La bola negra: cuando los guardianes de la decencia reparten carnés de hipocresía
por Alfredo Muñiz
Hay sociedades que no necesitan verdugos porque ya tienen comité de buenas costumbres, tribunal de reputaciones y una selecta cuadrilla de sepultureros sociales. No entierran cadáveres: entierran personas en vida, que resulta mucho más económico y, para ciertas almas de guardarropía, bastante más divertido.
La bola negra, la película de los Javis que representará a España en los Oscar de Hollywood, pone sobre la mesa una cuestión tan antigua como la propia humanidad: el rechazo, la obstrucción y el ostracismo con que las clases que se creen depositarias de la moral castigan a quienes tienen la osadía de salirse del rebaño.
Porque siempre hubo quien confundió tener dinero con tener categoría, llevar apellidos con poseer virtudes y sentarse en una mesa distinguida con estar moralmente por encima del resto. Personajes que se nombran a sí mismos jueces de la decencia, sin haber aprobado siquiera las oposiciones a personas decentes.
Estos guardianes de las buenas costumbres suelen vivir en círculos cerrados, donde todos se saludan, se felicitan, se invitan y se perdonan mutuamente hasta las mayores tropelías, siempre que el pecador pertenezca a la familia, al partido, al consejo de administración o al selecto club de los que reparten las tarjetas de invitación. Allí, el pecado no es pecado si lo comete uno de los nuestros; es un pequeño descuido, una debilidad humana o, llegado el caso, una cuestión que conviene no airear durante el postre.
Pero ¡ay del que se comporte de manera diferente! ¡Ay del que piense por su cuenta, ame sin pedir permiso, cuestione las jerarquías o se niegue a rendir pleitesía a los mandarines del prestigio! A ese no se le discute: se le señala. No se le rebate: se le aparta. No se le derrota con argumentos: se le administra una generosa ración de silencio, desprecio y puertas cerradas.
Y así nace la famosa bola negra, esa papeleta invisible que ciertos notables entregan a quienes consideran indignos de pertenecer a su distinguida cofradía. No hace falta escribir el nombre del condenado: basta una mirada, un rumor convenientemente colocado, una invitación que nunca llega o una llamada que deja de producirse. La maquinaria funciona con la precisión de un reloj suizo y la nobleza de una rata de sacristía.
Quevedo habría disfrutado contemplando semejante espectáculo. Habría descubierto que algunos llevan la moral en la boca, la envidia en el bolsillo y la hipocresía cosida al forro de la chaqueta. Gentes que predican tolerancia en público, pero practican la exclusión en privado; que presumen de elegancia, aunque su mayor refinamiento consiste en despreciar a quien no puede devolverles el favor.
Lo verdaderamente cómico es que estos inquisidores sociales suelen creerse imprescindibles. Imaginan que, si retiran su saludo, el excluido desaparecerá; que, si le cierran las puertas, el mundo se quedará sin ventanas; y que, si le niegan un asiento en su mesa, nadie volverá a invitarlo a comer. Confunden su pequeño reino de vanidades con el universo entero.
Y, mientras tanto, la vida continúa fuera de sus salones, con gente que piensa, siente, trabaja, crea y disfruta sin necesitar el certificado de aprobación de cuatro caciques del prestigio. Porque el ostracismo puede cerrar un círculo, pero también puede liberar a quien llevaba demasiado tiempo intentando entrar en una casa donde la hospitalidad se concede según el apellido, la conveniencia o la obediencia.
La historia está llena de personas repudiadas por quienes se consideraban superiores y que, con el paso del tiempo, terminaron demostrando que la superioridad de sus jueces no era más que una peluca empolvada sobre una calavera de prejuicios.
La verdadera tragedia no es recibir una bola negra, sino vivir tan pendiente de repartirlas que uno termine convirtiendo su propia existencia en una urna de resentimientos.
Porque hay círculos sociales que parecen muy exclusivos hasta que uno descubre que la única virtud exigida para pertenecer a ellos es saber mirar hacia otro lado. Y hay bolas negras que, lejos de ser una condena, constituyen un inesperado salvoconducto para escapar de semejante comedia de figurones.
Al fin y al cabo, como habría podido sentenciar el mismísimo Quevedo, con su lengua afilada y su mirada de enterrador de vanidades: «Hay quien presume de tener las puertas abiertas, pero solo para que entre su vanidad; a los demás les reserva la llave del desprecio».


