¡Kevin Javier, del gallo de pelea al pollo desplumado: cuando la Viagra se va de vacaciones!

Kevin Javier y la meiga que le devolvió la juventud… hasta que se la quitó de golpe

hola Alfredo Muñiz

Kevin Javier estaba hasta el mismísimo gorro de la monotonía matrimonial. Después de años de convivencia, la pasión se había marchado de casa sin dejar una nota de despedida. Los hijos habían ocupado el centro del escenario, las obligaciones se habían multiplicado y el dormitorio conyugal se había convertido en una sucursal del Ministerio de Asuntos Domésticos: todo en orden, horarios previsibles y muy pocas sorpresas.

Su esposa, además, atravesaba la menopausia, esa etapa de la vida en la que el cuerpo decide cambiar las condiciones del contrato sin consultar previamente con el departamento de marketing. El deseo había bajado la persiana, mientras Kevin Javier seguía convencido de que conservaba el espíritu de un adolescente y las aspiraciones de un semental de leyenda.

Por eso, cuando viajaba por negocios a Madrid o Barcelona, aprovechaba para concederse alguna licencia extramatrimonial. En determinados clubes de alterne, entre copas, luces tenues y sonrisas de tarifa variable, encontraba señoritas dispuestas a escuchar sus aventuras empresariales con una atención que jamás le había dedicado el director de su banco. Después, si había química, presupuesto y acuerdo entre las partes, la velada podía prolongarse.

Kevin regresaba a casa con la satisfacción del explorador que acaba de descubrir un continente, aunque, en realidad, llevaba décadas navegando por el mismo océano.

Pero el destino, que tiene un sentido del humor bastante más desarrollado que algunos matrimonios, le reservaba una sorpresa en Galicia.

La aparición de Lilit, la meiga de las tentaciones

Durante uno de sus viajes conoció a Lilit, una meiga amiga de su prima Anastasia. Aquella mujer tenía un carácter arrollador, una sensualidad que no necesitaba presentación y una desfachatez capaz de sonrojar al mismísimo demonio.

Decían que era satánica, aunque nadie había conseguido averiguar si se trataba de una convicción religiosa, una estrategia comercial o simplemente una manera de mantener entretenida a la competencia. Lo cierto es que Lilit dominaba el arte de fascinar a los hombres con la soltura de quien conoce todos los trucos del oficio y no tiene la menor intención de revelar el manual de instrucciones.

Kevin Javier quedó encandilado desde el primer encuentro.

Ella se reía de sus chistes, celebraba sus ocurrencias y lo miraba como si todavía fuera aquel muchacho que estrenaba pantalones largos y descubría los misterios de la vida. Para un hombre acostumbrado a que en casa le preguntaran si había pagado el recibo de la luz, aquella atención resultaba casi sobrenatural.

Lilit, además, parecía poseer una sabiduría ancestral sobre las debilidades masculinas.

—Los hombres sois muy sencillos —le dijo una noche—. Os pasáis media vida intentando demostrar que sois jóvenes y la otra media buscando testigos que certifiquen que todavía lo sois.

Kevin soltó una carcajada, aunque la frase le hizo cosquillas en el amor propio.

—Yo estoy estupendamente —respondió.

Lilit lo miró de arriba abajo con una sonrisa enigmática.

—Claro, cariño. Y mi abuelo era un gallo de pelea.

El gallo que murió con las botas puestas

Fue entonces cuando le contó la historia de su abuelo, al que todos llamaban el Gallo.

Según Lilit, el anciano había fallecido a los noventa y nueve años, cuando estaba a punto de cumplir el siglo, víctima de un infarto mientras disfrutaba de un último encuentro amoroso.

—¡Noventa y nueve años! —exclamó Kevin, con los ojos como platos.

Aquello no era un abuelo. Era una institución nacional, un monumento a la longevidad y, a juicio de Kevin, un competidor que habría merecido una estatua en la plaza mayor de su pueblo.

—Mi abuelo nunca necesitó presumir de nada —añadió Lilit—. Vivió a su manera y se marchó sin pedir permiso.

