¡Franco, levántate y mira el BOE!: Ceuta arde y Moncloa controla el micrófono
Por Alfredo Muñiz
Si Franco levantara hoy la cabeza, probablemente lo primero que haría sería pedir un mapa.
No porque hubiera olvidado dónde está Ceuta, sino porque después de contemplar la política española de nuestros días necesitaría comprobar si el territorio seguía siendo el mismo o si, durante su larga siesta histórica, habían cambiado las fronteras, los reglamentos y hasta el significado de la palabra «invasión».
Imaginemos al antiguo general apareciendo de pronto en Madrid, con uniforme de otra época, mirada de cuartel y aquel aire de quien esperaba encontrarse España y se encuentra una reunión de asesores.
—¿Qué ocurre en Ceuta?
—Una entrada masiva de personas desde Marruecos.
—¿Y Marruecos?
—Marruecos… bueno… Marruecos está ahí.
—¿Y la frontera?
—También está ahí.
—¿Y quién manda?
Silencio.
Porque esa pregunta, en la España moderna, puede necesitar una comisión parlamentaria, tres asesores, cuatro portavoces y, si se tercia, un informe de 600 páginas.
Lo cierto es que durante los últimos días de julio se produjo una entrada masiva de migrantes en Ceuta desde Marruecos, hasta el punto de que el Gobierno movilizó efectivos de las Fuerzas Armadas como apoyo a la Guardia Civil.
Franco habría fruncido el ceño.
—¿Y habéis declarado una emergencia?
—No exactamente.
—¿Habéis reforzado las competencias de quienes están en la frontera?
—Tampoco exactamente.
—¿Entonces qué habéis hecho?
—Hemos creado una situación de interés para la Seguridad Nacional.
—Ah.
Y aquí, según cuentan los cronistas imaginarios, el general habría respirado profundamente.
Porque resulta que el Real Decreto 681/2026, aprobado el 25 de agosto, habla de una «situación de interés para la Seguridad Nacional» provocada por la entrada irregular de personas en Ceuta y establece mecanismos extraordinarios de coordinación. (BOE)
Hasta ahí, todo muy solemne.
Pero entonces Franco habría llegado al artículo 10.
Y aquí es donde habría pedido sentarse.
Artículo 10: comunicación pública.
La coordinación de la comunicación durante la crisis queda atribuida a un Gabinete de Coordinación Informativa dependiente de la Secretaría de Estado de Comunicación y bajo la autoridad de la Portavocía del Gobierno. (BOE)
—¿Pero esto qué es? —preguntaría el visitante del pasado.
—Coordinación informativa.
—¿Y quién informa?
—El Gobierno.
—¿Y la Policía?
—Ya informará cuando corresponda.
—¿Y la Guardia Civil?
—También.
—¿Y los periodistas?
—Preguntarán.
—¿Y las asociaciones profesionales?
—Podrán hablar.
—Entonces, ¿quién tiene la última palabra?
Silencio administrativo.
Y Franco, que quizá entendiera bastante de censura pero poco de gabinetes de coordinación informativa, acabaría diciendo:
—¡Hombre! ¡Si queríais controlar el relato, podríais haberlo llamado simplemente «control del relato» y nos ahorrábamos el diccionario!
Porque ésta es la gran paradoja de la España contemporánea: antes se censuraba una noticia porque alguien consideraba que no debía publicarse; ahora, según la polémica que ha suscitado el decreto, el debate consiste en quién tiene la competencia para contar oficialmente lo que está sucediendo.
Y mientras tanto, en Ceuta, la realidad tiene la desagradable costumbre de no leer el BOE.
La frontera no entiende de portavocías.
Los ciudadanos no viven dentro de un comunicado de prensa.
Y la Guardia Civil no patrulla entre notas de prensa, sino ante problemas reales.
El presidente del Gobierno acudió a Ceuta el 31 de julio para abordar personalmente la crisis y fue recibido entre protestas, pitidos e insultos.
Franco habría observado la escena desde una esquina.
—¿Y esos son los que han venido a recibir al presidente?
—Sí.
—¿Y qué dicen?
—Que están descontentos.
—¿Y el Gobierno?
—Que está trabajando.
—¿Desde cuándo?
—Desde que empezó la crisis.
—¿Y cuándo empezó la crisis?
—Antes.
—¿Y cuándo llegará la solución?
Silencio.
—Eso lo comunicará el Gabinete.
Entonces el viejo general habría mirado al cielo.
No sabemos si para pedir paciencia a la Providencia o simplemente para comprobar si todavía quedaba algún avión que pudiera llevarlo de vuelta al siglo XX.
Porque lo verdaderamente extraordinario de esta historia no es que Franco levantara la cabeza.
Lo extraordinario sería que, después de contemplar el panorama, la volviera a agachar voluntariamente.
Y es que hasta un fantasma político podría sentirse desconcertado ante una época en la que la frontera puede desbordarse, el Gobierno puede tardar semanas en aprobar un decreto, los militares pueden ser movilizados para apoyar a la Guardia Civil, y al mismo tiempo la batalla más encarnizada puede terminar librándose alrededor de una pregunta aparentemente sencilla:
«¿Quién tiene permiso para contar lo que está pasando?»
Quevedo, desde su rincón del más allá, probablemente habría tomado nota.
Y habría escrito:
«España tiene hoy tantos portavoces que pronto necesitaremos un portavoz para explicar lo que dijo el portavoz del portavoz.»
Y Franco, después de leerlo, quizá habría concluido:
—Pues nada. Me vuelvo a dormir.
Pero antes de cerrar los ojos preguntaría:
—Una última cosa: ¿Ceuta sigue siendo España?
Y esta vez el silencio no sería administrativo.
Sería político.

