Viajar, pecar y contarlo

EL PERIODISTA TURÍSTICO: ESE HOMBRE QUE VIAJA PARA DEMOSTRAR QUE EL MUNDO ES MUCHO MÁS GRANDE QUE SU SALÓN

por Alfredo Muñiz

Hoy, 5 de septiembre, celebramos el Día Mundial del Periodista Turístico, profesión noble donde las haya y oficio de alto riesgo: uno sale de casa dispuesto a descubrir el mundo y vuelve con 3.000 fotografías, 17 folletos, una indigestión gastronómica y la certeza de que la maleta pesa exactamente el doble que cuando salió.

Como miembro de la Federación Española de Periodistas y Escritores de Turismo (FEPET), uno tiene la obligación moral de proclamar que viajar no es hacer turismo. Viajar es investigar. Es mirar. Es preguntar. Es comer. Es perderse. Y, si se tercia, volver a encontrarse delante de una buena mesa.

Porque el periodista turístico no visita lugares: los interroga.

Va a las siete maravillas del mundo y, en lugar de quedarse embobado ante semejante monumentalidad, empieza a preguntarse quién construyó aquello, cuánto costó, dónde comían los obreros y, sobre todo, dónde está el restaurante más cercano.

Y entonces aparece Samarcanda, esa maravilla que uno se atreve a colocar, sin miedo al juicio de los eruditos, como la octava maravilla del mundo. Porque las maravillas oficiales son siete, pero el mundo tiene la mala costumbre de esconder algunas de las mejores fuera de los folletos turísticos.

Después vienen los Alpes. Los suizos, italianos o franceses, que para eso las montañas no entienden de fronteras y las vacas alpinas parecen tener más criterio gastronómico que muchos ministros europeos. Allí uno descubre que la naturaleza puede ser espectacular incluso sin necesidad de filtros de Instagram: cumbres nevadas, lagos imposibles, pueblos de cuento y ese aire puro que hace que hasta el periodista más contaminado por la política española vuelva a respirar como si hubiera descubierto los pulmones por primera vez. Las Rocosas donde descubres la nieve champagne o las Maldivas si quieres asombrarte con los fondos marinos más espectaculares de la Tierra. Los australianos me recordarán que su Gran Barrera de Coral no tiene parangón. Un safari por Uganda o por Sudáfrica, sin olvidarse de escaparse a las cataratas Victoria. Pero llega el momento de regresar a España.

Y aquí empieza el verdadero problema: ¿por dónde demonios empezamos?

Porque España tiene tantos paisajes, monumentos, pueblos, cocinas, fiestas y rincones que pretender recorrerla entera es como intentar leer el Quijote mientras corre uno detrás de un AVE.

Desde Melilla, donde el viajero puede descubrir una extraordinaria riqueza modernista, hasta la verde Asturias, con sus monumentos del prerrománico declarados Patrimonio Mundial, España es un inmenso escaparate de historia, arquitectura, naturaleza y posiblemente la mejor gastronomía del Universo.

Melilla merece detenerse, mirar hacia arriba y dejarse sorprender por sus edificios modernistas. La ciudad demuestra que España no termina donde algunos creen que termina el mapa turístico convencional. Allí la arquitectura cuenta historias y las fachadas parecen competir por ver cuál consigue quedarse con la mirada del visitante. Y de Melilla podemos saltar a Asturias.

¡Ay, Asturias! Tierra verde, montañas, mar, sidra y monumentos prerrománicos que llevan siglos demostrando que para hacer patrimonio no hace falta levantar rascacielos de cristal.

Luego están Galicia, con sus paisajes atlánticos y su cocina capaz de convertir a cualquier vegetariano indeciso en un filósofo de la empanada; Cantabria, donde la naturaleza parece haber recibido una subvención ilimitada para ponerse guapa; Castilla y León, que posee tanta historia que sus piedras podrían escribir varias enciclopedias; Andalucía, que convirtió la luz en patrimonio nacional; Extremadura, esa gran desconocida que cada vez conoce más gente; Aragón, con montañas, historia y pueblos que parecen salidos de una película; Cataluña, con una arquitectura que convirtió el modernismo en arte; la Comunidad Valenciana, donde el Mediterráneo hace horas extraordinarias; Murcia, que demuestra que una huerta puede ser una obra de arte, y Calblanque, un destino de “peregrinación”; Canarias, con paisajes que parecen pertenecer a otro planeta; Baleares, donde el Mediterráneo decidió ponerse de gala y mi amada Ibiza me espera todos los veranos; Navarra, La Rioja, Castilla-La Mancha, Madrid, País Vasco…

Y así podríamos continuar hasta que el avión despegase sin nosotros.

Porque España es un continente turístico en miniatura.

Tenemos nieve, desierto, bosques, volcanes, playas, montañas, ciudades monumentales, pueblos medievales, catedrales, castillos, palacios, patrimonio industrial, arqueología, arte contemporáneo y una gastronomía que ha conseguido algo extraordinario: que el viajero recuerde el destino por lo que vio… y también por lo que comió.

Y ahí aparece la gran pregunta que todo periodista turístico debería formularse:

¿Cuál es el mejor viaje?

Respuesta de Quevedo: aquel en el que uno vuelve con más historias que kilómetros.

Porque viajar no consiste solamente en acumular sellos en el pasaporte. Hay quien ha dado la vuelta al mundo y no ha visto nada, y quien ha recorrido veinte kilómetros y ha descubierto un universo.

El periodista turístico tiene, por tanto, una misión casi quijotesca: contar el mundo para que otros tengan ganas de descubrirlo.

Un oficio peligroso, sí.

Porque después de escribir sobre un destino, siempre aparece alguien diciendo:

—¿Y no has hablado de mi pueblo?

Y entonces el periodista comprende que acaba de meterse en un jardín mucho más peligroso que cualquier selva amazónica.

Feliz Día Mundial del Periodista Turístico a todos los compañeros que seguimos empeñados en demostrar que viajar es una de las pocas enfermedades que merece la pena contagiar.

Y que conste: si viajar es pecado, que nos condenen a recorrer las siete maravillas del mundo, subir a los Alpes, perdernos por los pueblos más bonitos de España y terminar en Samarcanda, nuestra particular octava maravilla.

Eso sí: con buen hotel, buena mesa y el billete de vuelta abierto.

Por aquello de la prudencia periodística.

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