Kevin quedó pensativo.

Por primera vez, empezó a sospechar que había enfocado mal su estrategia. Llevaba tiempo recurriendo a la Viagra para sentirse más seguro, pero la historia del Gallo le hizo preguntarse si no estaría alterando artificialmente una naturaleza que, según él, debía funcionar como en los viejos tiempos.

La duda se instaló en su cabeza como un inspector de Hacienda en una empresa familiar: sin hacer ruido al principio, pero con capacidad para paralizarlo todo.

Kevin Javier declara la guerra a la Viagra

Al día siguiente tomó una decisión solemne: dejaría de tomar Viagra.

Quería recuperar la espontaneidad de su juventud, demostrar que seguía siendo un hombre de recursos y comprobar que su maquinaria funcionaba sin asistencia técnica.

En su imaginación, la decisión tenía tintes heroicos. Se veía convertido en el heredero espiritual del Gallo, un campeón de la naturaleza capaz de desafiar al calendario y dejar boquiabierta a la meiga gallega.

Lo que no había calculado era que la biología no entiende de discursos motivacionales ni de homenajes póstumos.

Llegó la hora de la verdad y Kevin descubrió que su organismo no había recibido el memorándum sobre su nueva política de austeridad farmacológica.

La respuesta no estuvo a la altura de sus expectativas.

Lo intentó con optimismo. Después, con concentración. Más tarde, con una seriedad casi administrativa, como si estuviera cumplimentando un formulario urgente.

Pero nada salía como había imaginado.

Su autoestima, que hasta entonces viajaba en primera clase, empezó a facturar equipaje y a buscar una salida de emergencia.

Lilit, que tenía más experiencia en asuntos humanos que un notario en herencias complicadas, observó la situación sin dramatismo.

—Kevin, querido, ¿qué te pasa?

—Nada —respondió él, con la rapidez de un político al que acaban de preguntarle por una factura sospechosa—. Estoy cansado del viaje.

—¿Del viaje o de la edad?

Aquella pregunta le dolió más que una inspección fiscal con intereses de demora.

Kevin Javier comprendió que había confundido juventud con rendimiento, virilidad con exhibición y amor propio con un aparato que, según sus expectativas, debía funcionar bajo cualquier circunstancia y sin necesidad de mantenimiento.

Había querido imitar al Gallo, pero se le había olvidado un pequeño detalle: las leyendas familiares suelen llegar adornadas por la imaginación de quienes las cuentan.

Y, por supuesto, nadie había presentado el informe médico del difunto.

Moraleja: el gallo canta, pero no siempre manda

A partir de aquel episodio, Kevin Javier empezó a mirar la vida con otros ojos. O, al menos, con menos arrogancia.

Descubrió que la juventud no se recupera por decreto, que el deseo no obedece a los caprichos del ego y que ningún hombre debería medir su valor personal por una actuación concreta en el dormitorio.

La Viagra no era una poción mágica, ni dejarla suponía una prueba de hombría. Cualquier decisión sobre su uso debía tomarse con asesoramiento médico, no siguiendo las aventuras de un abuelo legendario ni las recomendaciones de una meiga con mucho sentido del humor.

En cuanto a Lilit, siguió siendo Lilit: descarada, fascinante y perfectamente consciente de que los hombres suelen ser más vulnerables a sus propias fantasías que a los encantamientos ajenos.

Kevin, por su parte, regresó a casa con una lección que no figuraba en ningún curso de dirección empresarial: la edad puede negociarse con el espejo, pero no siempre acepta las condiciones que le propone el ego.

Y así terminó la aventura del aspirante a Gallo, que había salido de casa creyéndose un semental de leyenda y volvió con la humildad de un pollo mojado.

Porque la vida es así: uno puede presumir de tener un gallo de oro, pero basta con que la naturaleza cambie el horario de oficina para descubrir quién llevaba realmente las riendas.

Y es que, en esta tragicomedia de alcoba, el gallo puede tener fama de invencible, pero quien pone el despertador es siempre la biología.

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