecen reconocer a un primo, otros a un cuñado y los más susceptibles sospechan que el autor ha instalado cámaras ocultas en sus reuniones familiares. Hay quien lee una novela y disfruta de la ficción; otros, en cambio, se reconocen en el espejo y protestan contra el cristal.

Conviene aclararlo: mi imaginación no necesita pedir permiso a ninguna familia para poner a sus personajes en evidencia.

Mi última novela, LA SAGA DEL TEMPRANILLO, disponible en Amazon, nos traslada al universo de una aristocrática dinastía centenaria que ha levantado una gran bodega en la Ribera del Duero y mantiene vínculos con una familia francesa de la región de Borgoña. Un mundo de vinos, variedades de uva, maridajes, tradición, poder y ambiciones donde las botellas pueden alcanzar una extraordinaria complejidad y las relaciones familiares, una acidez difícil de corregir. Aunque lo relevante es saber gestionar los conflictos.

Conozco distintos casos de empresas familiares del sector bodeguero y sé que detrás de una gran etiqueta puede haber una historia apasionante. Pero una cosa es conocer el mundo del vino y otra muy distinta convertir la vida privada de nadie en una novela. LA SAGA DEL TEMPRANILLO es una obra de ficción. Sus personajes, sus peripecias y sus conflictos pertenecen al territorio de la imaginación literaria.

¿Que aparecen disputas familiares? Naturalmente. ¿En qué familia no las hay? La diferencia está en cómo se gestionan. Una empresa familiar necesita algo más que un buen vino y un apellido con solera: requiere profesionalidad, reglas claras, transparencia, respeto entre los socios y una separación razonable entre los intereses de la familia y los de la compañía. De lo contrario, el negocio corre el riesgo de convertirse en una telenovela con balances contables, dividendos disputados y cenas de Navidad que deberían incluir un abogado entre los comensales o ausentes en esos encuentros por desfachatez de algún pariente.

Lo verdaderamente divertido empieza cuando algún lector se indigna ante un personaje especialmente grotesco y asegura que semejante individuo no podría existir. Entonces uno se pregunta si protesta por la inverosimilitud del personaje o porque ha reconocido en él demasiados rasgos de su propia personalidad.

La literatura tiene esa desagradable manía: pone delante de nuestros ojos comportamientos que preferiríamos mantener cuidadosamente escondidos en el trastero de la conciencia. El déspota descubre al déspota, el codicioso al codicioso y el pequeño dictador doméstico se escandaliza cuando encuentra a otro gobernando con idénticos métodos.

Por supuesto, siempre cabe la posibilidad de que alguien se vea reflejado por pura coincidencia. La ficción es libre y el lector, también. Pero si un personaje provoca una reacción desproporcionada, quizá merezca la pena preguntarse por qué. A veces, una novela puede resultar más eficaz que una sesión de asesoramiento personal, aunque no incluya factura ni permita desgravar el disgusto.

Y aquí viene la vieja sabiduría popular, que suele expresarse con mucha menos diplomacia que un informe de consultoría: quien se pica, ajos come.

Y si a alguien le escuece demasiado alguno de mis personajes, siempre puede rascarse. Eso sí, recomiendo hacerlo con discreción, no vaya a ser que termine confirmando, ante todos los lectores, que la ficción tiene una capacidad extraordinaria para despertar conciencias… y levantar ampollas.

Mientras tanto, yo seguiré escribiendo. Que para eso están las novelas: para entretener, provocar, poner en evidencia las contradicciones humanas y recordar que el poder, cuando pierde el sentido común, puede resultar tan ridículo como peligroso.

Y si alguien cree reconocerse en LA SAGA DEL TEMPRANILLO, que disfrute de la lectura. O que reflexione. Pero que no culpe al escritor de haber inventado defectos que quizá ya estaban allí antes de abrir el libro.

Al fin y al cabo, las botellas pueden llevar denominación de origen; las miserias humanas, por desgracia, no necesitan etiqueta.

Descubre LA SAGA DEL TEMPRANILLO, disponible en Amazon. Una historia de vino, poder e intrigas familiares. Y recuerda: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… ¿o no? Tú mismo …

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